Inmoralidad olímpica
En el vértigo que nos marea, en este frenesí de acontecimientos que se suceden uno tras otro, el tema de los chalecos de la Cruz Roja está ahora lejos muy lejos.
En el vértigo que nos marea, en este frenesí de acontecimientos que se suceden uno tras otro, el tema de los chalecos de la Cruz Roja está ahora lejos muy lejos.Han pasado desde entonces las colosales marchas blancas; los majestuosos mil y pico de conciertos y ha pasado también la goleada al Nacional, la congelación de la nómina del gobierno, el accidente en el Putumayo, la masacre en Córdoba, la complicidad de Nicaragua con las Farc.También pasó –y por fortuna no desapercibido—el soterrado silencio de Juan Manuel Santos sobre el uso de prendas privativas del la Cruz Roja, y pasó tronando el vozarrón de Fabio Echeverri contento de que se hubieran usado emblemas prohibidos.Y hablaron y escribieron columnistas y se manifestaron oyentes sobre el tema que les pareció de poca monta.Oí aterrado que algunos justificaron olímpicamente el uso de esos signos por el hecho de que también la guerrilla los hubiera empleado en otras ocasiones para engañar.Aterrado, digo, porque entre las tácticas que emplea la guerrilla y demás delincuentes, y las estrategias del Estado debe haber una diferencia tajante. Ellos secuestran, el estado no debe. Ellos asesinan, el estado no debe. Ellos emplean motosierras, el estado no debe.Porque si debiera y lo hiciera no habría ninguna diferencia entre ellos y nosotros.




