Rita vive como los pajaritos: sin hogar. Sus hijos la abandonaron hace 26 años
Doña Rita Maldonado reconoce que "duerme como los pajaritos, donde la coja la noche", y gracias a la caridad de muchos bogotanos, pues de sus hijos no tiene noticias
A sus 67 años, doña Rita Maldonado reconoce que "duerme como los pajaritos, donde la coja la noche", y gracias a la caridad de muchos bogotanos, pues de sus seis hijos no tiene noticias hace 26 años. A su edad, víctima de las enfermedades, sin trabajo y esperando desde hace un año que le otorguen el subsidio de vejez, Rita lleva en el alma el dolor por el abandono de sus hijos, a quienes prefiere no nombrar. Recuerda que hace 26 años su marido la dejó y se llevó a los hijos. Años después uno de los hijos, que era militar, se comunicó para decirle que la visitaría. "Pero el ajiaco que le preparé se quedó listo y él nunca vino", dijo la anaciana de ojos azules ya apagados por una enfermedad. Desde que el marido y sus hijos la abandonaron, ha trabajado "en lo que le toque", especialmente en oficios varios en casas de familia. Y cree que tal vez por su condición humilde, sus hijos no volvieron, no la buscaron. "Si yo tuviera plata, chequeras, carros, fincas, tal vez me buscarían", dice en medio de la tristeza que le hace manar unas lágrimas que le apagan aún mas sus ojos. Y es cuendo le pide a Dios que le ayude a recuperar la luz de sus ojos, pues ha perdido la visión y eso le impide trabajar. "Si el niño Dios me da esa luz, volveré a ser la misma de siempre, pues nunca le he temido al trabajo y me encanta trabajar", sostiene con un gran énfasis en sus palabras. Y al reportero de Caracol Radio le cuenta que si puede volver a ser la misma trabajadora y estar bien, acudirá al periodista para que le ayude a buscar a sus hijos y les diga que si quieren visitarla. "Para mí, mis hijos son ingual que nada, pero si me quieren visitar los recibiré sin rencores, no los voya a rechazar", sostiene. Rita Maldonado lleva un año tramitando su auxilio de vejez. Pero dice que eso no es más que una burla, haciéndola ir un día y otro y otro. "Está manejada por personas que tal vez nunca van a ser viejas y nunca van a tener un percance", dice la abuelita que sigue recordando a sus hijos pero que prefiere no nombrarlos. Porque la ingratitud no tiene nombre.




