Gane quien gane, Presidencia de EEUU no será un camino de rosas
Gane quien gane la agria disputa electoral en la que están actualmente inmersos republicanos y demócratas, el camino que tendrá que recorrer el próximo presidente de Estados Unidos no va a ser precisamente un sendero de rosas.
WASHINGTON --- Gane quien gane la agria disputa electoral en la que están actualmente inmersos republicanos y demócratas, el camino que tendrá que recorrer el próximo presidente de Estados Unidos no va a ser precisamente un sendero de rosas.Tanto si la victoria es finalmente para el republicano George W. Bush como si la consigue el demócrata Al Gore, el nuevo presidente llegará a la Casa Blanca con un "mandato" muy debilitado.El "mandato" -"mandate" en inglés- es un concepto complicado y sutil de la política estadounidense que en resumen viene a significar el "apoyo popular" con el que un presidente llega a la Casa Blanca.Es decir, tiene que ver con el respaldo que el pueblo da a su líder, no con los votos electorales con los que éste haya llegado a la Casa Blanca.Los manuales de política estadounidense indican que los presidentes que ganan la elección con una gran mayoría popular tienen un gran "mandato", es decir, tienen las manos libres para gobernar como mejor les parezca.Por el contrario, aquellos que ganan la presidencia con un estrecho margen sobre su contrincante -como será en esta ocasión- no tienen el "mandato" o respaldo popular para implementar sus programas como quisieran.Sin duda y de forma casi automática, quien se ocupa de recordar al inquilino de la Casa Blanca que no es omnipotente es el Congreso, que juega un interesante papel en la puesta en práctica de esta tradición política.De esta forma, el "mandato" suele tener a menudo un significativo efecto en las propuestas legislativas.Esto quedó bien patente durante los ocho años de presidencia de Ronald Reagan (1981-1989) que ganó tanto la elección como la reelección con un gran apoyo popular y que, en consecuencia y a pesar de tener un Congreso de mayoría demócrata, contó básicamente con su respaldo en los grandes proyectos que quiso poner en marcha.Los analistas pronostican que ese no va a ser el caso ahora ya que, aunque aún pueden cambiar algo los números, Gore y Bush no han conseguido distanciarse uno del otro más de un uno por ciento.Los últimos recuentos todavía provisionales indican que Al Gore había obtenido 49.108.420 votos y Bush 48.889.821, es decir, el 49 y el 48 por ciento de los votos, respectivamente.En el Congreso, las cifras preliminares indican que los republicanos mantendrán el control de las dos cámaras. En la Cámara de Representantes los demócratas consiguen 212 escaños, los republicanos 221 y los independientes dos.En el Senado, a estas alturas parece que los demócratas tendrán 49 escaños y los republicanos 51.Sin embargo, aunque la presidencia fuera finalmente para el también republicano Bush, los analistas creen que el Gobernador de Texas va a tener dificultades para mantener algunas de sus promesas electorales.Analistas como David Birsell, del Baruch College (Nueva York), creen que Bush tendrá que poner mucho énfasis en sus afanes conciliadores para hacer realidad su prometido plan de reducción de impuestos, que tiene un costo previsto de 583.000 millones de dólares a lo largo de Cinco años.Los expertos recuerdan que el Congreso saliente, antes de terminar su período de sesiones, ha previsto un gasto de un billón de dólares en nuevos programas, lo que dará al presidente mucha menos capacidad de maniobra.Es previsible que, al mismo tiempo y debido en parte a ese escaso "mandato" con el que llegará a la Casa Blanca el nuevo presidente, los demócratas traten de frenar sus ímpetus para demostrar la inoperancia del ejecutivo y tratar de reconquistar la mayoría legislativa en las elecciones de medio tiempo de 2002.El panorama de Gore, siempre según los analistas, no sería más prometedor ya que los republicanos del Congreso podrían pasarle factura por sus planteamientos partidistas negándole su colaboración, lo que dificultaría enormemente su gobierno.Y es que, como en pocas ocasiones anteriormente, los resultados electorales -y todos los problemas posteriores- han demostrado que el país está radicalmente dividido entre republicanos y demócratas, y que ambos tienen poco interés en limar las diferencias.Como dijo el presidente Bill Clinton tras la reñida elección del pasado martes, "el pueblo americano ha hablado. Lo que pasa es que todavía no sabemos qué ha dicho".Habrá que esperar pues a que los resultados interpreten bien la voluntad popular.




