Derrumbes dejan sin futuro a decenas de campesinos
A lo largo de una carretera inhabilitada, en la que gigantescas piedras y derrumbes revelan la furia de un deslave tras el terremoto del sábado, decenas de campesinos salvadoreños viven a la interperie sin agua, sin luz, sin trabajo y sin futuro.
COLON, El Salvador - A lo largo de una carretera inhabilitada, en la que gigantescas piedras y derrumbes revelan la furia de un deslave tras el terremoto del sábado, decenas de campesinos salvadoreños viven a la interperie sin agua, sin luz, sin trabajo y sin futuro."Estamos bien fregados" manifestó André Anzora, un recolector de café, quien relataba su tragedia minutos después de una de las múltiples réplicas del terremoto del sábado, que lo alarmó a él y sus vecinos."No tenemos trabajo porque, por los derrumbes, la tierra está abierta (...) a saber cuándo vamos a volver a trabajar", manifestó el humilde campesino.El violento terremoto del sábado, de entre 7,6 y 7,9 grados Richter según entidades sismológicas de la región, dejaba este miércoles un total de 666 muertos, 2.528 heridos, al menos 2.000 desaparecidos y pérdidas económicas que ascienden a 1.000 millones de dólares.Los cultivos se perdieron en la zona de Colón, ubicada 20 km al oeste de San Salvador, afectada por fuertes derrumbes a ambos lados de la carretera y los trabajadores, que viven de la tierra, perdieron sus casas, por lo que ahora, sin vivienda y sin labor, esperan la ayuda de Dios para comenzar de nuevo."¿Saber a dónde vamos a ir? ¿Por dónde vamos a comenzar?", agregó el campesino con tono de resignación ante el nuevo destino que la naturaleza le esculpió de golpe y sin pedirle permiso.Los derrumbes cerraron el paso por la carretera que conduce hacia Guatemala, por lo que trabajadores y maquinarias se empeñaban en la remoción de escombros y permitían el paso de vehículos livianos, por una sola vía, en turnos cada 45 minutos.Mientras tanto, las constantes réplicas del sismo producen nuevos deslizamientos de tierra y piedras que mantienen alarmadas a unas 20 familias que comparten, junto con Anzora, una improvisada tienda construida con palos, plásticos, colchones y telas colocadas sobre el suelo.A Anzora los temblores no le dan miedo porque, "de todas maneras, ¿qué vamos a hacer?", dice mientras asoma una tímida sonrisa en sus labios morenos.Ana Julia Gómez, otra de las damnificadas, explicó que el acceso por la carretera, y la consiguiente comunicación del pueblo con la capital, fue abierto la víspera, que fue el primer día -desde el sábado que ocurrió el terremoto- en que recibieron agua y alimentos."Pasan una vez al día con comida, nos traen frijoles, arroz, espaguetti, agua y tortillas", agregó.La mujer contó cómo deben dormir a la interperie con los niños "que son un puño (montón) de todo porte (de todo tamaño)" de los cuales "unos se pueden cobijar pero otros no", por lo que duermen pocas horas y los hombres "no duermen por estarnos vigiando (vigilando) que no nos caiga encima".Los damnificados de Colón, una de las zonas alejadas de la capital que evidencia los estragos aún desconocidos del terremoto y que los socorristas apenas han empezado a cuantificar en la zona rural, dijo que instalaron su improvisado refugio en una zona plana lejos del cerro, para protegerse de eventuales derrumbes.Ana Julia Gómez, junto al resto de mujeres de esta área, improvisó cocinas con fogatas artesanales y se alumbra con lámparas, mientras un perro guardián cuida de esta nueva "gran familia" unida por la incertidumbre ante un futuro que no parece brillarles todavía.Al igual que las familias de Colón, decenas de damnificados se apostan a ambos lados de la carretera y duermen a la interperie alumbrados por fogatas y bajo la luz de las estrellas.Con la incertidumbre dibujada en su rostro, André Anzora no duda al responder sobre su futuro..."a saber si amanecemos".




