Dónde está la bolita

Las verdades desnudas de Spencer Tunick

Había sobrecogedoras pruebas sobre la falsedad del photoshop.

Había caca de paloma por todos lados y mucho asco por tener que poner los pies desnudos sobre el suelo. Había miedo a que nos robaran la ropa pues las bolsas que nos dieron no tenían un lugar donde guardarse; miedo a que nos entrara un ataque de pánico y por no querer empelotarnos nos tocara perder la trasnochada y salir de la plaza, miedo a tener que aguantar demasiado frío y resfriarse, miedo a encontrarse con un jefe, un tío, un alumno o uno de esos seres que a uno no le caen bien, pero que a uno le caen.

Había nervios por ver a miles de desconocidos empelotarse al lado de uno y bastante pánico a que las poses implicaran tener que tocarse. También había un acuerdo implícito sobre mantener la mirada al frente aunque las pupilas se resbalaran y en una de esas viera penes largos y erectos o delgados y recogidos, nalgas blancas y escurridas, senos grandes, medianos y chiquitos; pecas, lunares, cicatrices y tatuajes. Había muchos tatuajes. De mariposas y de flores, y de frases y de tigres, y de águilas, corazones y tribales. Había también un hombre con el cuerpo bastante quemado y una mujer con marcas importantes de lo que parecía ser una cirugía. Había sobrecogedoras pruebas sobre la falsedad del photoshop.

Había muchísimos más hombres que mujeres pero cuando el fotógrafo ordeno subirlos sobre unas tablas a la altura de los hombros, curiosamente lo que más levantaron fue mujeres. La mayoría de los asistentes eran menores de cuarenta años y la única mujer mayor de sesenta que se atrevió a encaramarse en una de las tablas y que salió en todos los medios, resultó ser una mujer extranjera.

Había adrenalina corriendo por nuestras venas, chiflidos y risas nerviosas, comentarios tontos, brinquitos y carcajadas cada vez que pasaba el dron para grabar lo que estaba sucediendo, aplausos cuando entendíamos lo que el fotógrafo decía (pues había problemas con el sonido), confusión sobre las posiciones en que había que mantenerse, griticos cada vez que un chifloncito bajaba de la montaña, muchas ganas de figurar en algunos, pero en otros muchas ganas de esconderse.

Había también algo de ira camuflada que se hizo visible cuando las mujeres gritamos rabiosamente “¡fuera, fuera!” a los policías que sin ser parte de la logística, tomaban fotos desde las ventanas del congreso y la alcaldía; ira en uno que otro hombre que corrió a cubrir a “su mujer” con su cuerpo gritándoles también; ira en los policías que apenas pudieron, comenzaron a ordenar a quienes se tomaban selfies empelotos junto a Bolívar que desalojaran la Plaza, amenazándolos con llevarlos a la UPJ si seguían tomando fotos. Ira por la felicidad ajena.

Había gente que en las redes condenaba o se burlaba del evento, expertos que tachaban de fórmula gastada la maña de empelotar gente que tiene Spencer Tunick, hombres que al ver las primeras fotos publicadas en la prensa se dedicaron a señalar y comparar culos y tetas (nunca penes), mujeres que prefirieron mirar para otro lado sintiendo vergüenza ajena por sus congéneres.

Hubo al menos diez mil personas que se inscribieron para participar pero que al final no fueron, y hubo quien sabe cuantos más que quisieron ir pero les pudo más el pudor y el miedo.

Hubo por sobre todo más de seis mil personas a las que no les importó nada de esto, y que se permitieron sentirse iguales, unidos, felices y bellos; más de seis mil personas que tuvieron el privilegio de compartir un momento único que difícilmente se habían imaginado, pero que realmente estaba sucediendo.

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