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El Hay desde las colas

Álvaro Sanín relata su experiencia en el Hay Festival, que se realizó en Cartagena.

Por: Álvaro Sanín

No soy asistente de festivales y a duras penas voy a fiestas que si son de menos gente, mejor. Tanto tumulto, tanta ruido, tanto calor y carreras y tantos horarios que cumplir

 Pero uno ha de ir llenando casillas que en la vida se le han quedado vacías y fui al Hay Festival Cartagena 2015 y fue toda una experiencia

 Diga usted que son cuatro días y que reparte en cinco posibilidades horarias más de 90 actividades. Como mucho se podría haber ido a veinte que tiene uno que escoger en muchos casos medio al azar. No fui a ninguna, excepto la de Le Clézio, en que alguien no me dijera que por qué no había ido a esta otra mucho mejor, y tuvo que haberlas porque falté a más de setenta

 Y cada una es de una hora, muy cumplidos eso sí, con  intervalo de una hora en los que cumplí una parecida rutina; correr buscando el lado de la sombra, unas diez cuadras hasta la próxima sede, porque las que me gustaron nunca quedaban en el mismo sitio, tomarme algo (espacios  comerciales como en la TV, de la misma duración del programa) y hacer la cola, siempre larga y agradable

 En las filas aprendí más que en las sesiones. Me hicieron resúmenes de las excelentes charlas a las que no fui, llenaron los vacíos que me quedaron de mis espabiladas por el calor, las carreras y las colas; me presentaron, sin dirigirnos a ellos, a un montón de gente que no conocía sino en Cromos, en Hola o en Caras, ninguna de Soho o de Don Juan… qué lástima. Todos esos personajes se saludan muy rico entre ellos, hacen mucha alharaca y aspavientos y parecen tristes, aburridos y cansados cuando no están en un corrillo bullanguero que les manifieste su aprecio. Una excepción fue el Poncho Rentería que me saludó queridísimo sin que nos conociéramos y ya me iba a contar algo, pero me tuve que ir porque llegaba tarde a una cola

 Los escenarios muy cómodos, bien acondicionados y decorados. El bello teatro Heredia con sus tres pisos de palcos en los que de las nueve sillas, solo desde las tres de adelante se ve algo, pero en las otras, no es queja, está más oscuro, más fresco y como el sonido es malito, se descansa mejor. La Universidad de Artes y Ciencias, El Centro de Cooperación Española, el Hotel Santa Clara, todos como Cartagena, acogedores y agradables

 Y de los conversatorios y las conversaciones, ya lo dije, me perdí casi todas las mejores, pero presencié momentos inolvidables de buen pensamiento. Un músico genial, de quién sé canciones enteras me mostró su faceta de predicador a capela que no le conocía y que no pude conjugar bien con su alegría y satisfacción de vivir. Soy ciclista y en una de fútbol, moderada por Daniel Samper, me reí mucho, aprendí de ese deporte otro montón. Les cogí el respeto que se merecen y que nunca les he reconocido lo suficiente, a esos miles de millones de hinchas y de futbolistas que como los panelistas me aclararon, no les importa vivir sumidos en cualquier tipo de conflicto porque con las disputas futbolísticas los subliman y con un resultado sustancialmente menor en muertos, en heridos y en destrozos, que las guerras que reemplazan

 ¡Qué señor es Le Clézio! Si lo hubiera oído antes no tendría tantas novelas de él sin terminar. Habla en español, es respetuoso y reconocedor de las memorias de sus antepasados y se declara admirador de las culturas que como las precolombinas americanas, son poco conocidas por no tener un acervo escrito al que podamos acudir para conocerlas, pero que están llenas de valores trascendentes y bellos. Me comprometí a leerlo con más seriedad

 Y una cubana bella, misteriosa y enredada, y un colombiano triste y autoflagelante y un mexicano brillante en cada frase y unas españolas con exposiciones como de costurero, livianas y entretenidas y otra española, algo anciana, pero con su pelo de un rojo rutilante, furiosa con el entrevistador porque le pareció que enmarcaba sus preguntas en épocas en que ella no había nacido todavía, quién, además, por insistir tanto en aclarar aquello de su edad, me hizo perder el hilo de lo demás; y un corresponsal de guerra jugando a la pareja dispareja con una novelista vietnamita que se carcajeaba mucho con sus cuentos y un escritor griego de novela negra  que me encantó y duré encantado por lo menos tres horas, hasta que en una cola pasó un crítico muy importante y en la única pregunta que le hice a un crítico importante, porque en las sesiones me daba vergüenza preguntar, se me ocurrió pedirle que me comparara a Markaris con Mankell y dijo que este no era nada al lado de aquél y yo me vi en la encrucijada de  renunciar a mi admiración incondicional de más de 20 años por el sueco o perder mi fe en ese intelectual al que además sólo conocí por referencias en los corrillos. Llegué a la conclusión de que la gente esperando acalorada y con tanta cafeína encima, puede decir muchas mentiras y que uno no tiene que creerle a todo el mundo todo lo que dice, por mucha autoridad que parezca emanar

 Quiero volver al Hay como le decimos en corto los veteranos. Voy a estudiar más el programa. No me quiero perder las colas, pero no asistiré a más de diez charlas y por mucho que sufra la economía de Cartagena, no tomaré tanto café

 

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