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Editorial Gustavo Gómez Presidente: acuérdese de Pulgarcito

Todo colombiano tiene derecho a exigir el transparente ejercicio de la justicia. Desde el más humilde de los ciudadanos, hasta el mismísimo señor presidente de la República.

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Así que, entonces como candidato y ahora como mandatario, Gustavo Petro obraba correctamente cuando pedía que los ciudadanos detenidos por el mero ejercicio del derecho a la protesta recuperaran la libertad.

Es como corresponde: quien hubiese sido privado de la libertad injustamente por ejercer ese derecho constitucional de manifestarse, debe, a través de los mecanismos judiciales, quedar en libertad.

Y las personas a quienes debidamente se les pruebe que deshonraron ese derecho y cometieron actos delictivos, que secuestraron, torturaron, lesionaron a otros, hurtaron, dañaron bienes ajenos (públicos o privados), ejercieron conductas de terrorismo o incluso participaron en tentativas de homicidio, o directamente en la muerte de alguien, esos, señor presidente, deben responder ante la justicia sin que tengan que mediar vericuetos como el de investirlos como gestores de paz, figura que quedaría mancillada y desprestigiada.

Burlar a la justicia para devolver a la calle delincuentes no puede ser el cumplimiento de una promesa de campaña, ni tiene nada que ver con el ejercicio de las atribuciones presidenciales. Abogar por quienes están detenidos injustamente, en cambio, siempre se enmarcará en los límites de la equidad.

Así las cosas, el señor presidente podría tener la razón… pero también podría equivocarse. Y error suyo en materia tan grave, generaría el efecto de ver a quienes delinquieron, en casa, celebrando la Nochebuena, como si nada hubieran hecho.

Por obra suya, señor presidente, tal vez sea el Estado de Derecho el que no pruebe la natilla y el buñuelo del 24. Y estaríamos marcando en nuestros calendarios, no al 31 como día de cierre, sino al 24 como fecha del comienzo del fin de nuestra nación.

Elija, señor presidente, el camino correcto. Los atajos, se ha sabido siempre, son peligrosos. Y quienes los toman, suelen perderse en el bosque. Cuando un presidente equivoca el rumbo, pierde junto a él a millones de almas. Y no hay vuelta a atrás.

Recuerde que, como en el cuento clásico, cuando se quiera regresar a la majestad de la justicia, puede pasarle lo de Pulgarcito: los pájaros se habrán comido las migas de pan que dejó para poder encontrarla. Las migas que queden de nuestra República.

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