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Camilo Colmenares, un tatuador que lleva catorce años tallando mitologías sobre la piel

La primera máquina de tatuar de Camilo Colmenares Ferrigno fue una improvisada

Él tenía dieciséis años, vivía en Bucaramanga y sus condiciones económicas hacían impensable el equipo profesional que veía en las revistas. Conseguir ese aparato improvisado, dice hoy, fue toda una aventura. Catorce años después, esa misma obstinación sostiene una carrera que ha pasado por ocho países, más de quince ciudades, más de cinco mil clientes y una marca propia registrada oficialmente en Colombia.

El origen es anterior incluso a la máquina. Colmenares dibujaba desde niño, se rayaba los brazos él mismo y en el colegio les dibujaba a sus compañeros sobre la piel con lapicero. A los trece años descubrió la serie Miami Ink y aquello le reorganizó las prioridades: le fascinó ver tatuadores que disfrutaban su oficio, escuchaban las historias de sus clientes y las convertían en ilustraciones personalizadas. De esa fascinación adolescente nació también, casi como una nota al margen, el sueño de trabajar algún día en Miami.

El camino, sin embargo, no fue lineal. En 2012, ya con dieciocho años, pudo comprar por fin su primera máquina profesional, pero para entonces el tatuaje había dejado de ser su prioridad: estaba estudiando diseño gráfico en Bucaramanga. Fue un compañero de clase, tatuador él mismo, quien lo devolvió al oficio. Al ver una ilustración con la que Colmenares había obtenido una de las dos notas más altas del curso, le dijo sin rodeos que debía dedicarse a tatuar. Esa misma semana compró la máquina. La formación en diseño gráfico, que muchos verían como un desvío, resultó ser el cimiento técnico de todo lo que vino después: composición, jerarquía visual, construcción de imagen.

A finales de 2012, con apenas ocho meses tatuando, entró a Black Cat 77, uno de los estudios de referencia de Bucaramanga. No fue por antigüedad ni por contactos. Uno de los artistas más reconocidos de la época vio su talento y le abrió las puertas. Allí construyó su primer portafolio profesional y sus bases técnicas. Entre 2014 y comienzos de 2016 continuó en Inked Tattoo Studio, afinando el diseño personalizado y la consultoría artística con clientes, y en 2016 regresó a Black Cat 77 para lo que terminaría siendo la etapa que definió su identidad como artista.

Ese año ocurrió el punto de inflexión. Colmenares había visto el realismo por primera vez en persona, en una convención de tatuadores, y le pareció un reto enorme; empezó a practicarlo con disciplina. En 2016 publicó el tatuaje de un tigre que superó las mil interacciones, una cifra poco común en ese momento, y la demanda de realismo se le vino encima. Empezaron a escribirle clientes y seguidores desde ciudades cuyos nombres nunca había escuchado. Hoy, todavía, le llegan mensajes desde lugares tan distantes como Australia.

Con el tiempo el realismo puro comenzó a resultarle repetitivo, y ahí apareció el territorio que hoy lo distingue. Empezó a explorar composiciones surrealistas: mezclar imágenes realistas con piezas mecánicas o con caricaturas, construyendo una narrativa completa en lugar de una sola imagen aislada. Su enfoque se inclinó especialmente hacia la temática mitológica y medieval, con criaturas mágicas y fantásticas, y hacia el gran formato multi-sesión, las mangas y las espaldas completas. “La gran escala añade otro nivel de reto”, explica. “Ya no es una imagen sobre el cuerpo, es una obra completa adaptada a él.” Del surrealismo le atrae, sobre todo, la posibilidad de crear composiciones impensables, de mezclar rostros o culturas que en apariencia no tienen relación y darles una carga simbólica enorme.

Ese lenguaje encontró reconocimiento institucional en la convención de tatuajes de Neomundo, en Bucaramanga, donde obtuvo el primer lugar en Estilo Libre y el segundo lugar en Color. Pero el reconocimiento más consistente ha venido de otro lado: de una práctica internacional que él mismo construyó, sin agencia ni representante. Desde 2016 y hasta 2022, Colmenares operó una carrera itinerante que gestionaba de principio a fin, captación de clientes, agenda, logística de viaje y ejecución, organizando su calendario ciudad por ciudad y agendando con meses de anticipación en Bogotá, Medellín, Panamá, República Dominicana, México y varias ciudades de España, Bélgica e Italia. “Ese es mi elemento diferenciador”, afirma. Combinar realismo con composición surrealista y temática mitológica en piezas de gran formato es una cosa; sostener la operación completa de un negocio internacional al mismo tiempo es otra.

En 2022 se radicó en Canadá, primero en Toronto, y en 2024 se trasladó a Montreal para fundar Ferrigno Ink, su estudio y su marca. En marzo de 2025 regresó a Colombia junto a su familia y continuó la marca desde Medellín, retomando los viajes entre Colombia y Europa. En febrero de 2026, Ferrigno Ink quedó registrada oficialmente ante la Superintendencia de Industria y Comercio de Colombia. Actualmente formaliza una colaboración profesional con Tattoology Lounge, en Miami, Florida, para expandir su práctica a Estados Unidos.

Por su silla han pasado, entre otros, el cantante Manuel Turizo, el productor musical El High, las influencers Luisa Fernanda W y Dani Duke, el cantante “RK El Artista”, el influencer Mario Ruiz y, en 2025, el artista musical Kapo. Su cuenta verificada de Instagram, @camilocolmenares, reúne cerca de 150,000 seguidores y alrededor de 150 piezas de portafolio. Su trabajo ha sido documentado en medios especializados como Skin Artists Tattoo Magazine, que publicó una entrevista con él en junio de 2026, y World Tattoo Events, que tituló su perfil “Camilo Colmenares: Sculpting Surreal Tattooing Into Skin”.

Colmenares nunca deja de aprender, dice, siempre está explorando técnicas y estilos nuevos. Esa inquietud explica el proyecto que hoy prepara: Ferrigno Systems, una propuesta construida alrededor de una corporación ficticia que crea cyborgs, y que consiste en tatuar a las personas para que parezcan robots, destacando la anatomía humana con formas robóticas adaptadas a su propia musculatura. Quiere desarrollarlo en un futuro en Estados Unidos, un mercado donde, según observa, ese nivel de composición y de planeación narrativa todavía es poco común.

Su horizonte tiene además un componente cada vez más académico. Aspira a formar a la siguiente generación de tatuadores de gran escala mediante cursos, seminarios y programas de mentoría en plataformas en línea dirigidos a estudiantes de distintos países, replicando para otros el camino que él recorrió sin mapa, pero que sin duda lo llevo a ser una de las figuras más relevantes del mundo del tatuaje en toda América latina.

Erix Montoya Bustos

Erix Montoya Bustos

Cubre la información de Cartagena desde 2000. Se incorporó a Caracol Radio en 2011 y previamente trabajó...

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