De Macondo a... Malambo
La realidad de los últimos años en nuestra región nos indica que estamos pasando de Macondo - un pueblo que inventó nuestro nobel de literatura Gabriel García Márquez hacia la mitad del siglo anterior en sus “Cien años de soledad” y que se convirtió en la identidad de cualquier localidad del Caribe colombiano ante el mundo - a un escenario crítico donde, así como José Arcadio Buendía deambuló con su familia por muchos meses en busca de agua - la vida - y terminó fundando un asentamiento humano con nombre de árbol, hoy poblaciones enteras abandonan sus hogares desplazados por la violencia de los grupos armados , al margen y dentro de la ley, y deambulan por toda la costa con la sola esperanza de vivir.
La realidad de los últimos años en nuestra región nos indica que estamos pasando de Macondo - un pueblo que inventó nuestro nobel de literatura Gabriel García Márquez hacia la mitad del siglo anterior en sus “Cien años de soledad” y que se convirtió en la identidad de cualquier localidad del Caribe colombiano ante el mundo - a un escenario crítico donde, así como José Arcadio Buendía deambuló con su familia por muchos meses en busca de agua - la vida - y terminó fundando un asentamiento humano con nombre de árbol, hoy poblaciones enteras abandonan sus hogares desplazados por la violencia de los grupos armados , al margen y dentro de la ley, y deambulan por toda la costa con la sola esperanza de vivir. Uno de esos sitios es un sector en el que viven desplazados en varios barrios del municipio de Malambo - como perfectamente pudiéramos estar hablando de otros barrios en Barranquilla (Pinar del Rio , la Cangrejera o Loma Roja) y Soledad, o en Sincelejo (17 de Septiembre, Cielo Azul o Cristo Bien) y Corozal, o en Montería (Cantaclaro, P5 o Castillo) Montelíbano, Valencia y Tierra Alta, o en Santa Marta (Tinayue) Remolino, Fundación El Banco y Ciénaga, o en Cartagena ( El Pozón , Nelson Mandela o Cerro de la Popa) el Carmen de Bolívar y Magangué . Son - como Macondo lo fue en su tiempo - el arquetipo de muchos lugares de nuestra costa Caribe. En medio de la desesperanza y la peor de las miserias se encuentran madres que solo logran darle una sola comida diaria a sus hijos porque no pudieron “hacer un día de ropa o de plancha”; niños que se desmayan en medio de la clase por pura desnutrición; mujeres que venden la “bienestarina” de sus hijos; madres solteras, con cinco hijos, que entregan su cuerpo a un cobra- diario para pagar sus deudas; sacerdotes que denuncian que los padres obligan a sus hijas a prostituirse desde los ocho años de edad para poder traer el sustento al hogar; niñas de apenas 10 años que han contraído enfermedades de transmisión sexual y otras que tienen hijos desde los 12 años; niños pequeños que saben envolver la marihuana; padres, aún adolescentes, desesperados que se arrojan a toda clase de “rebusques”. Así como el coronel de García Márquez se quedó esperando, en el Macondo de entonces, la pensión como una obligación que el Estado debía garantizarle, aquí, en el Malambo de hoy, una población que sufre, desarraigada de su propias tierras por estar en medio de una guerra que nunca buscaron y a la que no pertenecen, se han quedado esperando que el Estado les garantice sus más elementales derechos fundamentales : el derecho a la vida - a una vida digna - , el derecho a la igualdad como ciudadanos, a un trabajo digno que entrañe una seguridad social efectiva y del que obtengan una remuneración equitativa y satisfactoria, a la atención en salud en condiciones siquiera aceptables, a una educación asequible y de calidad para sus hijos, a la protección de los derechos de los niños, al desarrollo de su libre personalidad , a unos servicios públicos que se presten con regularidad y cuyas tarifas estén al alcance de sus posibilidades , a un techo decente, a unas vías transitables, a unas mínimas exigencias de seguridad….en fin. Malambo, que curiosamente está cerca de cumplir 100 años como municipio, - así como en su época Macondo - es la mejor muestra de que hemos pasado del realismo mágico al realismo trágico. Por Víctor Herrera Michel




