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LA LACRA DE LA DROGA IRRUMPIO EN EL INACCESIBLE MUNDO AMISH

Parece imposible, pero la lacra de la droga ha conseguido irrumpir en el mundo inaccesible y decimonónico en el que todavía viven algunas comunidades de cristianos menonitas de Estados Unidos, más conocidas como "Amish". <BR>Dos jóvenes "Amis...

Parece imposible, pero la lacra de la droga ha conseguido irrumpir en el mundo inaccesible y decimonónico en el que todavía viven algunas comunidades de cristianos menonitas de Estados Unidos, más conocidas como "Amish".

Dos jóvenes "Amish", Abner Stoltzfus, de 24 años, y Abner King Stoltzfus, de 23, que a pesar de la similitud en sus nombres no tienen ningún parentesco, fueron detenidos en Pensilvania acusados de haber traficado con "múltiples kilos de cocaína" durante los años 1993 y 1997.

Según la denuncia por la que están en prisión, ambos compraron la droga a una violenta pandilla de la costa este de EEUU conocida como "Los Paganos" y la vendieron entre los jóvenes de su comunidad ultraconservadora durante los bailes y reuniones de juventud.

La noticia no hubiera pasado, probablemente, de las páginas locales de los diarios a no ser porque la filiación religiosa de los "camellos" la hace sorprendente.

Procedentes de un mundo en el que, en la mayoría de los hogares, no han entrado ni la electricidad, ni los automóviles, ni por supuesto los teléfonos o los ordenadores, su detención ha conmocionado Pensilvania, el estado en el que reside el mayor número de Amish del país.

Los amigos Stoltzfus, con sus trajes negros, sus barbas de perilla y sus sombreros negros, abandonaron periódicamente durante estos años sus carretas tiradas por caballos para adentrarse en el complicado mundo del tráfico de la cocaína.

Según el abogado defensor de Abner Stoltzfus, John Pyfer, este hecho confirma que, pese a lo que parezca, los Amish no son inmunes a las presiones de la sociedad moderna.

"La gente piensa que los Amish están aislados del mundo pero la realidad es que las tentaciones están ahí", afirmó Pyfer, quien confirmó además que los padres de su cliente, efectivamente, "son extremadamente conservadores -de caballo y carreta- y por tanto están teniendo muchas dificultades para asimilar lo que ha ocurrido con su hijo".

Durante el tiempo que se dedicaron a la reventa de cocaína los dos estaban en lo que ellos llaman "experiencia exterior", es decir, el tiempo en el que los Amish viven fuera de sus circuitos "inmersos en el mundo exterior" para decidir si se vinculan o no definitivamente a la Iglesia Menonita.

Según sus abogados, lo cierto es que ambos habían decidido abrazar la tradición de sus ancestros.

Pero el haberse adentrado en el negocio de la cocaína, que mueve anualmente 400.000 millones de dólares, les puede significar ahora una pena que podría ser de cadena perpetua.

En opinión de algunos analistas, el suceso tiene una doble lectura que indica que, en contra de lo que se piensa, en la comunidad Amish de Pensilvania -especialmente entre los 20.000 menonitas que residen en el condado de Lancaster- las cosas empiezan a cambiar, aunque sea despacio.

De hecho, a partir de la mitad de los años 80, justo cuando Hollywood, con su película "Witness" (Testigo) daba a conocer a la población en general el restringido mundo de los Amish y su particular forma de vida, los menonitas empezaron una lenta revolución interna convencidos, quizás, de que anclados en el siglo XVIII no van a ningún lugar.

Los pasos dados, sin embargo, han sido tan lentos como su propia evolución general y se circunscribieron, en un principio, a la salida de sus granjas -en las que eran autónomos y se autoabastecían- a la comercialización de algunos de sus productos en mercados locales.

Otros empezaron a comercializar muebles fabricados por ellos mismos y algunos más incluso buscaron trabajos fuera de sus circuitos como peones de construcción.

Pero la apertura les trajo también dolores de cabeza y algunos pocos que fueron más allá y dejaron entrar en sus vidas el teléfono y el fax hicieron dinero y llegaron a aparecer en el semanario Forbes como "millonarios".

La fama les costó la expulsión de la Iglesia Menonita porque, según sus dogmáticas creencias, vendieron su alma al demonio.

Por eso consideran que lo de la droga ya no tiene nombre. Ni perdón.

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