Orden Público

A mi coronel Guevara

<p align="justify">Me permito decirle, mi coronel Guevara, que espero que hoy sienta a trav&eacute;s de su familia todo lo que lo que se le quiere y a agradece, y que pueda hoy, en la forma f&iacute;sica o espiritual que se quiera, reunirse con los suyos. Que son los nuestros, mi coronel. <br /></p>

Cuando comienza Hoy x Hoy ya están despiertos, bañados y uniformados los 162 mil policías que hay en este país, y también los cien mil que gozan de su pensión. Algunos de los que están en servicio salen de sus casas y otros ni siquiera han podido pasar la noche con sus familias. Estarán en una cama de trabajo, detrás de unos costales de arena, chupando frío en alguna parte de Colombia… Sus hijos, sus esposas y esposos, que suman algo así como medio millón de almas, los despiden con un beso o les dedican un minuto de silencioso e íntimo cariño en la distancia. Es probable que varios de esos hombres y mujeres no vuelvan a casa esta noche y que la próxima vez que sus familias los vean, estén cubiertos por una bandera de Colombia, ese país que significa tantas cosas pero que para ellos no es nada distinto a la representación más clara y contundente de lo que es el amor, el servicio y el sacrificio. Julián Ernesto Guevara Castro, envuelto en nombres y apellidos revolucionarios, quiso, como muchos de ellos, hacer de su vida una pequeña revolución: la de cambiar a este país sirviendo a los demás. Es uno de esos policías que nunca volvió a casa. El primero de noviembre de 1998, sirviendo a órdenes del hoy general Luis Mendieta, Guevara fue uno de los 120 policías que pusieron el pecho a cerca de 1.500 tal vez 1.700 guerrilleros en Mitú. Vio morir a muchos de sus camaradas y, cuando se lo llevaron secuestrado, tal vez no tenía idea de que a él también se le estaban llevando la vida. De Guevara supimos muy poco los colombianos durante todos estos años, aunque nunca nos quedó duda alguna de que fue sometido a los rigores y vejámenes que implica un secuestro de la guerrilla. Para que no se nos olvidara el sufrimiento por el que atravesaba ese hombre que solo había cometido el delito de servirnos a todos los colombianos, la Providencia nos puso en el camino a una mujer menudita, de pelito corto, muy serena y muy juiciosa que se llama Emperatriz Castro de Guevara. Ella, perfecta foto de la madre colombiana, ha sufrido lo indecible, primero con el secuestro, luego con las noticias y pruebas que daban cuenta de las dolencias de su hijo, más tarde con el golpe inclemente de saberlo muerto en un rincón de quién sabe donde, encadenado como un animal, y desde hace años con la promesa incumplida de que le entregarían algunos restos de lo que fue quien en ese momento era el mayor Guevara. El mayor sufrimiento de una madre, madre del mayor Guevara, que murió sufriendo de a poquitos, como bien dijo el cabo Durán, uno de sus compañeros de cautiverio y su ángel guardián durante esos días en que se fue extinguiendo. Escribo esto a unas horas de que doña emperatriz y su familia gocen del mínimo consuelo de tener muy cerca lo que quedó de su padre. Las respeto y las entiendo, pero debo contradecirlas: lo que quedó de su padre es mucho más valioso que lo que recibirán. De su padre quedó el recuerdo de un valiente cumplidor de su deber, de un servidor público que terminó entregando la vida por las personas a las que juró proteger y servir; de un ejemplo para esos 162 mil policías que están hoy en pie listos a jugarse la vida por nuestra tranquilidad. Es primero de abril, ojalá primer día de una existencia más tranquila para los Guevara, a quienes llevamos los colombianos muy cerca del corazón y a los que no nos cansaremos de reconocer el sacrificio de ese hijo inmolado. Si él fuera militar tendría alguna prevención en enfrentar la cercanía que enseguida voy a plantear, pero Julián Guevara, como yo, fue toda su vida un civil, y él como policía y yo como periodista, cada uno a su manera, recorremos los caminos del servicio público, porque es a la gente a la que nos debemos los periodistas y los policías. Así que amparado por esa situación evidente, me permito decirle, mi coronel Guevara, que espero que hoy sienta a través de su familia todo lo que lo que se le quiere y a agradece, y que pueda hoy, en la forma física o espiritual que se quiera, reunirse con los suyos. Que son los nuestros, mi coronel.

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