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Pilo y palo

A Ser pilo paga se le han hecho varios reparos, antes de que muestre resultados. ¿Quién tiene la razón?.

El inicio de clases en las universidades empezó este año con un debate interesante sobre el programa “Ser pilo paga”, destinado a 10.000 estudiantes del Sisben y con puntajes de excelencia en las pruebas del Estado, es decir jóvenes pilos de escasos recursos que jamás soñaron estar sentados en un salón de clases con muchachos de estrato 6

 Está visto que la Educación  no solo es un asunto de académicos y teóricos sino que siempre lleva implícito un contenido ideológico y este de las becas no es la excepción, como pasó con la fallida reforma a la educación superior o los con colegios en concesión en el sur de Bogotá. La izquierda ha hecho de este una bandera y los gobiernos, incluido este, tienden a ser intolerantes cuando se les cuestionan sus programas

 A Ser pilo paga se le han hecho varios reparos, empezando porque no es una política sino un programa y que esa es una de sus debilidades. Ya el presidente Juan Manuel Santos ha dicho que quiere que no sea solo un programa sino una política de Estado adoptada por el Congreso mediante una ley, atendiendo seguramente lo planteado por el ex rector Moisés Wasserman en ese sentido; que es excluyente cuando la educación es un derecho para todos, tesis del profesor uniandino Rodolfo Arango; que pese a los peros “es una excelente iniciativa” que necesita algunos ajustes, como lo sostiene Ignacio Mantilla, rector de la Universidad Nacional que ha hecho una precisión importante para quienes sostienen que los pobres prefirieron  irse a donde estudian los  “hijos de papi”: cuando salió la noticia de las becas, las públicas  ya habían cerrado las admisiones

 Si la educación es el motor de la movilidad social, el Estado no debería diseñar programas excluyentes,  sostienen sus críticos, argumento frente a lo cual se antepone la realidad del país: la plata no alcanza para repartir becas para todos los que las merecen. Otra verdad a medias, dirá otro que podría argumentar que no es un problema de plata sino de mala administración de recursos porque los créditos educativos del Gobierno se han vuelta el banco con el que se financian las universidades de garaje. Y como referencia de esto se puede exponer que recursos de ese origen fueron desviados por los directivos de la San Martín para sus negocios particulares.   Nadie puede estar en desacuerdo con que haya becas para jóvenes talentosos y que puedan pisar los salones de universidades donde hoy se forma la dirigencia del país. Pero sin duda el sector educativo y la sociedad agradecen el debate para despejar inquietudes sobre, si por ejemplo, los de estrato tres deben ser excluidos y si no ha llegado el momento de mirar cuál es el modelo que más le conviene al país, el que paga a los privados para que eduquen a los pobres o si la plata la debe destinar el Estado a la universidad pública para que amplíe cupos y mejore la calidad de los programas y de la investigación. Y si el matoneo denunciado contra los beneficiarios es un tema ideológico o una muestra más de la exclusión de ciertos sectores de la sociedad que no aceptan este tipo de iniciativas. 

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