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Pajarito abusivo

No trabajo para Twitter. Es un negocio, una herramienta que como periodista puedo usar o no.

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Gente rara, y diría grosera, la de Twitter. En la madrugada, mientras dormía, mandaron una notificación de suspensión por infracción de derechos de autor. Revisé: un video de la gente de la Luciérnaga cantando, año 2018. Y un listado de canciones con links de videos que no son míos. Tal vez los comenté o hice RT. No sé. Un memorial de agravios. Además, con amenazas legales y peticiones de que escoja lugar del mundo para someterme a la justicia.

Mejor trato le dan a Hamás o a Isis. No enseño a hacer cocteles Molotov en Twitter, ni invito a reuniones de grupos de supremacía: solo opino e informo, y si en alguna ocasión se cuelan unos segundos de una canción, es el derecho a citar protegido por todas las legislaciones: ni uso canciones completas, ni me lucro.

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Y a los pocos minutos, ¡zas!, suspensión. Seguí las instrucciones para activarla y eso parece un call center: lo ponen a uno a dar vueltas con pasos y pasos y pasos que no funcionan y terminan en un chorro de babas.

Le pedí a la encargada de digital de 6AM que los contactara. Pero no voy a mover un dedo. Twitter: red cada vez más limitada, con menos posibilidad de expresión y preñada de restricciones como de las cavernas.

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