Colguemos los guayos
Tal vez le hemos dado demasiadas oportunidades al fútbol colombiano sin que el fútbol colombiano nos haya devuelto casi o casi nada a cambio, miren bien y verán que es así y que hace rato es hora de buscar satisfacciones en otros deportes que siempre se han mantenido ahí, en cuclillas y desdeñados.


Tal vez le hemos dado demasiadas oportunidades al fútbol colombiano sin que el fútbol colombiano nos haya devuelto casi o casi nada a cambio, miren bien y verán que es así y que hace rato es hora de buscar satisfacciones en otros deportes que siempre se han mantenido ahí, en cuclillas y desdeñados
Miren y verán. Por allá por los años cincuenta del siglo pasado el fútbol colombiano vivió la gloria importada de unos futbolistas que llegaron de carambola y por rebeldía y en la leyenda se instaló el llamado Eldorado. Desde entonces nos han refregado el mito de Rossi, de Di Stefano, de Maravilla Gamboa. Que vino entonces el Real Madrid que palidecía ante el poder arrollador de Millonarios
Pero después de eso, nada. Las selecciones de Maturana que fueron más frases de cajón que otras cosas, puro toque-toque e ilusiones vacías de la mano del Pibe Valderrama y de las excentricidades de Higuita. Nos hicieron creer que íbamos a ser campeones del mundo, lo recuerdo muy bien, y nos dimos duro contra el mundo porque no fuimos nada, no éramos nada, no somos nada
De resto, mafia y celebraciones. Porque es de lo que está hecho el fútbol colombiano, nutrido de locutores y comentaristas vociferantes que han vendido a gritos la idea de que tenemos un fútbol competitivo y qué va. Decía, digo, que de mafias y de celebraciones está hecho el fútbol colombiano porque desde los años setenta se instalaron en los camerinos y en las tribunas los apostadores de todo con las mochilas llenas de plata a mandar en este deporte y el resultado lo conocemos y lo han padecido las almas puras que aún creen en el fútbol nacional
Y de celebraciones, digo, porque los futbolistas nacionales parecen ensayar entre semana no los tiros libres, no las jugadas de asociación, no los espacios, no las desmarcaciones, sino cómo vamos a celebrar en el caso remoto que hagamos un gol, y hay los ves: hacen comparsitas, desfilitos, coreografías bufas que duran más tiempo que los partidos
Y ahora, además, pasan hambre. Salvo dos o tres equipos, todos los demás están colgados en los pagos y sus nóminas viven del milagro, de la caridad y de la promesa, mientras las tribunas se pueblan no de aficionados sino de bandidos disfrazados de hinchas que van a delinquir allí, a ver a quien aporrean y a qué horas termina el asunto para salir a quebrar vidrios y a saquear almacenes
Mientras tanto hay deportes que nos dan gloria con cuerpos y almas sanos y en silencio. Ni hacen bulla ni con ellos hacen bulla los periodistas deportivos porque esos deportes no producen escándalo. Ahí tienes al ganador del Tour del Avenir, Nairo Quintana, y tienes al subcampeón mundial de de natación Omar Pinzón, para no citar sino a dos de quienes en el fin de semana que acaba de pasar nos cubrieron de gloria mientras en los estadios se jugaba una jartera más de fecha profesional con más autogoles que goles, con más amagos de grescas que jugadas memorables
Pero, desde luego, la gloria de Nairo Quintana durará un día. Digo, su cuarto de hora ante los medios colombianos. Y la de Omar Pinzón no será ni siquiera un cuarto. Nada de eso porque la prensa deportiva hablará y hablará del último desplante del atarván Eduardo Pimentel, productor de escándalos de ese fútbol de aquí que solo groserías origina
Puntillazo. Los aficionados al tenis estamos dichosos. Hoy será la final del torneo de Nueva York que puede coronar a Rafael Nadal a sus 24 años como el más joven ganador de los cuatro grandes torneos del mundo en todos los tiempos. Y desde el viernes veremos en la plaza Santamaría de Bogotá la contienda entre los equipos de Colombia y Estados Unidos por la Copa Davis. Una dicha. Y una felicitación a quienes han vencido todas las imposibilidades para darle a Colombia un evento de esta categoría.




