La Caída de Ingrid
Yo tenía la sospecha, casi la esperanza, de que las cosas que se dicen en la calle de Ingrid Betancur fueran sólo eso: maledicencias de gente que un día habla bien de cualquier cristiano y al día siguiente, sin razón alguna, se corre de orilla y convierte los chismes en teorías injuriosas a prueba de balas.
Yo tenía la sospecha, casi la esperanza, de que las cosas que se dicen en la calle de Ingrid Betancur fueran sólo eso: maledicencias de gente que un día habla bien de cualquier cristiano y al día siguiente, sin razón alguna, se corre de orilla y convierte los chismes en teorías injuriosas a prueba de balas. Eso es lo que ha pasado con ella, que durante su secuestro era heroína y modelo de valor y coraje y ahora, apenas 5 meses después de su liberación, es blanco de toda clase de ataques. Desde el viernes pasado, tras la baja asistencia a la marcha cívica que Ingrid convocó, sólo escucho y leo mensajes de colombianos enardecidos que quieren agraviarla y culparla por no sé qué cosas. Están molestos, dicen, porque ella orquestó las manifestaciones desde la comodidad de París, o porque pasó mucho tiempo de vacaciones en las lujosas islas Seychelles, o porque quería ganarse el premio Nobel, o porque en un discurso habló de negociación política con las Farc
Nada de lo que haya hecho o quiera hacer parece salirle bien. Todo es objeto de críticas despiadadas de los mismos colombianos que, repito, durante el cautiverio la veían con ojos de admiración o que inclusive, me atrevería a apostar, derramaron alguna lágrima de alegría cuando ella y sus compañeros regresaron a la libertad
Así somos. Elevamos como espuma a unos pocos, sólo para poder aplastarlos más tarde. Es una especie de juego nacional que podría ser la variante del conocido síndrome del raponero. Según este fenómeno, que podríamos bautizar como “Ingrid”, nos resulta imposible constituir y mantener un héroe más de dos semanas consecutivas. A Ingrid le achacan, con exquisita mirada patriotera, errores que van desde la traición a los colombianos que la ayudaron a liberar, hasta excesos en su nueva vida francesa. Ambos argumentos me parecen falaces: quienes ejercen como jueces severos de Ingrid en su mayoría no hicieron nada ni por ella ni por ningún secuestrado. Y para ser serios, no vale la tesis peregrina de que participaron en tal o cual marcha. Segundo, Ingrid es un símbolo ya no colombiano sino mundial y tiene derecho a vivir en donde se sienta segura y cómoda. Ese es el mínimo premio al que puede aspirar ella o cualquiera de los colombianos que han pasado años pudriéndose entre la manigua, sin que su gobierno o sus compatriotas los vieran como una prioridad. Todo lo que se dice contra ella me parece, pues, injusto. Esos foros de lectores y esos blogs en donde aparece el nombre de Ingrid con tanta frecuencia, suelen olvidar la lección de dignidad que dio innumerables veces cuando se rehusó a servirle a la guerrilla a través de las célebres pruebas de supervivencia. Esa imagen melancólica de Ingrid en la selva, mirando al piso, protestando en silencio, fue reemplazada, con demasiada facilidad y sin explicación alguna, por la de una Ingrid frívola que pasea por Europa y que hoy recibe el premio Príncipe de Asturias y mañana se entrevista con el Papa
Al contrario, en estos meses de libertad, yo me he sorprendido con una Ingrid ecuánime y entregada a la causa de sus compañeros. No se ha dejado seducir por las cosas chiquitas que pasan en nuestra política y ha preferido, como lo demuestran las visitas que está haciendo por el continente, seguir pensando en la tragedia del secuestro. Esa es la más noble solidaridad. Lo demás, son críticas minúsculas de quienes agitan pañuelos blancos en publico y hacen pistola en privado.




