Un Barco único
Virgilio Barco, el hijo de su encopetado padre, ignorado por la mayoría de la opinión pública pero motor de una silenciosa transformación social que llegó a Colombia con el cambio de siglo.
Por Néstor Morales Viviendo como vivimos en una sociedad de delfines, hijos que heredan pequeños imperios y que por fuerza de sus destinos terminan siendo caricaturas de sus padres, quiero hacerle un homenaje a uno, sólo uno, que ha sido capaz de romper las amarras de su propia carga. Sería más fácil y seguramente más taquillero lanzarme en una diatriba justificada contra los hijos de Presidentes o de candidatos presidenciales que buscan, por estos días, edificar sus carreras sobre las sombras de sus apellidos. Y ejemplos hay mil, como les consta a los colombianos que llevan casi un siglo votando por familias enteras, pero, digo, más que criticar a los que lo hacen, quiero saludar el esfuerzo solitario de uno que resistió su tradición para librar una batalla personal
Lo hago desde la galería, a donde llegan los ecos de su esfuerzo a la vez épico y humilde. Hablo de Virgilio Barco, el hijo de su encopetado padre, ignorado por la mayoría de la opinión pública pero motor de una silenciosa transformación social que llegó a Colombia con el cambio de siglo. No lo conozco personalmente, no soy amigo suyo, y no siempre comparto el modelo de sociedad que él y su grupo de Colombia Diversa quieren imponer. Pero admiro el carácter y la templanza que supone renunciar al legado de la vida política
Me dicen que es un hombre inteligente que hubiera podido terminar fácilmente en un puesto público. Ante una señal suya, cualquier Gobierno hubiera estado encantado de nombrarlo en un Ministerio o en una Embajada, que es lo primero que hacen los jefes feudales de las repúblicas bananeras, que se reparten la marrana entre las castas a la espera de que lo mismo hagan con ellos y con los hijos de ellos. De hecho, su hermana naufragó ante los desvaríos de la nómina oficial, a la que llegó con la tarjeta de presentación de su apellido en letras mayúsculas
Virgilio es, por el contrario, de una discreción infinita, lo cual no es poca cosa en un país de falsos protagonistas. Salió del closet superando toda clase de prevenciones sociales y se ha convertido en el alma de la lucha por la igualdad de oportunidades sin discriminación sexual. Lo ha hecho con tal compromiso y seriedad, que no se ha dejado seducir por los cantos de sirena de partidos que le coquetean para aprovecharse de sus éxitos. Barco heredó de su padre, y debe ser una paradoja de su propia vida, el carácter y una alta dosis de lealtad hacia sus principios, lo cual se refleja en las luchas para reivindicar derechos en tribunales, para defender causas en cualquier rincón de la sociedad, o para asumir vocerías de minorías vulneradas
Se necesita ser muy hombre, digo yo, para retar el destino y para renunciar a las entrevistas y a los reportajes que las revistas del corazón le ofrecen cada vez que se hay un triunfo de esos que sacuden la sociedad. Barco ha atravesado ese camino con moderación y con madurez, virtudes que escasean cuando aparecen todos esos delfines haciendo alarde de tanto apellido rancio y de aristocrática decadencia. Aunque en el fondo sospecho que va a terminar como ellos, metido en las arenas movedizas de la política electoral, intentando otra vez ser diferente. Parece el destino inevitable y casi deseable, Virgilio. nmorales@caracol.com.co




