Dos años y medio después del tsunami, supervivientes sufren secuelas mentales
Las costas de la provincia de Aceh, en el norte de la isla indonesia de Sumatra, se han recuperado en gran medida de las heridas del tsunami que arrasó la zona en 2004, pero las secuelas mentales causadas por la tragedia permanecen.
Las costas de la provincia de Aceh, en el norte de la isla indonesia de Sumatra, se han recuperado en gran medida de las heridas del tsunami que arrasó la zona en 2004, pero las secuelas mentales causadas por la tragedia permanecen. "Nadie puede olvidar el tsunami", explica Rahmaniah, coordinadora de la organización no gubernamental Kanaivasu, que lleva a cabo un programa de atención psicológica entre los supervivientes del desastre financiado por la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI). Aquel fatídico domingo, olas gigantes golpearon una y otra vez las costas, llevándose por delante todo lo que encontraban a su paso y sembrando de muerte esta región. Fallecieron una 170.000 personas y los golpes de mar dejaron a su paso imágenes dantescas de destrucción que han quedado grabadas en la retina de muchos. Dos años y medio después, salir adelante, arrastrando las enormes pérdidas humanas, se ha convertido en una dura tarea para una parte de los habitantes. Según un estudio difundido recientemente por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), el 35 por ciento de la población estudiada sufre depresión, el 10 por ciento estrés postraumático y el 39 por ciento ansiedad. Pesadillas, insomnio, angustia, dificultad para concentrarse, son algunos de los síntomas que acompañan aún a muchos de los supervivientes. Mónica Martínez, una psicóloga riojana coordinadora del proyecto, señala que, "en una situación de reconstrucción, hay que tener en cuenta los factores físicos (vivienda, agua, ropa, alimentos), pero también es importante atender desde el principio la salud mental, para evitar que las enfermedades se agraven en el futuro y también porque la salud mental afecta a todo lo demás". La directora de Kanaivasu, la enfermera psiquiátrica Sisa de Jesús, explica que "en el pueblo de uno de nuestros empleados sólo sobrevivieron once de más de mil personas. Es un trauma muy duro y, aunque ahora no se noten, las consecuencias podrían salir a la luz más adelante". A la pérdida de los seres queridos se ha unido la situación de desamparo, el hecho de vivir durante dos años y medio hacinados en barracas que no disponen de agua potable. "La falta de hogar y de un trabajo junto con la sensación que tiene muchos de que no hay perspectivas de futuro hace aún más difícil superar los traumas", añade De Jesús. Entre la población que atiende Kanaivasu hay una niña de cinco años que dejó de hablar el día del tsunami y no ha vuelto a hacerlo desde entonces, y también otros menores que se niegan a ir al colegio o que se asustan muchísimo cada vez que sopla viento fuerte. Los niños manifiestan los síntomas a través de su comportamiento. Los profesores de la zona han notado un incremento en la falta de atención, escasa disciplina y mayor agresividad. Además de dar formación, asesoramiento y acceso a terapias y medicación, Kanaivasu se esfuerza en erradicar el estigma social que acompaña al trauma y la depresión, para lo que imparte formación y hace camisetas en las que se lee: "Estar deprimido no es estar loco". Uno de los pacientes de Kanaivasu es Mjuaini, un hombre de 45 años que trabajaba antes del tsunami en una tienda de camisetas en la ciudad. Ese fatídico 26 de diciembre de 2004, salió a tomar un café cuando vio como la gente corría despavorida gritando; logró salvarse de la primera ola gigante, pero le atrapó la segunda. Cuando se despertó estaba rodeado de cadáveres desnudos y desmembrados; estaba solo y malherido en medio del infierno. "Desde entonces estoy desorientado, las pesadillas y las alucinaciones no me dejan dormir, no puedo concentrarme. Me aterran las imágenes que no consigo olvidar y muchos días sólo quiero sentarme en un sitio tranquilo y llorar", afirma. Rosita perdió a sus ocho hermanos y a su padrastro, pero trata de ser positiva y es capaz de entonar con una sonrisa una triste canción sobre el tsunami que dice "los niños ya no tienen padres". Todavía quedan casas que construir, aún hay zonas que limpiar, infraestructuras que reponer, pero todo eso es cuestión de tiempo, lo más difícil es aprender a vivir sabiendo que el infierno existe y que aparece sin avisar.




