Peregrinaje en La Meca: el reto de alojar en una semana a 2 millones y medio de personas
Los dos millones y medio de peregrinos que estos días abarrotan La Meca y sus inmediaciones suponen un formidable reto para las autoridades saudíes, que cada año reciben un número similar de personas durante sólo una semana.
Los dos millones y medio de peregrinos que estos días abarrotan La Meca y sus inmediaciones suponen un formidable reto para las autoridades saudíes, que cada año reciben un número similar de personas durante sólo una semana. Las precauciones para evitar los accidentes son cada año más intensas -protección civil, helicópteros-ambulancias, equipos de rescate y desescombro-, pero las basuras siguen abarrotando las calles de Arafat, Mena o Muzdalifa, las tres etapas por las que deben pasar todos los peregrinos antes de confluir en el santuario de La Meca. "Llevo cubriendo la peregrinación quince años y las mejoras son muy notables desde entonces -comenta Ayub Koscun, periodista turco-. Pero de nada sirve tener cien equipos listos de bomberos y ambulancias si luego no pueden pasar por las calles". El periodista alude a uno de los problemas más graves de la peregrinación, como es la ocupación ilegal de las calles por peregrinos irregulares, que acampan sencillamente en las anchas avenidas destinadas al tráfico rodado y ocupan la mitad del ancho de la carretera, convirtiendo el tráfico en una pesadilla. Según calculan las autoridades saudíes, hay cerca de medio millón de peregrinos llegados de forma ilegal o instalados sin permiso, casi todos ellos residentes irregulares en Arabia Saudí, somalíes, yemeníes, pakistaníes y de múltiples nacionalidades más. Pese a su estancia ilegal, el Estado distribuye entre ellos hasta 300.000 raciones diarias de comida, según explicó hoy el general Abdelaziz Ibn Said, director del "Centro de Mando" que coordina todas las actividades que tienen que ver con los peregrinos, desde la seguridad a la defensa civil, pasando por la electricidad o el agua. Ahmed Jan es uno de estos peregrinos irregulares. Paquistaní, pero residente en Arabia Saudí, se ha instalado junto con su esposa en uno de los puentes que canalizan el tráfico, junto a unos cuantos compatriotas, y se gana unas perras vendiendo chocolatinas y botellines de agua. Nadie le ha molestado por instalarse allí. Hay 1.160 cámaras de televisión vigilando otros tantos puntos donde viven o rezan los peregrinos, y todas envían sus imágenes al "Centro de Mando", pero basta ver a las ambulancias clavadas permanentemente en los atascos para temer por su capacidad de respuesta rápida. El otro gran problema es la basura. Los contenedores son abundantes pero obviamente insuficientes: la basura se va a acumulando un día tras otro, y los peregrinos callejeros duermen con sus esteras junto a un paisaje de botellas aplastadas, mondaduras de naranja o huesos de carne. Si hace 50 años La Meca recibía solo 21.500 peregrinos del extranjero, este año han sido 1.551.317 los llegados al reino saudí, y no han sido más gracias al sistema de cuotas impuestas a los distintos países musulmanes, y que consisten en mil peregrinos por cada millón de habitantes. Todos estos peregrinos deben cumplir, prácticamente en tres únicos días, distintos rituales en cada uno de los días, por lo que su acumulación en puntos concretos del recorrido entre La Meca y Arafat -apenas 15 kilómetros- es inevitable. El Gobierno saudí ha tomado ciertas precauciones para facilitar el tránsito de los peregrinos, como convertir las tres columnas donde se apedrea al Diablo en tres muros enormes a los que se puede apedrear desde dos niveles distintos, gracias a un nuevo puente. Decenas de policías obligan a los peregrinos a circular de uno de los muros hacia el siguiente, para evitar las aglomeraciones, y al menos este año están logrando evitar los accidentes. Pero son numerosos los peregrinos de todo el mundo tremendamente indisciplinados -muchos son ancianos y analfabetos, y viajan en grupos inseparables-, inmunes a los reglamentos y a las precauciones. Lo único que quieren es no separarse en el maremágnum del peregrinaje, suceda lo que suceda.




