La tragedia de Uribe
Estamos viendo cómo la desesperación hace perder la vergüenza y han quedado en desuso el decoro y el respeto por la Constitución Nacional tantas veces pisoteada en estos últimos ocho años.


Estamos viendo cómo la desesperación hace perder la vergüenza y han quedado en desuso el decoro y el respeto por la Constitución Nacional tantas veces pisoteada en estos últimos ocho años
El presidente Uribe se descaró. No se inclina ante la Constitución, ya dije; ni le teme a la mirada del Procurador, ya se sabe. Pero lo que no calculábamos era que podía llegar a huir de su propia memoria para intentar retractarse de la generosidad que alguna vez tuvo. Tratar de borrar ahora, con palabras rabiosas, lo que hace un tiempo dijo sobre Antanas Mockus con frases dulces, es un ejercicio grotesco para cualquier, pero mucho más para un Jefe de Estado porque, por serlo, ha dejado testimonios grabados e incontrovertibles de su juicio de entonces
A Uribe ya no le gusta Mockus como le gustaba. Ya no le parece ni confiable ni transparente ni eficaz. Le gustaba Mockus cuando era un profesor brillante y un administrador eficiente de la cosa pública, pero estaba lejos de competirle a su elegido Juan Manuel Santos con el cual Uribe aspira a seguir mangoneando en cuerpo ajeno
Por fortuna el enfrentamiento de credibilidad es con Mockus que no patalea. Que no vocifera. Que simplemente se declara “desconcertado” y deja rodar una ironía tranquila de que Debe ser que les estoy preocupando
Ante esa rectificación presidencial retrospectiva, está una opinión estupefacta ante el chapaleo del Mandatario. No digo de la opinión de los áulicos uribistas que le hacen coro a la intemperancia (Uribito, Armandito, etcétera), sino de la amplia opinión que ha crecido en participación y que se va a expresar toda verde en las elecciones presidenciales del 30 de mayo
Una ola verde que crece justamente por reacción a eso. Crece esa opinión que se vuelve verde porque está harta de ocho años de argucias y de manipulación de cifras y de cortinas de humo y de cambios de opinión hacia dónde según sople el viento. Está hasta el tope de las tretas y de la estratagema del terror que consiste en describir a Colombia como un país siempre violento amenazado por el lobo feroz de la guerrilla siempre al acecho, para seguir vendiendo como necesario el remedio de la mano durísima
Ante todo eso, que ya es un discurso cansado, crece la ola verde que quiere, aunque sea, nuevas palabras. Y otras ideas aireadas por otras inteligencias que no tengan ataduras a la política reinante. Y sobre todo un ejercicio limpio del poder, asumido con la pulcritud que le impone la dignidad presidencial y no esta rabieta indecorosa que lo está consiguiendo es el efecto contrario al que busca: al tratar de socavar a Mockus a través de triquiñuelas y de violación de la Constitución, lo que está haciendo es catapultarlo
Por todo eso Uribe vive una tragedia. Por un lado le toca desmentirse en público de palabras dichas y de elogios derramados y por eso ante la opinión que no es pendeja queda como Cantinflas. Y todo eso –y quien sabe qué más de aquí al mes y medio que faltan para las elecciones—todo eso lo hace para tratar de ayudar a Juan Manuel Santos de quien mucho duda y de quien tiene la certeza de que si lo llega a coronar lo traicionará antes de tres días. Una tragedia
Puntillazo. Uribito, que es tan cortico de ideas y tan lorito de palabras, dice que a la guerrilla no se le combate con girasoles ni con mimos. Uno podría decir –lo estoy diciendo—que más de medio siglo de fusiles y de misiles y de bombardeos y de empobrecimiento tampoco han servido. Entonces démosle una oportunidad a los girasoles.




