Del rock a la salsa: así sonó el Festival Cordillera que puso a cantar a varias generaciones
El festival convirtió al Parque Simón Bolívar en un recorrido por diferentes épocas de la música latinoamericana, desde los clásicos hasta los sonidos más actuales.

Créditos: cordillerafestival

Durante dos días, el Festival Cordillera 2026 hizo que Bogotá viajara por diferentes épocas de la música. En el Parque Simón Bolívar, los asistentes pasaron de cantar clásicos del rock en español a bailar salsa, reggae y ritmos urbanos, en una programación que logró reunir a varias generaciones frente a los mismos escenarios.
Uno de los momentos que mejor representó esa mezcla fue la presentación de Grupo Niche. La agrupación caleña llevó la salsa al festival y convirtió su presentación en una gran pista de baile. Canciones como Cali Pachanguero, Gotas de Lluvia y Una Aventura hicieron que el público se sumara a los coros y disfrutara de uno de los sonidos más representativos de Colombia.
El rock en español también tuvo un lugar importante. Andrés Calamaro apareció con canciones que hacen parte de la memoria musical de varias generaciones, entre ellas Mil Horas, Flaca y Sin Documentos. A su presentación se sumaron otros nombres que han dejado huella en el género, como Virus y Fobia.
Pero el festival no se quedó en la nostalgia. Los sonidos de las nuevas generaciones también tuvieron protagonismo con artistas como Beéle, quien llevó al escenario una propuesta marcada por los ritmos urbanos y el afrobeats. Sus canciones demostraron que el público podía pasar de los clásicos a las producciones más recientes sin perder la conexión con la música.
La primera jornada también tuvo un viaje hacia los años 2000 con Sean Paul. El artista jamaiquino puso a bailar al Parque Simón Bolívar con temas como Get Busy, Baby Boy y No Lie, recuperando sonidos que marcaron a toda una generación.
Esa variedad fue precisamente una de las características del Cordillera: no hubo un solo género que dominara la fiesta. Salsa, rock, reggae, pop y música urbana convivieron en un mismo espacio y permitieron que padres, hijos y jóvenes compartieran canciones.
Más allá de los grandes nombres del cartel, el festival dejó una postal particular: personas de diferentes edades cantando las mismas canciones, algunas que llevan décadas sonando y otras que apenas comienzan a convertirse en nuevos clásicos.
El Festival Cordillera volvió así a plantear la música como un punto de encuentro entre generaciones, demostrando que una canción puede atravesar los años y reunir a públicos muy distintos frente a un mismo escenario.




