Penúltimo vestigio junto al tratado ABM del tu a tu con EEUU
Con la destrucción de la estación espacial Mir, Rusia pierde el penúltimo vestigio de superpotencia para hablar de tú a tú a Estados Unidos y se aferra como clavo ardiendo al único que le queda: el tratado ABM de misiles antibalísticos.
MUSCU.--- Con la destrucción de la estación espacial Mir, Rusia pierde el penúltimo vestigio de superpotencia para hablar de tú a tú a Estados Unidos y se aferra como clavo ardiendo al único que le queda: el tratado ABM de misiles antibalísticos.Pero a Moscú le ha costado lo suyo abandonar su codo a codo en la carrera cósmica y resignarse a la cooperación multilateral con otros 15 países en la estación Alfa actualmente en marcha.Se resistió hasta el último minuto, cuando el presidente Vladímir Putin vio la imposibilidad de mantener en órbita la mayor conquista tecnológica rusa con un presupuesto espacial 20 veces inferior a los 14.000 millones de dólares anuales de la NASA.Equiparada en muchos aspectos, aunque no en todos, a la llegada del hombre a la Luna, la misión Mir nació soviética y termina rusa, y ese salto mortal se ha notado lo mismo que en todo lo demás.Científicos de todo el mundo, empezando por EEUU, han rendido tributo a los avances que ha logrado y que se están aprovechando en la estación Alfa, entre ellos la ingeniería de módulos, el diseño y habitabilidad y la capacidad de aguante en condiciones extremas.Para el Kremlin y sus dirigentes, más incluso que para los rusos de a pie, lo más importante que ofrecía la Mir no era tanto el éxito en sí como el significado de esa gesta: la "prórroga" del orgullo nacional, que sienten ahora irremediablemente herido."Mientras esté ahí arriba, todo irá bien", dijo hace años un jefe técnico de la Agencia Aeroespacial Rusa sin reconocer que desde 1995 la Mir vivió de prestado con 400 millones de dólares que pagó la NASA por el proyecto conjunto con los transbordadores de EEUU.Aquel proyecto, que tuvo en Washington serios enemigos porque suponía exponer a astronautas norteamericanos al peligro de una nave espacial cuyas averías inspiraban desconfianza, se llevó a cabo sólo por razones políticas: para "ayudar a Rusia" en la transición.Pero ahora que va a dejar de estar ahí arriba, la psicopatología del carácter ruso identificada y analizada durante siglos ha vuelto a manifestarse con patética crudeza, con un Kremlin que públicamente admite que el país ya no es una superpotencia pero no lo digiere.En 1991, el imperio soviético perdió 14 de sus 15 repúblicas, 120 millones de habitantes, seis millones de kilómetros cuadrados y lo que siempre ha sido peor para los inquilinos del Kremlin: la misma definición de imperio.Diez años y 66.000 millones de dólares después, todo ese tiempo y toda esa ayuda occidental invertidos en la transición se han vuelto parcialmente en contra de los donantes y los receptores.Rusia ha progresado en su camino a la democracia y la economía de mercado con mayor lentitud de la esperada en Occidente, y sobre todo en EEUU: el presidente George W. Bush ha denunciado el despilfarro del dinero por el Kremlin y la tentación autoritaria de Putin.El presidente ruso también ha dado muestras sobradas de cansancio ante el "paternalismo" de Occidente, que a la hora de la verdad tomaba decisiones sin contar con Moscú.Pese a que una reciente encuesta esta semana reveló que para los rusos el primer problema del país es la corrupción, Putin se embarcó en una campaña incansable para recuperar el prestigio y el lugar que le corresponde a Rusia.Mientras un diario se preguntaba hace poco con tristeza que quién necesita hoy a Rusia en Occidente, Putin profesaba su fe democrática y su voluntad de integrarse en el mundo, pero bajo las reglas rusas en lugar de aceptar las de los demás.Además de distanciarse de la norma occidental en cuestiones como las denuncias de violación de derechos humanos en Chechenia, presión a la libertad de expresión y otras actitudes expeditivas, Putin ha encarado su política exterior con mensajes equívocos.Por un lado ha desplegado una notable actividad de trotamundos y en todas partes ha proclamado su voluntad europea, o euroasiática, o "multipolar", una especie de sondeo en busca del "lugar de Rusia en el mundo", según confesión propia.Por otro, su postura sobre desarme nuclear ha enfilado el camino de retorno a una cierta Guerra Fría al pretender, sin decirlo a las claras, un diálogo "bipolar" con Bush, como en tiempos soviéticos.El Kremlin se ha mostrado dispuesto a hablar de todo menos del tratado ABM, que EEUU quiere revisar para poder instalar un sistema de defensa antimisiles que prevenga los nuevos desafíos nucleares.Convertida en anatema o en "monótono 'mantra' del Kremlin", según el analista político Andréi Piontkovski, la modificación del ABM significaría para Rusia la pérdida de la última colonia, una firma de igual a igual entre Moscú y Washington vigente desde 1972.Los líderes rusos se han tomado a pecho la cuestión y amagan con una nueva carrera de armamentos en caso de una decisión unilateral norteamericana, pese a que el presupuesto de defensa apenas llega a 6.000 millones de dólares, frente a los 312.000 millones de EEUU.El ex presidente George Bush, padre del actual mandatario de la Casa Blanca, intuyó una receta para este dolor de cabeza: la mejor garantía de seguridad en el mundo no era tener más armas, sino que hubiera demócratas en el Kremlin.




