Tres historias de etnias indígenas en el campamento de las Farc en Conejo

Por su cercanía a la Sierra Nevada, muchas culturas indígenas confluyen en el bloque Caribe o Martín Caballero

El frente 59 de las Farc que opera en la serranía del Perijá, es una mezcla de culturas Caribe e indígenas. Dada la zona en la que se encuentra ubicado, constantemente en sus filas militaron las culturas indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta, la etnia Wayuú de La Guajira, y hasta zenúes provenientes de Córdoba y Sucre.

Actualmente, en el campamento madre de la zona de preagrupamiento cerca a Conejo, en las estribaciones de la serranía del Perijá, hay 80 guerrilleros, entre los cuales, aproximadamente un 40% tiene ascendencia indígena. Hay en el campamento de este frente que se autonombra 'Resistencia Guajira', arhuacos, wiwas, kankuamos y wayuús. Y hacen parte de sus filas también indígenas kogui, que se encuentran en campamentos satélites en la serranía.

Ever, el kankuamo

A primera vista es claro que se trata de una persona con herencia ancestral indígena. Ever, cambió hace 17 años su cultura por los fusiles y la defensa de unos ideales que conoció a la mala, como la mayoría de los indígenas de las Farc. Nació en La Mina, Cesar, allí aprendió a enamorarse de la cultura kankuama, en esa época se adelantaba un proceso de recuperación de sus constumbres, del que lamenta no hacer parte.

Ever se fue a las Farc porque la realidad del país no le perimitió surgir, "uno de los anhelos más bonitos que tenía era estudiar y ayudar a mis padres, sacarles adelante. Ese sueño fue truncado cuando comenzó la oleada de terror". Recuerda cuando paramilitares mataron a un profesor de Educación Física y amenazaron a todos los jóvenes. Tuvo que irse.

Estando en Valledupar, Ever dice que al ver que en su pueblo las cosas iban de mal en peor, se fue a las Farc, más en busca de refugio que movido por unos ideales. "Cuando llegué aquí, me di cuenta que esto era como una universidad, donde se aprenden cosas buenas, de hecho, seguí mi carrera aquí y estudié y siento que me volví profesional aquí dentro de la organización", dice.

Ever es técnico de radio, en las Farc aprendió electrónica y sueña con trabajar para una emisora cuando regrese a la vida civil. También, quiere regresar a su pueblo y conocer la música, el canto, el baile y la lengua kankuama, rescatadas hace poco por su comunidad. Sus dos hermanos también son guerrilleros, su mamá está en Venezuela y no la ve hace 2 años, su padre, vive en La Mina y no sabe de él hace 4 años.

Rosiris, la indígena Wiwa

Esta mujer dibuja aún en su rostro y en sus palabras la inocencia y la candidez indígena. Sufrió desde muy niña los avatares de la violencia en nuestro país, y más por ese desafortunado destino que por otra cosa terminó enrolada en las Farc. Nació en el corazón de la Sierra Nevada, en un resguardo Wiwa de nombre 'Linda', cerca a Badillo.

Irónicamente, el destino tardaría mucho en mostrarle una cara 'Linda' a los nacidos en ese caserío. Rosiris nació huérfana de padre, pues estando su mamá embarazada, cuenta que los paramilitares lo asesinaron. A sus 7 meses de nacida, su mamá desapareció de 'Linda', ella cree que la mataron, otros de su familia creen que murió en el agreste terreno de la Sierra.

A Rosiris se la llevó una buena alma Wiwa, una señora de quien dice no recordar su nombre la crió en un zona conocida como potrerito. con la tensión que se desarrollaba en la zona, nunca tuvo la oportunidad de conocer costumbres y tradiciones de su raza indígena, por el contrario, "no me crié con ningún familiar, ni supe nada de ellos".

Esta guerrillera de rostro adusto y casi inexpresiva, confiesa que "me gustaría ir por allá, saber de mi familia, buscarlos. Me dijeron que tengo otros dos hermanos vivos, hay una aquí en la guerrilla, pero bueno, nunca se ha dado la oportunidad". Lamenta que entre los wiwa de las Farc, no haya ninguno que sepa hablar la lengua indígena.

Y precisamente fue su hermana quien la vinculó a las Farc. Dice Rosiris que no pudo hacer más, pues "qué iba a hacer para allá al resguardo si allá no había nada, ingresé y me quedé aquí". Tres años después de llegar a las Farc, los jefes le pusieron sobre la mesa la opción de regresar a su hogar, pero resolvió finalmente permanecer. Ya son 12 años en las Farc para esta indígena wiwa.

Dayro, el Wayuú

A diferencia de los personajes anteriores, Dayro nació en una ciudad. En Riohacha vio la luz, y durante 8 años fue criado e instruido en la costumbre ancestral wayuú. Aprendió a hablar perfectamente el wayunaiki, lengua de los nativos de la zona, y aunque le hubiese gustado seguir aprendiendo de los suyos, el destino le jugó una mala pasada, cuando su padre tuvo que irse a la sierra Nevada.

"Mi papá tuvo que buscar trabajo, y terminó en un cultivo en la sierra Nevada. Eso impidió que siguiera con mi educación wayuú", lamenta. Conoció a las Farc porque la zona en la que se asentó su papá era de constante tránsito guerrillero. "Empecé a ser cercano con ellos, hablar con ellos, andar con ellos, me explicaron su lucha, qué querían y eso me gustó", confiesa.

Dayro acumula ya 11 años de experiencia guerrillera, dice que aunque no conoció a fondo su cultura de origen, se siente 'orgulloso' de su experiencia en las Farc, en sus palabras "siento que estoy luchando por todo el pueblo colombiano y no solamente por mi raza wayuú, bien necesitado".

Hace 6 años no ve a su familia, recuerda el momento en el que ya estando en la guerrilla, en la misma serranía del Perijá, vio la oportunidad de mandar a buscar su familia y lo hizo. "Muy contento estaba en aquella oportunidad, se me salieron las lágrimas porque a mis hermanos los dejé chiquitos, verlos crecidos y capaces de soportar la familia me dio mucho ánimo para seguir en la lucha".

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