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El Guaviare: una zona de contrastes en medio de la guerra

Internarse en la selva del Guaviare es ingresar a los misterios de una zona inexplorable, pero también al infierno de los secuestrados y a las tensiones de un escenario de guerra.

Por Alejandro Villegas Oyola Internarse en la selva del Guaviare es ingresar a los misterios de una zona inexplorable, pero también al infierno de los secuestrados y a las tensiones de un escenario de guerra. El punto de partida es San José del Guaviare, desde donde se accede a inspecciones de policía que se convirtieron ya en leyenda, como es el caso de El Capricho y La Libertad, donde se rumoró que había sido atendida por médicos y enfermeras Ingrid Betancourt. Cuando se toman estás vías, parece que nunca se fuera a llegar al destino ya que son trochas impenetrables donde la mano del Estado nunca ha estado presente. Caminos polvorientos y quebrados en verano y, de barro en el invierno, componen el paisaje que se dibuja con plantas y árboles propios de la selva, pero también por explanadas que sirven como área propicia para la ganadería. Es común ver también formaciones rocosas y se respira aún aire puro, que solo se consigue en esta zona de la geografía nacional. La tensión es evidente, desde que se toma el camino. Allí la advertencia es clara, pues estás zonas han sido territorios vedados por la guerrilla de las FARC, que ha realizado secuestros y asesinatos a escasos 5 minutos de San José, la capital de Departamento. Aunque El Capricho, la primera parte de este recorrido realizado por Caracol Radio, es una inspección de la capital del Guaviare, llegar hasta ese sitio toma una hora y media de camino por lo inaccesible de las vías. Al llegar al lugar sobresale el campanario de su iglesia y una cancha de fútbol abandonada y consumida por la maleza. Es domingo y la actividad comercial es vigorosa. Pareciera que nunca el miedo hubiera recorrido sus calles. Llegamos hasta el sitio, atraídos por las versiones sobre Ingrid, pero lo cierto es que nadie públicamente se atreve a mencionar que la ex candidata presidencial haya sido atendida en ese puesto de salud ni que la guerrilla haya transitado las destapadas calles que forman una cruz con sus 120 casas, la mayoría construidas de madera. Sin embargo, al apagar la grabadora admiten que la guerrilla "baja" de la selva y recorre el poblado para "demostrar que aún tiene poder sobre esos territorios, a pesar de las apariciones esporádicas del Ejército". No lo reconocen públicamente porque saben que al salir el periodista de allí, la guerrilla podría llegar y declararlos "objetivo militar" a ellos y a sus familias. Don Luis y José, quienes fueron fundadores de ese poblado, juran que las FARC nunca han estado ahí y que todas son versiones sobre esa presencia que ellos nunca han visto. El contraste es evidente. Pese a la escasa energía que consiguen a través de una planta eléctrica que funciona entre las 11 de la mañana y las dos de la tarde, allí se pueden ver los canales de televisión nacional e internacional por satélites que instalan en los techos de las casas. No es raro que sintonicen CNN, BBC o las telenovelas peruanas y mexicanas que no faltan en la programación de los hogares. El comercio y las tiendas abren sus puertas normalmente y los habitantes aseguran que "este no es un campo de batalla y tantas versiones sobre la presencia de la guerrilla lo que hace es dañar el comercio". Un campesino, interrogado también por la versión de los secuestrados, asegura que "nunca" ha visto a los plagiados a pesar de que recorre permanentemente la zona rural. Al abandonar el poblado, se llega a la vereda El Triunfo, un camino igual de difícil y dominado por trochas. Allí el miedo se convierte en pánico cuando dos hombres armados nos interrogaron sobre nuestra razón de estar en ese lugar. Nunca supimos si se trataban de guerrilleros o campesinos armados que estaban interesados en saber quienes eran los extraños. El recorrido para tomar la vía principal hacia El Retorno, el otro municipio donde queríamos llegar, se convirtió en un eterno sufrimiento. Era inevitable no dejar de pensar en un retén de la guerrilla en cualquier momento. Sin embargo, el camino se hizo más fácil ya que las vías, aunque no están pavimentadas, tienen recebo, lo que hace menos tortuoso el recorrido. El Retorno está a 45 minutos de San José del Guaviare y su vía principal es la única entrada y salida. Se sabe que se llega allí por un aviso escrito en la pared de la Alcaldía. Los ecos de la versión sobre la salud de Ingrid Betancourt, también llegaron a esa localidad y cambiaron, de alguna manera, la relativa tranquilidad de sus habitantes que desde hace un mes se acostumbraron a ver la presencia de la Policía en el hospital local y los controles permanentes en la salida hacia la inspección de La Libertad y hacia Calamar, el poblado donde termina la vía. La Libertad es un pequeño caserío de no más de 100 casas y cerca de allí se produjo la liberación de Clara Rojas y Consuelo González. Los habitantes viven igual que en El Capricho. Sus humildes viviendas, contrastan con las antenas de televisión satelital, pero ellos también saben del miedo de la guerrilla hasta el punto de que no recomiendan internarse más allá de sus fronteras porque saben que los milicianos podrían estar allí para alertar a los comandos armados. También en este lugar no saben nada de los secuestrados. Doña Amparo, es una octogenaria abuela y afirma que "no callaría algo así como un secuestro que es algo tan grave". Tampoco en su puesto de salud dicen haber atendido a alguno de los secuestrados y, en privado, aseguran que la guerrilla "hace rato que no recorre el poblado". San José del Guaviare, la capital, dejó de ser un humilde caserío que se dibuja en la mente de quienes nunca la han visitado, para convertirse en una ciudad de cerca de 60 mil habitantes, muchos de ellos desplazados por la violencia. De cada 4 habitantes, uno es desplazado o de la guerrilla o de los paramilitares; éstos últimos que llegaron de la mano de alias "Cuchillo", todo por la disputa del narcotráfico. El fenómeno de la droga es un recuerdo en este lugar. Hasta 1995 aquí se pagaba con el "gramaje" que eran las transacciones que se realizaban con la coca y que atrajo a miles de colonos ávidos de dinero y mejores oportunidades. Sin embargo, aunque es un epicentro de las operaciones de la guerra que se libra los territorios del Guaviare, es una zona segura y sus habitantes dentro del casco urbano se sienten seguros; tanto así que las puertas de muchas casas y vehículos permanecen abiertas y las mujeres dejan sus bolsos abandonados en las mesas de los establecimientos, lo que sería un dulce y fácil botín para un ladrón de cualquier otra ciudad del país.

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