El polo a tierra
Si yo fuera miembro o directivo del Polo Democrático estaría promoviendo un examen de conciencia, un análisis interno o, por lo menos, un diagnóstico para encontrar qué tiene que ver su creciente mala imagen, la imagen de que se ha vuelto un partido clientelista y con las mismas mañas que los tradicionales, con la creciente buena imagen del Presidente Uribe.
Si yo fuera miembro o directivo del Polo Democrático estaría promoviendo un examen de conciencia, un análisis interno o, por lo menos, un diagnóstico para encontrar qué tiene que ver su creciente mala imagen, la imagen de que se ha vuelto un partido clientelista y con las mismas mañas que los tradicionales, con la creciente buena imagen del Presidente Uribe. Sospecho que no son dos fenómenos individuales y que el éxito del segundo se ha construido, en buena medida, sobre la incapacidad de hacer política seria y decente del primero
El Polo, que en las últimas elecciones presidenciales quedó graduado como la principal fuerza de oposición en Colombia, se desbarató en el camino. Se dividió, se corrompió y la ósmosis de otros partidos le pegó manchas que no se quitan con la publicidad que intentan sus candidatos ahora, en víspera de una consulta interna
Y no creo, si somos sinceros, que los problemas del Polo se puedan achacar solamente a la injusta campaña de desprestigio que, es cierto, ha adelantado el Gobierno. Ni al complot nacional del que hablan con tanta propiedad sus dirigentes, que es más bien, diría yo, un complejo de la vieja izquierda que aún ve enemigos en los medios de comunicación, en la academia y en el empresariado
Para empezar, el Polo debería aceptar sus terribles incoherencias. Armaron un partido con todos los que no cabían en el liberalismo y en el conservatismo, y por esa ventana se colaron personajes tan disímiles como Jaime Duzán y Carlos Vicente de Roux. O el agua y el aceite, como Lucho Garzón y Jorge Enrique Robledo. O simplemente incompatibles como Samuel Moreno y Gustavo Petro, para no hablar de María Emma Mejía y Gloria Inés Ramírez. No podían convivir, como estaba cantado, el viejo Moir con la Anapo, o el aún balbuceante Partido Comunista con el M-19, adobado todo con aristócratas de ese sindicalismo producido en las bonanzas de Ecopetrol y el magisterio. Arrancó mal el Polo, pero logró venderse como una fuerza de unión capaz de superar las diferencias entre sus dirigentes. Eso salió bien hasta que en los escenarios de la política las contradicciones se hicieron evidentes: un día Gustavo Petro ayudaba a elegir al muy conservador Procurador Ordoñez, y al siguiente se destapaban terribles casos de tráfico de influencias que iban de la presidencia del Polo hacia el Gobierno de Bogotá. Todo, incluyendo los desatinos por cuenta de su amistad con Hugo Chávez, terminó por convertir al Polo en un triste espejo del liberalismo más venal, ese de los Name y los Guerra Serna de los años 80. No hay nada peor que un partido pragmático, y el Polo se contagió de los vicios que había prometido combatir. El único que no lo tocó, y hay que reconocerlo, es el paramilitarismo, pero no se puede decir lo mismo de sus relaciones con las Farc, tema en el que han dado papaya a un Gobierno que busca satanizar a sus enemigos, y a una sociedad que no quiere ser permisiva con nada que huela a guerrilla
En lo estrictamente político, el Polo perdió la oportunidad gigante de mostrar un gran timonazo en Bogotá. Garzón gobernó 4 años y sólo le dejo problemas a su sucesor. El resultado de la experiencia en la capital es que el Polo no estaba preparado para gobernar, pero el resultado nacional es que tampoco lo estaba para hacer oposición. Al paso que van, ya no se necesitará examen físico para entender sus desvaríos, sino biopsia para detener su crisis
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