Esta escuela huilense usa ciencia y residuos del café para impulsar emprendimientos rurales
En Pitalito, Huila, un docente y sus estudiantes decidieron transformar los residuos del café en una oportunidad para hacer ciencia, innovar y emprender. Lo que comenzó como un experimento escolar hoy es un modelo educativo reconocido a nivel mundial.

La Institución Educativa Municipal Montessori tiene 3.300 estudiantes. | Foto: CaféLab

Por: Juan Camilo Paiba Castellanos
Tomás Arango tenía 10 años cuando le pidió a su abuela que no botara el cuncho del café. Para él este perdido no era un capricho, representaba el inicio de un experimento que llegó a su vida casi por necesidad.
“Abuela, guárdeme el cuncho y no lo vaya a botar”, le decía. Ella le hizo caso. Juntos comenzaron a usarlo como abono para las plantas. Lo que para la mayoría era un residuo sin valor, para ellos se convirtió en el punto de partida de un experimento que terminaría transformando la vida de Tomás.
Había llegado a Pitalito desde Bogotá siendo muy pequeño. Venía de un mundo donde el café simplemente aparecía servido en la mesa y lo que sobraba terminaba en el sifón o en la basura. Pero cuando ingresó a la Institución Educativa Municipal Montessori y conoció CaféLab, entendió que detrás de una taza de café había mucho más.
“Empecé a ver que había algo más allá que solo una taza de tinto”, cuenta.
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La oportunidad que nadie quería ver
Pitalito es el municipio con mayor producción de café en Colombia. Más de 12.000 familias viven de este cultivo, según la Alcaldía Municipal. Sin embargo, detrás de cada cosecha existe un problema poco visible: la enorme cantidad de residuos que genera la cadena productiva. Pulpa, mucílago, cascarilla, cuncho y tallos suelen terminar en los ríos, en el suelo o quemados al aire libre.
Ramón Majé Floriano lo sabía bien. Él es docente desde 2017 en la sede San Francisco de la Institución Educativa Municipal Montessori, en la vereda del mismo nombre. Caqueteño de nacimiento, huilense por adopción, entendió pronto que el problema más allá del componente ambiental, también era educativo.
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“Estábamos formando estudiantes desconectados de los desafíos de su propio contexto”, dice. “Y el 95% del café se convierte en residuo. Solo el 5% es aprovechable.”
De esa reflexión nació CaféLab Colombia: una apuesta por convertir la escuela rural en un laboratorio donde los estudiantes aprenden a investigar y resolver problemas reales de su territorio.
Científicos desde sexto grado

Los proyectos científicos de CaféLab aprovechan el 95% del grano que normalmente se desecha. | Foto: CaféLab

Los proyectos científicos de CaféLab aprovechan el 95% del grano que normalmente se desecha. | Foto: CaféLab
El proyecto funciona a través de semilleros de investigación. Allí los estudiantes no son solo receptores pasivos de conocimiento, también asumen roles como directores científicos e investigadores líderes. Formulan preguntas, diseñan prototipos, realizan pruebas y presentan resultados. El proceso se desarrolla en tres etapas: inmersión, transferencia y comunicación.
“No los convencemos de entrar”, explica Ramón. “Los dejamos descubrir que tienen talento. Porque el talento está distribuido. Lo que no está distribuido son las oportunidades.”
Eso ha sido especialmente transformador para las niñas. En un contexto donde históricamente han tenido menos acceso a escenarios de ciencia y tecnología, CaféLab las pone a liderar equipos, tomar decisiones y formular hipótesis. " Las mujeres son las mejores líderes, eso cambia todo", dice Ramón.
Lo que sale del laboratorio
Los residuos del café se han convertido en materia prima para múltiples proyectos.
Con la pulpa elaboran bebidas aromáticas y experimentan con generación de energía. Con la cascarilla fabrican briquetas ecológicas que reemplazan la leña. Con el cuncho producen pinturas y obras artísticas. Con los tallos construyen muebles y cubiertos que sustituyen plásticos de un solo uso. Actualmente desarrollan prototipos de crayolas ecológicas y cubiertos biodegradables para fiestas infantiles.
Aún así, para Ramón Majé el producto final no es lo más importante. “Lo que nos identifica como sello CaféLab es el proceso científico que siguen los estudiantes. Al final lo que buscamos es consolidar líderes ambientales.”
“Uno empieza a aplicar lo que le enseñan en clase al proyecto. Me enseñan química y pienso: esto me puede servir para hacer una batería”, confirma Tomas desde su propia experiencia.
Una escuela que mira el mundo, y el mundo que la mira

Actualmente la iniciativa trabaja para modernizar su laboratorio de comunicaciones para difundir de mejor manera sus trabajos. | Foto: CaféLab

Actualmente la iniciativa trabaja para modernizar su laboratorio de comunicaciones para difundir de mejor manera sus trabajos. | Foto: CaféLab
Lo que empezó como una respuesta pedagógica en una vereda cafetera hoy tiene reconocimiento internacional. En 2023, la institución fue elegida como la mejor escuela del mundo por T4 Education. A principios de 2026, United Way la reconoció como la mejor escuela de Colombia.
Además, el proyecto recibió 50.000 dólares por ese galardón mundial, que usó para equipar sus laboratorios con microscopios, centrífugas, impresoras 3D y cortadoras láser.
Incluso, en 2022, Corea del Sur les donó una aula innovadora con tecnología de punta, drones y microcomputadores. Gracias a ese contacto con el gobierno coreano, diez de los dieciséis docentes de la sede se formaron durante tres semanas en Incheon. Hoy forman a su vez a 1.200 profesores de la región, en un efecto multiplicador que podría llegar a 26.000 estudiantes del municipio.
“La innovación no es exclusiva de las grandes ciudades”, dice el docente. “Muchas veces las soluciones más relevantes surgen precisamente en los territorios que enfrentan los problemas de primera mano.”
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Quedarse, o irse para volver

Los laboratorios de la Institución Educativa Municipal (IEM) Montessori están avalados por el Ministerio de Educación y T4 Education. | Foto: CaféLab

Los laboratorios de la Institución Educativa Municipal (IEM) Montessori están avalados por el Ministerio de Educación y T4 Education. | Foto: CaféLab
Tomás tiene actualmente 15 años y mira su futuro de manera distinta. Antes veía el campo simplemente como el lugar donde vivía. Ahora lo entiende como el lugar que quiere ayudar a transformar. “Si me toca salir, será para estudiar y volver. Me gusta la investigación porque sé que con ella puedo ayudar a nuestro mundo”.
Es exactamente lo que la iniciativa busca. que los jóvenes no abandonen su territorio por falta de oportunidades, sino que lo vean como un espacio de desarrollo personal y profesional. Que puedan salir, pero también regresar. “CaféLab no solo forma estudiantes”, concluye Ramón. “Construye arraigo con propósito”.




