Bolívar

La reina de la colmena, historia de tenacidad y reconciliación en Bolívar

El caso de Tomasa Calonge es un referente de los segundos ocupantes en procesos de restitución de tierras en los Montes de María

El caso de Tomasa Calonge es un referente de los segundos ocupantes en procesos de restitución de tierras en los Montes de María /

En los Montes de María, departamento de Bolívar, tierra cuya riqueza natural se representa en la canción melancólica del vuelo de El Mochuelo, cuna de hamacas y delicias como la galleta chepacorina, se levanta fuerte, como sus imponentes montañas, Tomasa Calonge Ortiz.

Cordobesa de nacimiento, creció en el corregimiento Villanueva, en el municipio de Valencia y guarda, de su padre francés y de su madre, el amor por la crianza de las abejas y la extracción de miel. Ese legado la llevó, ya años después, en ese Carmen de Bolívar que la adoptó y que siente como su tierra de corazón, a hacerse una experta en el oficio, implementando prácticas cuidadosas con el medio ambiente, siempre preocupada por compartir sus conocimientos con otros campesinos que hoy recuerdan con agradecimientos sus enseñanzas.

Tomasa es una de esas mujeres valientes que decidió resistir a la violencia que azotó a la región en el pasado y quedarse allí por puro amor al campo. Tanto, que su vida es sinónimo de resiliencia y un ejemplo de constancia, un carácter que forjó desde muy joven cuando afrontó pérdidas y tragedias familiares que la acompañaron a su llegada a Montes de María, en 1995.

Mientras unos huían de la región, por las amenazas e intimidaciones, ella trató de resistir lo más que pudo. Y lo logró. Los años de esfuerzo le permitieron independizarse y comprar con sus ahorros una parcela en la vereda Agua Dulce y fundar su propio apiario. Fue así como le compró la tierra a Abel Contreras, uno de esos campesinos que prefirieron huir del territorio para salvar sus vidas.

En tierra propia y con el impulso de ese sueño, echó a volar, como las abejas, su empresa La Casa de la Miel, pero la violencia se recrudeció y también ella empezó a ser extorsionada y amenazada. Y vio morir a miembros de su comunidad. Pero pese a la crueldad de la guerra y a ver tan de cerca la muerte, se quedó en el lugar al que le había metido tanto esfuerzo y afecto. No quería que el sueño de su emprendimiento se echara a perder. Como una abeja aferrada a su panal, allí se quedó.

Sin embargo, cuando lo más duro parecía haber pasado, haber sobrevivido a la guerra infame, Tomasa enfrentaría una nueva prueba, un aguijón difícil de sacar: la reclamación del predio que había comprado y que el vendedor, Abel, había negociado con ella en medio del contexto tormentoso de la guerra.

La solicitud de este reclamante fue ingresada por la Unidad de Restitución de Tierras en el Registro de Tierras Despojadas y Abandonadas Forzosamente. Tiempo después, y en tan amarga situación, ambos se encontraron en los estrados judiciales: Abel, representado por la Unidad de Restitución de Tierras, y Tomasa, por la Defensoría del Pueblo.

Tras meses de litigio, magistrados de restitución fallaron a favor de Abel y dieron la orden de que Tomasa debía desalojar el predio. Ella no se dejó caer, tenía la certeza de que siempre actuó de buena fe, que la justicia es para todos y aún contaba con argumentos para generar cambios; sus abejas, por ejemplo, morirían en un traslado y corría el riesgo de perder el medio con que ganaba su sustento.

Levantó vuelo una vez más y acudió a todos los recursos legales disponibles, también tuvo a su favor conceptos técnicos de la Procuraduría y de la Unidad Municipal de Asistencia Técnica Agropecuaria (Umata) de El Carmen de Bolívar, con este insumo los operadores judiciales revisaron su caso y, en 2019, Tomasa logró la modulación del fallo, que terminó en el reconocimiento como segunda ocupante en el proceso.

La Sala Civil especializada en restitución de Tierras, del Tribunal de Cartagena, enfocada en el principio transformador y reparador de la política de restitución, resolvió compensar con la entrega de un predio de igual o mejores condiciones que el restituido, a Abel Contreras, y ordenó dejar en el predio a Tomasa. Ella nombró esa tierra “Parcela 1448”, números de la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, que le dejó tantas lecciones.

Al final, la historia es tan dulce como las colmenas de La Casa de la Miel, porque Tomasa, gracias a ese reconocimiento como segunda ocupante, recibió recursos por parte de la Unidad de Restitución de Tierras para fortalecer su proyecto productivo, con lo que pudo adquirir maquinaria de envasado, e insumos que le han permitido aumentar su capacidad de producción.

Así, La Casa de la Miel se convierte en un símbolo de la reconciliación en la región de los Montes de María, pues, gracias al apoyo de la Unidad, Tomasa ha podido comprarle la producción de miel a otras familias restituidas con esta línea productiva, y abrirse campo en nuevos mercados, destacando la calidad de la miel que se da en esta región.

La historia de Tomasa Calonge muestra uno de los mayores desafíos que afronta la Unidad de Restitución de Tierras en muchas partes del país, la situación de vulnerabilidad de los ocupantes de las tierras. La vocación de la Unidad es proteger a la víctima solicitante, pero experiencias como las de la protagonista son precedentes que ayudan a fortalecer la política de restitución de tierras y a articular la acción institucional para que siempre se brinden todas las garantías a las partes que intervienen en los procesos.

La historia de Tomasa y su importancia para el proceso de restitución de tierras y la situación de los segundos ocupantes será contada en el próximo capítulo de ‘Tierra’, un documental original de la Unidad de Restitución de Tierras que busca celebrar la vida de los campesinos que han regresado a sus tierras.

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