Plinio Apuleyo Mendoza, por Antonio Caballero
Una rivalidad de décadas que terminó con una expresión de admiración… disimulada.

Plinio Apuleyo Mendoza y Antonio Caballero. Foto: Colprensa

En la historia del periodismo de opinión en Colombia no ha existido jamás una rivalidad tan larga, desalmada y pugnaz como la que protagonizaron Antonio Caballero y Plinio Apuleyo Mendoza, recién fallecido.
Eran dos hombres brillantes que estuvieron casi toda la vida en las antípodas.
Antonio, miembro renegado de la aristocracia bogotana. Plinio, huésped de ese mismo grupo social, aunque se describía como un boyacense ajeno a esa élite de la que fue parte.
Antonio, alumno del Gimnasio Moderno y del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario. Plinio, bachiller a los 15 años del Liceo de Cervantes.
En su libro ‘Ráfagas del Tiempo’, Plinio se retrata de esta manera:
- “Fui siempre el más pequeño del curso. Supongo que era un niño tímido, de lentes, y pésimo alumno en matemáticas, en física y en química, mal vestido, con los dedos siempre manchados de tinta y, además, con el complejo inevitable de llevar dos soberbios nombres de autores latinos, sin duda excesivos para un personaje tan modesto”.
Sin embargo nada definió mejor a Plinio Apuleyo Mendoza, quien murió en las últimas horas a los 94 años, que su agrio enfrentamiento con Antonio Caballero.
Se dijeron de todo. Sus peleas fueron la delicia de lectores y el dolor de cabeza de los medios para los que trabajaron. Era una contienda única y sin cuartel. Los dos hacían gala de un cultura inmensa y de una crueldad sin límite.
Cuando Daniel Samper Ospina era el director de Soho los invitó a a escribir un artículo sobre el otro en la misma edición.
El de Antonio Caballero se llamó “Plinio en los infiernos”. Y decía entre otras cosas: “toda su vida ha sido Plinio un apóstol de la violencia: la violencia de extrema izquierda en su alocada juventud, y la de extrema derecha en su edad madura de converso. Y aún mejor estaría en el Octavo Círculo (del infierno), el más poblado del poema dantesco: el de los tramposos, los lambones y los aduladores, los hipócritas, los mentirosos, los falsarios, los simuladores”
La respuesta de Plinio titulada “Caballero y sus alacranes” no fue menos violenta: “Sus diatribas, por supuesto, no corren por cuenta solo de sus regresiones ideológicas, sino también de los alacranes que trae desde la infancia. ¿Será verdad que ve en el poder de Estados Unidos una representación a escala planetaria de una odiosa autoridad paterna que quería hacer de él un diminuto bailarín de flamencos y danzas sevillanas? ¿O realmente, como ya lo dije otras veces, le dieron su primer teterito con un chupo envenenado? Un psicoanálisis pondría estas cosas en claro. Pero no se lo recomiendo. Caballero sin alacranes dejaría de ser Antonio Caballero. Tendría, al fin, algún amigo, pero no lectores”.
Esa guerra inclemente los llevó a decirse de todo: “mezquino”, “racista”, “lambón”, “venal”, “criminal” , “columna apestosa” , “maloliente” , “gallinazo literario”, “repulsiva alimaña” y “bufón de la aristocracia”.
Antonio se burló reiteradamente de Plinio a quien caricaturizaba como un monstruo de “orejas prensiles”. A lo cual Plinio respondió diciendo definiendo sus orejas como “Airosas, desafiantes, estaban devolviéndome mi identidad perdida. Donde vaya yo van ellas. Nunca, ni cuando era un bebé, quisieron ser discretas”.
Antonio escribió una columna titulada ‘El asno de oro’ por la que Plinio estuvo a punto de demandarlo.
Solo recuerdo una pausa en estas batallas.
Cuando en 1999, el ELN le mandó a Plinio Apuleyo Mendoza una carta bomba de la que se salvó, Antonio Caballero publicó una columna titulada “Con Plinio”:
- “No suelo estar de acuerdo con las opiniones que expresa Plinio Apuleyo Mendoza, y muchas veces he intentado refutarlas mediante la expresión de otras opiniones. Pero esta vez –una sola, pero que se refiere a lo esencial– estoy de acuerdo con él: no se puede callar la opinión discrepante mediante la violencia. Y no sólo por razones de principio, tan vagas: sino por las sólidas razones prácticas que nos enseña la desgraciada historia de este país desgraciado. Si estamos como estamos es porque siempre se ha pretendido callar las opiniones discrepantes por la fuerza”.
Plinio no llamó a Caballero para agradecerle su solidaridad, pero le mandó a través de un amigo común una tarjeta escrita a mano que decía “gracias también por una única vez”.
Antonio Caballero murió hace casi cinco años, el 10 de septiembre de 2021. Los Danieles tuvimos la bendición de que, por generosidad suya, publicara sus últimas columnas con nosotros. Una de esas últimas columnas, titulada simplemente “Plinio Apuleyo”, fue un adiós pero también un homenaje, a su manera, a su archirrival:
“Cuenta las mismas cosas que ha contado ya treinta veces, en libros y en periódicos: pero qué bien las cuenta”, “¡qué memoria la suya! Y también, qué humor. Sus reflexiones, casi al final del libro, sobre el peso de llevar a cuestas el nombre de Plinio y por añadidura el de Apuleyo, o el de cargar con sus descomunales orejas —que alguna vez yo critiqué, sin la consecuencia que él señala de que, al verlo más tarde en un restaurante, me hubiera levantado “con aire de pavor”. Plinio no inspira pavor, ni a los bebés” “Plinio, no consigue amenazar: es demasiado simpático”.
La muerte de Plinio Apuleyo que fue, sin duda, extraordinario escritor, pero que también fue casi todo lo que dijo Antonio Caballero de él, cierra un capítulo inolvidable del periodismo colombiano.
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Daniel Coronell
Daniel Coronell ha sido director de noticias de RCN, Noticias Uno y Noticias Univision, tiene un espacio...




