Orden Público

Los amores que el secuestro mata

<p align="justify">Lucy Artunduaga, ex esposa de Jorge Eduardo Gechem, publica esta semana <em>Los amores que el secuestro mata</em>, un libro en el que revela su muy personal punto de vista sobre la tragedia del secuestro de su marido y el dolor de ver su matrimonio de 24 a&ntilde;os destruido. Adelantamos unos apartes del libro.</p>

Lucy Artunduaga, ex esposa de Jorge Eduardo Gechem, publica esta semana Los amores que el secuestro mata, un libro en el que revela su muy personal punto de vista sobre la tragedia del secuestro de su marido y el dolor de ver su matrimonio de 24 años destruido. Adelantamos unos apartes del libro: “Jorge Eduardo me dijo una día, en que lo vi muy nervioso, que había oído que las Farc tenían que acelerar el proceso de coger nuevos parlamentarios y que sabía que él era un objetivo para ellos y que como ya le habían matado a unos familiares en el Caquetá…¿cuál no sería mi sorpresa, después de estas confidencias, al enterarme de había aceptado ser el presidente de la Comisión de Paz del Senado?, a pesar de mis ruegos y súplicas Jorge Eduardo se comprometió con este cargo. Ahí ratificó su condición de objetivo de las Farc. En cierta ocasión me afirmó que no me preocupara porque íbamos a contar con seguridad en el edificio, en Neiva, en donde vivíamos, porque el general de la Novena Brigada le había ofrecido que nos fuéramos a vivir allí pero él no aceptó. Jorge Eduardo estaba muy inquieto, pero confiado, de que en el edificio ya no era posible que pasara algo, sin embargo, cuando yo no lo podía acompañar a sus reuniones, me quedaba en el apartamento y me acostaba; cuando él llegaba me hacía voltear la cabeza hacia abajo, en donde había una matera, porque decía que esta podía amortiguar un “pepazo”. Además, se desplazaba a los municipios en helicóptero. Después se conoció el asalto de Miraflores, Neiva, trágico evento en el que después de llegar hasta los pisos 13 y 14 se llevaron a 15 personas. Esa noche Jorge Eduardo y yo estábamos en el edificio contiguo en una comida y debimos encerrarnos porque las balas silbaban muy cerca. Cuando pasó el estruendo, nos enteramos del secuestro masivo, en el cual cayó, entre otros, la familia de Jaime Lozada. A mí me producía mucha angustia, sobre todo después de Miraflores, porque cualquier persona que se acercaba a Jorge Eduardo le decía que se lo iban a llevar y, en efecto, así fue. Una de las trampas, de las cuales se salvó, fue con el motivo del entierro de un amigo suyo en Gigante, un alcalde. Este era un muchacho muy inquieto con la radio y acompañaba mucho a Jorge Eduardo a las emisoras. Lo mataron. Lo esperado era que Jorge Eduardo asistiera a las honras fúnebres pero un señor pasó por mi oficina y me advirtió que por nada del mundo fuera a dejarlo asistir, que él sabía porque me lo decía. No dijo nada más. Yo le insistí hasta el cansancio a Jorge Eduardo pero el quería ir a acompañar a la familia de su amigo. Gracias al cielo pude convencerlo de no ir porque allá lo esperaban con carros y carretera listos. En este momento estoy convencida que la única forma de haber evitado el plagio de mi esposo era viajar a Bogotá a esperar que el ambiente se calmara un poco, pero como los políticos son obsesivos con los votos, no había poder humano que lo lograra sacar del Huila”.

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