Japón organiza medio Mundial en medio de crisis y tradiciones
Los 400.000 extranjeros que se calcula visiten Japón durante la Copa Mundial del verano verán un país de altos costes de vida con la peor crisis económica de su historia, pero en el que conviven las rancias tradiciones locales con las extranjeras.
TOKIO.---- Los 400.000 extranjeros que se calcula visiten Japón durante la Copa Mundial del verano verán un país de altos costes de vida con la peor crisis económica de su historia, pero en el que conviven las rancias tradiciones locales con las extranjeras.La mezcla de tecnología punta y costumbres ancestrales que se produce en Japón justifica la impresión, reiterada por muchos visitantes foráneos desde finales del siglo pasado, de estar recibiendo un generoso anticipo de lo que nos depara el futuro.Sobre un laberíntico trazado urbano que parece pensado mucho antes de la llegada del automóvil, el viajero encuentra edificios inteligentes presididos por gigantescos vídeo-murales que evocan un escenario de ciencia ficción por el cual masas de gente circulan en un orden orwelliano.El turista confirma enseguida que los japoneses van siempre de prisa y que el acelerado compás que rige la actividad de un país calificado por sus detractores como totalitarismo capitalista y en donde muchos también madrugan a practicar la meditación zen, lo marca la puntualidad de su red ferroviaria.Aún en lo peor de su crisis económica Japón continúa siendo un paraíso del consumo y aparte de que salir de compras es una diversión que se intensifica el fin de semana, la noche está poblada de miles de supermercados abiertos las veinticuatro horas preparados para solucionar las emergencias de los noctámbulos con alimentos, bebidas, revistas, cajeros automáticos o ropa interior.Japón, país en el que 126 millones de habitantes viven en menos de 378.000 kilómetros cuadrados de terreno, sufre una crisis económica heredada de la especulación desmesurada de finales de la década de los 80 que se ha cebado en la banca y causado quiebras de miles de pequeñas y medianas empresas.Los esfuerzos de las compañías para sobrevivir ha elevado el desempleo en el 5,2 por ciento, nivel inaudito para un país en el que ha primado el pleno empleo hasta hace pocos años, pero que sin embargo mantiene aún una de las rentas per cápita más altas del mundo, sobre los 34.000 dólares. Aislados por centenios del resto del mundo, los habitantes de este archipiélago recién empiezan a iniciarse en el trato con la gente venida de fuera, pese aunque intenten con discreción evitar el contacto de quienes no hablen su idioma.Los extranjeros residentes desde hace tiempo destacan que en una nación que practica sin distinción de clases sociales una urbanidad exquisita y casi palaciega, las palabras de disculpa como perdón (sumimasen), tienen la calidad de una contraseña multiuso.En su gastronomía, Japón enfrenta la sofisticada simpleza del pescado crudo bañadas en salsa de soja, pese a su alto precio, a las populares y baratas sopas de fideos, o las brochetas de pollo asado a la brasa que se sirven en restaurantes de los callejones traseros por el precio aproximado de un carrete fotográfico.Pero es por la noche donde el recién llegado puede ver a los japoneses, por el alcohol de un par de copas, liberados de su habitual gravedad y dispuestos a revelar que saben saludar en español, que adoran el cante flamenco o que admiran el estilo particular de algún futbolista legendario.El aficionado a fotografiar edificios encontrará que la mayor parte de las calles de las grandes ciudades está envuelta en una maraña de cables de electricidad y así su recuerdo fotográfico predilecto al regresar del viaje serán los templos budistas y sintoístas rodeados en general de modestos bosques de pinos.Los hoteles y hostales tradicionales ryokan, un recinto al que se entra sin zapatos, son el mejor sitio para que un extranjero reciba su dosis de inmersión en la cultura local.Sobre el suelo de tatami (esteras acolchadas), donde por la noche se colocan las colchonetas y los futones para dormir, se disfruta un menú rico en frutos del mar bañados con sake caliente en una mesa baja ataviado con el yukata, el quimono de algodón que se lleva después del baño colectivo, aunque separado por sexos, en la bañera de agua a alta temperatura, muchas veces inaguantable para el foráneo.Las compras de rigor incluyen desde las perlas cultivadas, al yukata de algodón que de vuelta en casa hará de exótica bata y toda una inmensa variedad de la última generación de la electrónica que invade los mercados mundiales.La señora ataviada con un quimono de brocados que envía correos electrónicos por su teléfono celular resume la convivencia de tradición-futuro y muestra a la vez lo inaccesible de este país: el traje tradicional por su precio prohibitivo y el móvil que de diseño y funcionamiento avanzados, pero que está hecho para funcionar sólo en Japón.




