Galán según Garavito
<p align="justify">Una querida oyente, María Elena Triana, me envía este texto con la siguiente nota: “Por la vigencia que tienen estas palabras, las tomo prestadas para compartir el recuerdo de Luis Carlos Galán, tan presente entre nosotros durante estos 20 años. El escritor y periodista Fernando Garavito publicó el artículo con motivo del primer aniversario de asesinato de Galán, y es el final de su libro “País que duele” (Ediciones Temas de Hoy S.A. – 1996)”.</p>
Una querida oyente, María Elena Triana, me envía este texto con la siguiente nota: “Por la vigencia que tienen estas palabras, las tomo prestadas para compartir el recuerdo de Luis Carlos Galán, tan presente entre nosotros durante estos 20 años. El escritor y periodista Fernando Garavito publicó el artículo con motivo del primer aniversario de asesinato de Galán, y es el final de su libro “País que duele” (Ediciones Temas de Hoy S.A. – 1996)”. Palabras que tomamos aquí, hoy, prestadas. A Fernando Garavito, donde quiera que se encuentre, un abrazo inmenso y agradecido por sus lecciones de periodismo. ******** ESTRELLA FUGAZ EN UNA NOCHE DE VERANO Luis Carlos Galán Un año después de la muerte del país —porque fue el país entero el que murió asesinado— pocos han entendido en Colombia que el proyecto de Luis Carlos Galán dejó hace mucho de ser político para convertirse en un proyecto histórico. Las raíces de su pensamiento se remontan a la más juiciosa genealogía que se haya dado entre nosotros en mucho tiempo. Galán era un investigador nato y disciplinado que atesoraba miles de datos con un rigor minucioso dentro de un contexto personal e irrepetible. Recuerdo alguna conversación que tuvimos, tal vez en 1968 o 69, cuando me sorprendió con una petición inusitada: -¿Usted tiene El Corán? —me dijo, y no propiamente a propósito de las muchachas inocentes que él y yo enamorábamos en ese entonces. Era la época en que los vendedores ambulantes pululaban en las redacciones de los periódicos, porque los cronistas leían de vez en cuando alguna cosa, de manera que el último de todos, el de Planeta, había logrado colocar sobre mi flaco presupuesto, las obras completas de Thomas Mann, las de Quevedo —que él leyó después con entusiasmo— y el libro sagrado de los musulmanes, con sus aburridas escenas de ángeles y demonios que permiten creer que lo de Rushdie es efectivamente una novela. Se lo llevé al día siguiente con la sensación íntima de haber salido de un hueso que no me había atrevido a rechazar cuando el vendedor, tanteando a ciegas las expectativas y necesidades de mi adolescencia, se explayó sobre las hetairas y las maravillas del paraíso. Galán me contó entonces que se había metido la cabeza en el proyecto de investigar todo lo relacionado con las religiones del Oriente y me expuso en detalle las diferencias que había encontrado entre la espiritualidad de de los swamis y la sensualidad de los musulmanes. El se quedaba, obviamente, con Buda y con sus discípulos, y veía el apego de Arabia & Cía. por los perfumes, las comidas y el erotismo como algo secundario y sin importancia. Galán era en ese entonces, y lo fue siempre, un ser marcado por la divinidad. Respecto de ella tuvo manifestaciones evidentes, la pulcritud de su lenguaje, la inocencia de sus actitudes siempre llanas y transparentes, su falta de ambiciones personales (él, que encarnaba la ambición de Colombia), su gesto desprevenido, pero por encima de todo la luz de su mirada que atravesaba muros infranqueables, temperamentos ariscos, actitudes distantes, intenciones poco claras. Claro está que una dispersión como esta no tiene razón de ser , en el marco estrecho de mil o mil quinientas palabras. Que sirva entonces como apunte de lo que habrá de ser en un futuro la biografía de Luis Carlos Galán, el colombiano por antonomasia, el hombre que supo reunir en su endeble estructura física la grandeza de una nación acorralada, de una nación atemorizada como la nuestra. GALÁN, TEILHARD Y EL UNIVERSO Pues bien. Estudiaba el Islam y estudiaba sus ramificaciones, y estudiaba los orígenes lejanos del cristianismo, remontándose por San Juan hasta el Génesis en el que lo emocionaba la forma que tomaba el conocimiento, que él desenvolvía a partir de la luz como una crisálida. Mario Galán, su padre, lo había llevado de la mano hasta colocarlo frente a este universo, ante el cual las urgencias de cada día pasaban a un ínfimo plano sin relación alguna con una realidad oprobiosa de subsistencia, dinero, supervivencia. Ese era el quiebre fundamental entre Galán y el país. Galán, un hombre de estructuras universales, encontraba la relación exacta entre el comportamiento celeste de la Osa Mayor y cualquier situación próxima, hecha de tierra y pequeñeces. Colombia, un país chato y miope, para comenzar se dio el lujo de asesinarlo y ahora lo compara en los discursos presidenciales y otros documentos con varios protagonistas de nuestra tragedia, cuando quienes lo conocieron bien saben que él es incomparable, que su proyecto vital no tiene parangón en nuestra historia. En ese entonces estudió también a Teilhard de Chardin en toda la complejidad de su pensamiento. En sus diálogos —casi monólogos— sobre los sucesos nacionales, en sus editoriales y columnas de opinión en El Tiempo, en su vida misma, marcada por un objetivo que conoció desde siempre, Luis Carlos Galán mostró poco a poco hasta qué punto calaron en él esas ideas, y cómo un ser deísta en toda la extensión de la palabra puede aproximarse sin conflicto al rigor de la matemática y de la ciencia, sin preocuparse por las contradicciones que pueda haber entre la creación y la Creación, entre la ascensión y la Ascensión, entre la redención y la razón de ser del universo. En marzo o abril de 1970, cuando yo creía ingenuamente que este país podía salvarse (el asesinato de Galán mató en mí, como en muchos, la última esperanza), organicé en Caracol una serie de conferencias y de conciertos en torno a la Semana Santa. Galán, que todavía no era ministro, leyó un ensayo sobre Teilhard de tal manera denso y maravilloso que sus oyentes, los diez o veinte seres que tratábamos de escapar de los valses de Strauss y de «El mártir del Gólgota», conservamos todavía el eco sordo de su palabra. Allá estaba la nuez de un pensamiento que él desarrolló después como delegado de Colombia ante la Unesco, como embajador ante la primera conferencia de la Unctad en Nueva Delhi, como ministro, corno escritor político. La conferencia fue grabada pero tiempo después desapareció para siempre, seguramente bajo alguna espesa teoría política que debe conservarse cuidadosamente rotulada e ignorada. VEINTE AÑOS PARA LA HISTORIA Todo eso estuvo en la base de su formación ideológica, sustentada también sobre las ideas liberales que él llevó a su raíz última de defensa de la Nación y que desenvolvió hasta convertirlas en la razón de ser y de explicar la democracia. Porque a lo largo de su vida Galán cambió poco a poco su lenguaje político, sin hacerlo, como ocurre siempre entre nosotros, de labios para afuera por fuerza de las circunstancias, sino como muestra de una reflexión profunda que en veinte años le hizo dar el paso de los contenidos ideológicos de Uribe Uribe a los necesarios en un momento como éste, cuando el sistema político sufre una distorsión entre el desarrollo del conocimiento y la información, y la opresión determinada por las herramientas arcaicas de que dispone. De esa manera, Galán habló de la democracia con una pasión casi obsesiva, porque llegó a conocerla bien y supo la inmensa distancia que había entre su idea y su práctica. En muchas de sus largas sesiones pedagógicas, Galán separó el concepto de su estructura formal y lo ramificó por la totalidad de la estructura que vivimos individual y colectivamente, lo relacionó con la economía, con la justicia, con el trabajo, con la educación, con el comportamiento ciudadano. Tuvo que vivir al margen de la democracia, que lo trituró con sus ciegas aspas enormes. Pero puso su ideal en conseguirla para sí mismo, para sus hijos y sus compatriotas. Esa fue la propuesta de Galán, que seguramente hubiera logrado por cuanto era hombre de una tenacidad insuperable, de una disciplina absoluta para lograr sus objetivos y propósitos. Pero Galán murió y ahora, ante el abismo de centro derecha que se abre a los pies del país, es frecuente oír que su sacrificio fue inútil. La terrible conmoción que sintió Colombia ante el asesinato del más puro, del más incontaminado de sus líderes, no puede medirse en resultados electorales. Sin embargo se oye que Galán ganó las elecciones parlamentarias del 11 de marzo, que Galán ganó las elecciones presidenciales del 27 de mayo, que el Gobierno piensa desarrollar las líneas esenciales de su pensamiento. ¿Qué importa todo eso? El país fue inferior a su dirigente, el Nuevo Liberalismo fue infinitamente inferior al prospecto que él dibujó como esencial para un movimiento político, el liberalismo no supo distinguir —ni le importó distinguir— entre los congresistas de la Costa y el más vigoroso, el rnás macizo político que hayamos tenido a mano en mucho tiempo. Después de la Convención de Cartagena en agosto de 1988, los periodistas lo acosaron con sus eternos interrogantes mediocres y trataron de demostrar su sagacidad con preguntas en torno al hijo pródigo, sin darse cuenta de que no fue él quien se unió al liberalismo, sino al contrario, que fue el liberalismo el que pretendió unirse a Luis Carlos Galán, convencido de que sólo así podría sobreaguar agarrado de la tabla de salvación de honestidad, eficacia y pulcritud que él le ofrecía. Pero Colombia está acostumbrada a ver las cosas al revés. Habría que anotar aquí que tal vez el Nuevo Liberalismo, Rosas, Blackburn, Amador, Parejo, encontraron su tronco común con el grueso del partido. Galán no. Galán fue para el liberalismo —y para Colombia— lo que una estrella fugaz es para el universo en una noche de verano: la aproximación a la maravilla. ¡Qué intensa es una estrella fugaz en una noche de verano! Pero qué paradójica. Estuvo aquí y pudo ser nuestra para siempre, pero se nos fue de la mirada y de las manos porque tenía un compromiso con el cosmos. SOBRE UN CABALLO A GALOPE TENDIDO La verdad. Todavía habría que decir lo que fue la verdad para Luis Carlos Galán, un hombre que era incapaz de engaño, que en toda su estatura estaba hecho de honestidad a cualquier precio. Pero este texto, esta página, este nudo agolpado en el pecho no dan de sí nada más. De manera que habrá que esperar otro año y otro año y otro año más, lo que resista la vida, para hablar de ese asunto, de otras cosas. Ahora, sobre la hora del crepúsculo de un viernes como ese, con la mano en el corazón, con la tristeza, sería necesario explicar que Galán no veía la Presidencia de la República-como un fin sino como un medio. Si se mira en sí misma, esta es una frase tópica. Pero si se ubica dentro del contexto vital de Luis Carlos Galán, se entiende como un hecho cierto. Para hacer política, Galán no había descuidado un solo detalle. Recuerdo cuando comenzó a tomar clases de equitación. Me dijo que se trataba de su vieja lesión de la columna. Claro que no. Esa era la explicación que le debía a alguien siempre ajeno a los clubes y cuadrúpedos. Pero lo cierto era que necesitaba montar bien, que debía entrar airoso a los pueblos del Llano, de Casanare, de la «tierra caliente» de Cundinamarca y el Tolima, sobre un brioso caballo a galope tendido. El no iba a ser menos que los vaqueros y peones. Necesitaba ser mejor y fue el mejor en todo lo que tocó con su inteligencia iluminada. Fue el mejor ministro, el mejor embajador, el mejor jefe político, el mejor senador, el mejor concejal. En el 82 fue el mejor candidato a la Presidencia de la República. El país no lo eligió con una de esas disculpas de cajón que no convencen a nadie: era muy joven. En el 89 no era el mejor candidato: era el mejor colombiano. Si hubiera llegado a la Presidencia de la República hubiera sido el mejor Presidente. No lo fue. Según parece, Colombia nunca puede esperar lo mejor de sí misma. Con su mirada de águila de las alturas, Galán fue siempre un solitario: los seres únicos jamás encuentran compañía. Pero logró lo que pocos han logrado hacer en este país lacerado por los odios y por las medianías. Nos mostró cómo somos. Somos este país, con estos proyectos, estos nervios, con esta tristeza y estatura. Somos ambiguos, somos emotivos. Llegamos por accesión, aprendemos por osmosis. Ahora, un año después de su asesinato, hay que decir que su sacrificio no fue inútil. Colombia mira al 18 de agosto de 1989 y mira hacia adelante. Y en ese instante, en ese mismo instante, sabe con precisión cuál es la exacta dimensión de su tragedia. (La Prensa, agosto 12 de 1990)



