Así protegen las mujeres de la Amazonía la alimentación de 17 comunidades
Decenas de variedades de yuca y un sistema de semillas que se transmite entre generaciones sostienen la soberanía alimentaria de 17 comunidades del río Pirá Paraná. Mujeres como Rosalía León preservan un conocimiento ancestral que hoy enfrenta las presiones del cambio climático y la transformación de las formas de vida en la Amazonía.
En la cosmogonía de comunidades como las del río Pirá Paraná, se cree que algunas mujeres nacen predestinadas y espiritualmente "curadas" para ser las dueñas de la comida y guardianas de la biodiversidad. | Foto: Getty Images
Antes de que salga el sol sobre la selva, cuando el río Pirá Paraná todavía es apenas un murmullo entre la bruma, las malocas comienzan a vaciarse. No hay ceremonias, no hay visitantes, no hay reunión, es un día cualquiera, y por eso mismo es un día pleno. Si alguien llegara buscando gente se llevaría una sorpresa, pues encontraría “una comunidad fantasma”, así lo describe Natalia Hernández, asesora senior de la Fundación Gaia Amazonas.
En realidad, no es porque esté abandonada o deshabitada, sino porque todos, absolutamente todos, ya se fueron a hacer algo. Los hombres están en el río o en el monte: pescando, cazando, tumbando chagra (si es la época), buscando mambe para la coca o bejuco para reparar el techo de palma.
Las mujeres, y entre ellas Rosalía León Marín, ya caminan hacia los cultivos desde antes de las cinco de la mañana, con sus hijos más pequeños a cuestas. Solo quedan atrás los profesores de la escuela y un puñado de señoras cocinando. El resto del territorio, más de 530.000 hectáreas de selva húmeda amazónica repartidas entre 17 comunidades, respira sin nadie mirando.
Rosalía es coordinadora del programa Madres de Semilla, adscrito hoy a la Entidad Territorial Indígena (ETI) del Río Pirá Paraná, en el departamento del Vaupés, muy cerca del límite con el Amazonas. Pero antes de ejercer un cargo, esto es un oficio de manos y de tierra, uno que empieza igual todos los días: yerbar la chagra, quitar la maleza que ahoga la yuca, cosechar y llenar el canasto.
A propósito, esa yuca brava, la que alimenta a estas 17 comunidades tucano orientales, macuna, barasana, tatuyo, tuyuca, entre otras, no se puede comer así, recién sacada de la tierra: hay que pelarla, lavarla y dejarla fermentar en quebradas específicas, asignadas y respetadas desde hace generaciones, durante dos o tres días. La yuca brava no puede consumirse directamente después de la cosecha. Requiere un proceso de preparación y fermentación que las mujeres conocen y transmiten de generación en generación antes de convertirla en casabe, fariña o chicha.
Este conocimiento, que no está escrito en ningún manual, vive en las manos de las madres y se transmite paso a paso a las hijas que las acompañan a la chagra desde que aprenden a caminar. “Los padres de nuestros abuelos les enseñaron a sus nietos; nuestros padres, y ellos a nosotras… y nosotras a ellas”, explica Rosalia.
La soberanía que no se guarda en un banco
Dentro de su mitología, grupos como el Kii Rtkt Bare Hakoa se consideran directamente el origen y las protectoras de la yuca (el alimento base del Amazonas), personificando la fertilidad de la tierra. | Foto: Rosalía León
Aquí está el corazón de lo que hace León, y también el corazón de lo que, según Hernádez, Colombia entera debería entender del Pirá Paraná: la seguridad alimentaria de este territorio no depende de ninguna bodega o granero, de ningún banco de semillas en el sentido en que Occidente entiende esa palabra. “Ese concepto de banco es nuestro, es blanco” explica Natalia.
Estas poblaciones no tienen ese concepto de acumular, sostiene. Allá lo que pasa es lo siguiente: cada grupo étnico tiene sus clanes, y cada uno tiene un grupo de semillas que le fue dado desde el origen. Las mujeres, que van descendiendo de esas líneas, tienen sus semillas y siempre las cuidan porque hacen parte de su chagra. Cuando se casan y se mudan al sitio donde tendrán su familia, se las llevan, y ahí se mezclan con las de la suegra, la tía, la prima, etc. Todo el tiempo hay un intercambio que fomenta la diversidad.
Hay que reiterar en la idea: no es un depósito. Se trata de un linaje que camina de chagra en chagra a través de los matrimonios, de las vidas de sus mujeres y sus hogares, en la cotidianidad y sostenido enteramente por ellas.
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En los años noventa, cuenta Hernández, una sola comunidad podía reunir hasta 37 variedades distintas de yuca; de hoja verde clara o de casi morada, incluso de palo rojo. Cada una con nombre propio, con sabor único, también con un uso ritual o culinario específico.
Esa cifra se redujo con la llegada del sistema escolar occidental, que alejó a generaciones enteras de niñas y niños de la chagra, y del río, justo en la edad en que debían aprender a distinguir una semilla de otra. Es, precisamente, la fisura que el programa Madres de Semilla, y libros como Bare Hako; fruto de nueve años de trabajo de las mujeres del Pirá Paraná, buscan coser.
Para lograrlo, Rosalía ha insistido en fomentar escenarios que van desde encuentros institucionales hasta publicaciones con organizaciones como Gaia Amazonas. No es una tarea menor, por supuesto.
“Las mujeres garantizamos que se hagan las ritualidades según las épocas, asimismo las curaciones para que la tierra pueda dar su fruto. Parte de nuestros sistemas de conocimiento, nos fueron dados desde el origen para mantener el orden del mundo”.
Un río pobre que alimenta a todos
Para extraer el jugo tóxico de la yuca, ellas utilizan el tipití, un exprimidor tejido en fibra de palma. Este objeto no es solo una herramienta, sino un elemento espiritual que representa la purificación de la comida que sostendrá a la comunidad. | Foto: Rosalía León
Lo notable, dice Natalia Hernández, es que el Pirá Paraná no es un río generoso; es uno de aguas rojas, secas, (hasta arenosas) de nacimiento en el Escudo Guyanés, con muy poco sedimento y un pescado escaso comparado con otros afluentes amazónicos.
Sin embargo, ahí está la comunidad, alimentándose, celebrando bailes que duran noches enteras y exigen toneladas de casabe y de chicha. Para la experta, el secreto no está en el río (como lo pensaría un industrial de estas épocas); está en la chagra, en el conocimiento acumulado de generaciones de mujeres que saben qué sembrar, cuándo sembrarlo y cómo curarlo para que no enferme a quien lo coma.
¿Y la proteína? Lo que falta en pescados del río lo compensan las hormigas Bía ~hudá (picantes, deliciosas, confirma Natalia) en su temporada, el gusano en la suya o la rana cuando el calendario ecológico dice que es su tiempo. Nada se come fuera de ritmo, todo tiene su ritual de curación antes de llegar a la boca, reitera Rosalia.
Ese equilibrio hoy está bajo presión. El cambio climático ha empezado a desordenar los veranos (el de Gusano, el del Chontaduro) y las constelaciones que durante siglos marcaron cuándo tumbar, curar o sembrar ya no siempre coinciden con el clima que efectivamente llega.
Esta es la razón por la cual las comunidades más antiguas y grandes, que dejaron de rotar sus malocas como lo hacían sus abuelos, enfrentan suelos cada vez más pobres y chagras cada vez más lejanas, ahuyentando a la par a las nuevas generaciones (ya nativas digitales), que ven en estas tradiciones “mucho trabajo” por hacer.
Para enfrentar esto, Rosalía lidera, desde la coordinación de Madres de Semilla y del Área de Mujeres de la Asociación de Capitanes y Autoridades Tradicionales Indígenas del Río Pirá Paraná (ACAIPI), una respuesta que no separa lo espiritual de lo agronómico.
En el territorio que administra, reconocido por la Unesco como parte del patrimonio cultural inmaterial de los Jaguares de Yuruparí, hace campañas de divulgación de saberes, donde los más jóvenes entienden que sembrar una semilla sin curarla antes es, literalmente, una invitación al caos.
Por ende, cada acto de siembra es también un acto de gobierno propio, y cada mujer que aprende a distinguir sus 37 variedades de yuca es, a su manera, una autoridad territorial.
Entre tanto, cuando cae la tarde sobre el Pirá Paraná y las mujeres regresan de la chagra con el canasto lleno, no traen solamente comida. Traen, otra vez, la prueba de que el orden del mundo, ese que Rosalía menciona cuando habla de las curaciones, sigue sostenido, día tras día, en las manos de quienes nunca han dejado de sembrar.
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Juan Camilo Paiba
Periodista de Prisa Inspira. Administrador de...Periodista de Prisa Inspira. Administrador de profesión y amante de la radio y el periodismo narrativo. Está seguro de que contar buenas historias es el camino para construir una sociedad mejor. Con sueños por cumplir, considera que su camino como periodista apenas comienza. Amante del tenis y fiel seguidor de Roger Federer.