América abraza el triunfo de Mickelson
Desde el prólogo al epílogo, el guión del Masters de Augusta 2004 se ajustó a los deseos de la sociedad norteamericana, que vio en el zurdo Phil Mickelson al hombre ideal para abrocharse la prestigiosa Chaqueta Verde.
Augusta (Georgia, EE.UU.).--- Desde el prólogo al epílogo, el guión del Masters de Augusta 2004 se ajustó a los deseos de la sociedad norteamericana, que vio en el zurdo Phil Mickelson al hombre ideal para abrocharse la prestigiosa Chaqueta Verde.El segundo zurdo consecutivo que gana el Masters, tras el canadiense Mike Weir, encarna todos los valores que gustan a un público entregado a ciertas tradiciones: felizmente casado, tres hijos por los que es capaz de abrir paréntesis en su vida profesional, blanco, educado, afable, universitario y golfista que tentó durante más de 10 años la posibilidad de ganar un "Grande".Si la víspera a la ronda final en Augusta, el liderato de Mickelson, de 33 años, derrochó ríos de tinta en los medios escritos estadounidenses, su victoria y su rostro exultante vestido con la preciada prenda verde, la primera de su carrera en un torneo de Grand Slam, ha sembrado las portadas de los periódicos más importantes de los Estados Unidos.El Masters necesitaba el triunfo de un norteamericano, que no fuera Tiger Woods. Los socios del club han acogido con enorme agrado el triunfo del zurdo de San Diego, un hombre que acabó cuatro veces en la tercera plaza, las tres últimas de manera consecutiva.Tiger Woods, en 2001 y 2002, y otro zurdo, el canadiense Mike Weir a continuación, le habían desplazado para convertirle en el eterno aspirante a la Chaqueta Verde.Consumada la victoria de Mickelson, el panorama que ha dejado el Masters se antoja interesante por las novedades que puede deparar el futuro próximo.En primer lugar, Tiger Woods, el número uno del mundo, demostró con claridad que no es el mismo robot capaz de batir récords y ganar cuantos torneos de Grand Slam se le pongan a tiro.Tiger, con tres Chaquetas Verdes y que en la última ronda vomitó en los primeros hoyos por culpa de una cena en mal estado, acabó en el puesto vigésimo segundo, su peor resultado en Augusta como profesional.Desde que el mejor golfista del planeta admitiera, no hace muchos meses, que en la vida había muchas cosas importantes además del golf, sus resultados no han sido los mismos.Si a eso se le añade que hace año y medio rompió con su "gurú" Butch Harmon, y que este año tiene prevista su boda y, quizá, planes para formar una familia, es muy posible que el Tiger de los últimos años, esa máquina infernal de ganar torneos, abra un paréntesis antes de volver a sus mejores registros.Con Tiger devaluado -no gana un "Grande" desde junio de 2002- el español Sergio García se convirtió en un protagonista menor en la última ronda del Masters.García, de 24 años, hizo 66 golpes, la mejor anotación del torneo, pero jugando sin presión pues no entraba en la puja final para el título.Sin embargo, el castellonense no fue capaz de ganarle al campo en las dos primeras vueltas (72 y 72), y en la tercera decisiva se fue a 75 tiros.García abandonó Augusta molesto. Algo no marcha en su entorno. No quiso explicarse, pero el mejor jugador español del momento -cuarto en el Masters- masculló en su interior discrepancias con el rumbo que está tomando su carrera."Algún día ganaré este torneo. No sé cuando, pero lo ganaré", sentenció un abatido García.Peor panorama se le presenta a José María Olazábal. El vasco está en crisis de juego en el año que expira su exención en el circuito estadounidense, figura muy rezagado en la clasificación mundial y, por el momento, no tiene sitio para disputar los otros tres Grandes de la temporada, el Abierto Británico, el Open estadounidense y el US PGA.Peor aún, Olazábal, con 38 años, debe ganarse un sitio para el equipo europeo de la Copa Ryder, si no quiere estar lejos del hervidero por segunda ocasión consecutiva.




