Libertad en las alcantarillas
Lo que ha hecho Internet y en consecuencia la aparición de foros o blogs en medios de comunicación masivos, es suministrar un tubo de escape a esa rabia o a esa necesidad de agresión.
Por Néstor MoralesEn general, los periodistas somos buenos hablando de libertad de expresión, pero somos malos aceptándola cuando la ejercen nuestros interlocutores. Ahora que con razón se hacen análisis sobre el caso del muchacho Castro, que supuestamente amenazó por Facebook a Jerónimo Uribe, y se habla de libertades y de riesgos, ahora que abundan los exámenes a Internet y a la seguridad personal, en este momento a mi me parece que hay que defender con vehemencia la libertad al insulto y a la transgresión
Y lo digo yo, que recibo diariamente miles de esos insultos por lo que digo en la radio o por lo que escribo aquí. Inclusive me culpan por lo que dicen los panelistas que llevo a Hora 20, o por los temas que trato, que usualmente se aparecen de bulto. La gente tiene la tendencia a pensar en manipulaciones y con cierta paranoia ve una mano negra en el enfoque de aquí o en el argumento de allá
Digo “la gente” y me refiero en realidad a un grupúsculo de opinadores apasionados, algunos de los cuales traducen sus rabias o sus miedos a través de la ofensa personal. Lo que ha hecho Internet y en consecuencia la aparición de foros o blogs en medios de comunicación masivos, es suministrar un tubo de escape a esa rabia o a esa necesidad de agresión
Y me parece bien que así sea. A mi no me gusta que un tal Hernando Romero, que tiene detrás suyo a un grupo de furibundos uribistas, aproveche cualquier pretexto para difamar de mi o de colegas periodistas para quienes su dirección electrónica ya es casi familiar. Este señor regaña e infama con facilidad asombrosa. Ha escrito sobre vínculos míos con grupos de delincuentes, me adjudica cosas que nunca he dicho, y lo mismo hace con gente que conozco como vertical y decente. Pero el señor Romero zahiere y agravia sin miramientos
Yo he decidido hacer con sus mensajes lo mismo que hago con otros muchos calumniadores profesionales: ignorarlo. Apenas veo la primera afrenta, suspendo la lectura y paso al siguiente. Me sucede con muchos oyentes o lectores que me dicen unos días “guerrillero, agresor del mejor Presidente que ha tenido Colombia”, y otros “paramilitar, encubridor y cómplice del narco-estado”. A todos ellos los salto y los blanqueo, entre otras cosas porque tienen, sin importar su filiación o su orilla, un profundo desprecio por el lenguaje
Escriben con altura casi cavernaria, pasando por encima de la sintaxis, irrespetando con holgura la gramática o la ortografía. La forma es el fondo, dice una vieja teoría que estudia la ética y la sociología, y estos anarquistas nocturnos, refugiados en su anonimato, traducen su espíritu en palabras revueltas
Todo eso, digo, es cierto. Que la red se ha vuelto una alcantarilla llena de olores nauseabundos producidos por almas en pena. Pero también creo que es un rumbo inevitable, una especie de molino gigante contra el cual ya no se puede luchar. Y como las grandes transformaciones de la humanidad, esta genera unas obligaciones dudosas y unos derechos ciertos. En este caso es el derecho a vociferar, a denigrar
Todos estos tigres del ciberespacio deben ser en realidad unos gaticos inofensivos que se deleitan con sus pilatunas. No creo que ellos, ni el señor Romero ni el muchacho Castro, tengan tras de si un arma o siquiera la intención de hacer daño a ninguno de los destinatarios de sus mensajes. Hay que dejarlos que se asfixien entre sus propias palabras, y dar gracias porque su libertad es también la de todos nosotros




