El desastre de Bogotá
Algunos oyentes tratan en vano de descalificar mis críticas al caos infernal de Bogotá dizque porque no vivo allí. Qué cómo se me ocurre, me dicen. Pendejadas, les digo.


Algunos oyentes tratan en vano de descalificar mis críticas al caos infernal de Bogotá dizque porque no vivo allí. Qué cómo se me ocurre, me dicen. Pendejadas, les digo. Vivo en Bogotá tanto como en cualquiera otra ciudad de Colombia porque, como muchos, me muevo por todo el país y siento a todo el país en mis adentros. Y conozco y padezco a Bogotá más que muchos de quienes la ocupan en jornada continua los siete días de la semana. Y me duele el pantanero en que ha quedado su avenida más bella, la 26. El abandono de esos frentes de trabajo, la parsimonia de los reparcheos, la indolencia de los cierres de vías y las obvias soluciones que se buscan como, por ejemplo, el pico y placa también los sábados. Pero más duele la ciudadanía impasible. No se oye un quejido ciudadano. Se oye apenas, y ojalá se oiga más, la organización de un cacerolazo como una protesta ruidosa ante el desdén del gobierno. Porque si no hay manifestación cívica y ordenada de la ciudadanía, el gobierno seguirá creyendo que las críticas son de comentaristas desocupados. Que cojan oficio
Puntillazo. Se está comenzando a celebrar el aniversario número diez de Transmilenio. Ya se premió al pasajero número tres mil millones. Y los editoriales de los periódicos empezaron a lanzar incienso sobre ese sistema de transporte. No me sumo al aplauso. Transmilenio sería magnífico como alimentador del Metro. No como muchos insisten en presentarlo, como si fuera el Metro.




