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Dalila Cabrita de Peña celebra casi 3 décadas como profesional de un oficio que todos subestiman

Estados Unidos tiene un mercado de panadería y repostería de más de 116.000 millones de dólares y una generación entera queriendo emprender desde su cocina

La venezolana Dalila Cabrita de Peña lleva veintisiete años enseñando lo que casi nadie enseña: que esto es una profesión, no un pasatiempo y que además se puede hacer mucho dinero si se hace de la forma correcta.

Conviene empezar por el tamaño del asunto, porque suele perderse de vista. El mercado estadounidense de productos de panadería y repostería fue valorado en 115.000 millones de dólares en 2025 y se proyecta en 116.500 millones para 2026, según Straits Research. La American Bakers Association calcula que la industria del horneado sostiene más de 800.000 empleos en el país y más de 3.000 instalaciones de producción comercial. Solo el segmento de cafés-panadería movió 17.800 millones de dólares en 2025, de acuerdo con IBISWorld. No es un rubro pequeño, ni marginal, ni decorativo. Y sin embargo, cuando alguien anuncia que va a dedicarse a hacer tortas, la respuesta habitual del entorno sigue siendo una sonrisa condescendiente.

Esa distancia entre el peso económico real de la repostería y el prestigio social que se le concede es exactamente el terreno donde trabaja Dalila Cabrita de Peña. Maestra diseñadora de tortas, pedagoga de profesión, certificada Master por Wilton y PME, con veintisiete años impartiendo clases en el arte del azúcar en más de doce países, ella no enseña recetas: enseña un oficio, con todo lo que la palabra implica. Ella es toda una master cake desing.

Lo primero que corrige en sus cursos es el origen. “Al enseñar este arte, procuro que los nuevos reposteros tengan una base de conocimiento que les enseñe de dónde sale o nace cada técnica y sobre todo que cuiden detalles”, explica. Se define como una artista de la vieja escuela y lo dice sin nostalgia, como quien describe una ventaja competitiva: no domina todas las técnicas que existen, pero domina las que dieron origen a las nuevas tendencias. Su argumento es que en repostería casi todo está inventado desde hace mucho tiempo, y que lo que hoy se presenta como novedad suele ser la combinación de saberes previos. Quien conoce la raíz puede innovar; quien solo copió un tutorial, repite.

Lo segundo que corrige es la relación con el dinero, y aquí su franqueza incomoda de forma productiva. Un reclamo se repite en cada aula donde da clase: el cliente no quiere pagar. Su respuesta es siempre la misma. “Somos responsables del cliente que queremos”, dice, “y solo los buenos resultados y diferentes atraen a clientes buenos”. De ahí se desprende su posición sobre la formación gratuita que inunda las redes sociales, que no descalifica pero sí relativiza. “Las redes han querido dar todo gratis y no está del todo mal, pero considero que también hay que invertir bien en uno para crecer y así el cliente también invierte en lo que ofrecemos”. Aprender con maestros reconocidos y de forma presencial, insiste, marca una diferencia que después se traduce en tarifa.

Su tercera lección es la más citada por sus alumnos, y es una imagen. Compara esta profesión con un avioncito: un ala es el sabor y la otra es la belleza del producto final. “Ambos deben estar al mismo nivel de exigencia, para que el avioncito no se estrelle”. Es una manera muy eficaz de decirle a un principiante que una torta espectacular que sabe mal es un fracaso completo, y que una torta deliciosa mal terminada tampoco sobrevive al mercado. Su eslogan personal, que aplica desde sus años como costurera profesional, condensa el resto: “el detalle que hace la diferencia”.

Ahora bien, hay una dimensión de todo esto que trasciende lo profesional y que ella misma señala como su prioridad. Cuando se le cuestiona sobre el enfoque que quisiera para su trabajo en la actualidad, no habla de premios ni de portadas. Habló de colaborar con asociaciones e instituciones cuyos miembros necesiten aprender algo nuevo para hacer desde sus casas y que a la vez les sirva como entrada adicional. Es una frase modesta que describe un fenómeno enorme.

Todos los estados del país cuentan hoy con alguna forma de cottage food law, la legislación que permite producir y vender determinados alimentos de bajo riesgo —productos horneados, mermeladas, dulces— desde una cocina doméstica, sin las licencias e inspecciones que exige una instalación comercial. Estados como Texas, Florida, Georgia y Dakota del Norte han ampliado significativamente sus marcos en años recientes. El número de productores registrados bajo estas figuras se habría duplicado aproximadamente desde 2020, impulsado por quienes descubrieron durante la pandemia que podían monetizar lo que horneaban, y el sector generó alrededor de 2.000 millones de dólares en 2024. La investigación disponible sobre este universo, encabezada por el estudio del Institute for Justice a 775 productores, dibuja un perfil bastante concreto: mayoritariamente mujeres, con ingresos por debajo del promedio, muchas en zonas rurales.

Traducido: hay cientos de miles de personas en Estados Unidos para quienes una hornada bien decorada no es una afición, sino la diferencia entre llegar y no llegar a fin de mes. Y hay muy pocas personas con credenciales internacionales dispuestas a enseñarles con seriedad. Dalila viene precisamente de ese lugar. Cuando empezó, hace casi tres décadas, era docente de bachillerato en su Venezuela natal y necesitaba un ingreso complementario; vio un programa de televisión donde decoraban tortas, le dijo a su marido que quería aprender a hacer eso y él le respondió con una sola palabra: “aprende”. Lo que hoy propone a otros es exactamente el camino que ella recorrió, con la diferencia de que puede ahorrarles veinte años de ensayo y error.

Su lectura del presente tampoco es defensiva. Sobre la inteligencia artificial, que ya llega a su taller en forma de clientes con imágenes generadas por computadora e imposibles de replicar al detalle, tiene una posición que resume en un juego de palabras propio: trabaja con Inteligencia Artesanal. Se lo advierte al cliente de entrada, para administrar expectativas, y luego se lo toma como un reto. “Hasta ahora he superado mis expectativas y la de los clientes”, dice, y admite que ya se está haciendo amiga de la herramienta. Es la misma actitud con la que a los 66 años sigue inscribiéndose en cursos con maestros más jóvenes que ella.

Queda una última cifra, aunque no la publique ninguna consultora. Cuando se le pide que enumere los logros más importantes de veintisiete años de carrera, el primero que menciona no es la medalla de oro de Birmingham ni las cuatro portadas en prestigiosas revistas internacionales. Es el número de artistas de distintas nacionalidades que hoy viven de esta profesión porque pasaron por sus clases y que todavía le escriben. En una industria de 116.000 millones de dólares donde casi nadie enseña a poner precio, a cuidar el terminado o a decirle que no a un cliente, ese es probablemente el activo más difícil de reponer y lo que la hace a ella, una verdadera joya del mundo del cake desing de todo el continente.

Erix Montoya Bustos

Erix Montoya Bustos

Cubre la información de Cartagena desde 2000. Se incorporó a Caracol Radio en 2011 y previamente trabajó...

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