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Argentina gozó una noche de fiesta al poner de rodillas a Brasil 2-1

La clasificada selección de Argentina sacó a relucir su temperamento de acero y su terrible poder de fuego en el ataque, para celebrar su victoria más deseada la noche del miércoles, al vencer a Brasil 2-1 y ponerlo en aprietos en su camino al Mundial del 2002.

BUENOS AIRES.--- La clasificada selección de Argentina sacó a relucir su temperamento de acero y su terrible poder de fuego en el ataque, para celebrar su victoria más deseada la noche del miércoles, al vencer a Brasil 2-1 y ponerlo en aprietos en su camino al Mundial del 2002.
En un vibrante partido por la decimoquinta fecha de las eliminatorias sudamericanas, los argentinos se afianzaron como líderes absolutos al remontar un resultado adverso tras gol en contra de Roberto Ayala a los 2, y ganar con anotaciones de Marcelo Gallardo, a los 77, y Cris, también un autogol, a los 85. Brasil sigue relegado al cuarto lugar, junto a Uruguay, que también da una plaza para el Mundial de Corea del Sur y Japón.
A los dos minutos de un partido de fútbol no es sensato hablar de méritos, dominio o superioridad, pero después del desconcertante gol de Brasil cuando los equipos estaban tan fríos como la noche invernal de Buenos Aires, quedó demostrado que no era fruto sólo de la buena fortuna.
Unos 50.000 fanáticos argentinos que agitaban banderas celestes y blancas en las colmadas tribunas del estadio Monumental quedaron mudos de estupor al ver como una pelota que volaba blanda de un saque de banda lanzado por Roberto Carlos era cabeceada hacia su propio arco por Roberto Ayala y se metía lo suficiente para el reglamento, antes de salir despedida por el manotazo de ahogado del arquero Germán Burgos.
Fue el sorpresivo fruto de una extraña combinación de viento en contra, la distracción de los zagueros y una tardía reacción del portero de Atlético de Madrid de España, pero Argentina estaba tempranamente en desventaja, inerme, como atravesada por el brillo acerado de un puñal surgido desde las sombras.
Fue tan helada e impiadosa la herida que hizo demorar hasta el festejo de unos 5.000 brasileños, también sorprendidos, hasta que estallaron en el grito de gol.
Pero Brasil demostraba luego que no era un resultado insólito. Cada vez que Rivaldo entraba en contacto con la pelota, cada vez que encendía la lámpara de su talento, que desairaba la presión defensiva de Ayala o Walter Samuel, los verdeamarillos crecían, se afianzaban, pisaban fuerte.
Mauro Silva lo apoyaba con su personalidad, mientras Eduardo Costa sostenía con vigor la lucha por la posesión de la pelota y Lucio, con su corpulencia y estatura, quitaba y ganaba terreno con autoridad.
Autoridad, presencia, máxima concentración, peso específico, aplomo, disciplina en la marca eran las palabras que explicaban la victoria de Brasil, en campo ajeno, como si se hubieran borrado de un plumazo las dudas, las vacilaciones que arrastraron por las eliminatorias como una piedra atada al cuello.
Se lucía Marcelinho Paraíba, con rápidos y astutos desplazamientos en diagonal, para ensamblarse con Cafú, con un sobrio Elber, haciendo gala de una precisión de un acople de naves espaciales, mientras Cris y Roque Junior disimulaban en el fondo de la defensa sus limitaciones con rigor de un soldado obediente.
Argentina estaba perdida, sin brújula y sin 'Brujita', por el suspendido Juan Verón, a quien se lo extrañaba como bastonero, como el gran titiritero que mueve los hilos del equipo, que le regula el ritmo, que pone la pausa justa. Argentina no jugaba ni luchaba.
Pablo Aimar, el volante de Valencia de España, no pudo ocupar el espacio de Verón como conductor y usina de creación. Estuvo impreciso, desconectado, sin saber cómo jugar el papel de líder.
Pero comenzaron a crecer Cristian González y Diego Simeone, como los hombres que tomaron la posta ausente de Verón y contagiaron ánimos a sus compañeros, mientras agitaban los brazos reclamándole a los hinchas que gritaran, que cantaran, que empujaran al equipo vociferando.
Arreciaron los avances por las alas de Javier Zanetti, de Diego Placente, sin claridad, sin ver la luz en el túnel, el hueco por donde penetrar en filas enemigas que se estrecharon, formando un 'efecto cerrojo' al que se sumó, sin proyectarse como es su hábito, el lateral Roberto Carlos.
Argentina fue una marea albiceleste, al poner en acción todo el vértigo, toda la velocidad posible sin perder precisión, pero Hernán Crespo estaba con la pólvora mojada y Claudio 'Piojo' López perdía su duelo con Lucio.
Pudo Brasil poner un golpe de nocaut cuando Burgos le atajó un tiro libre envenenado a Roberto Carlos y se le quedó a Crespo el grito de gol anudado en la garganta cuando un remate suyo pegó en un poste.
A los ataques por oleadas se plegó Ariel Ortega, quien le dio repentización al juego argentino, con su gambeta indescifrable, mientras Marcelo Gallardo entró para tomar la batuta que Aimar no sabía empuñar, pero Brasil se abroqueló más atrás, cerrando todos los caminos hacia Marcos.
Pero fue Ortega, con su fútbol electrizante, el que puso el desequilibrio, con un centro que conectó Gallardo, en una maniobra de contundencia soberbia y después el 2-1 con un centro de López que forzó el toque desafortunado de Cris, que provocó un abrazo masivo al puntero de Lazio, cuya actuación desaprobaban los fanáticos.

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