Dónde está la bolita
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Si yo fuera Ariadna Gutiérrez

Reflexiones sobre una situación incómoda en el certamen de Miss Universo 2015 - 2016.

Si yo fuera Ariadna Gutiérrez, lo último que habría hecho al escuchar que mi corona no era mía, habría sido sonreír. De entrada habría mirado a Steve Harvey con cara de “huye o muere” y ni siquiera me hubiera esperado a que Paulina se acercara a mí para quitarme la corona, sino que yo misma se la habría clavado en la cabeza a Miss filipinas. Sin resentimiento contra ella por supuesto, pero sin poder esquivar la ira que produciría en mí el absurdo momento.

Si yo fuera Paulina, no habría sonreído al tener que regresar al escenario para pararme en medio de dos mujeres aturdidas por el circo que validaba a una y descalificaba a la otra, sino que habría caminado directamente hacia Harvey con mirada de “estas despedido”, y le habría arrebatado la tarjeta de las manos solo para constatar después con los jurados cuál fue su verdadera decisión, y dónde estaba el error. Por ser aún la mujer más bella del universo, me habría sentido en todo mi derecho de tomar cartas en los asuntos del evento que insólitamente me pedía ceder un honor que en teoría es imposible de ceder. Si solo una puede ser la más bella ¿cómo es que tengo que cederle la corona a otra? En fin.

Si yo fuera Miss Filipinas habría esperado a que fuera Paulina y no Harvey quien me confirmara la decisión tomada por el jurado, antes de caminar hacia el centro del escenario para que de alguna manera la corona pasara de la cabeza de Miss Colombia a la mía, y por supuesto lo único que no podría haber hecho mientras todo esto sucedía sería sonreír.

Pero claro, no podría ser Ariadna, ni Paulina ni soy Pia Wurtzbach –más conocida como Miss Filipinas– porque no poseo ese requisito sine qua non de la feminidad establecido por los reinados, según el cual una mujer para ser verdaderamente femenina, siempre sonríe sin importar cuál es la situación que tiene en frente y jamás pero jamás se molesta, es decir palabras más palabras menos, que nunca permite que en ella aparezca ningún destello de carácter o personalidad.

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