Cartagena

Donde el deber tiene rostro humano

Por: Emilio Gutiérrez Yance

Policía Nacional

Policía Nacional

El día no empieza con sirenas. Empieza con el sonido discreto de unas botas ajustándose antes del amanecer. El policía sale de casa cuando la ciudad aún bosteza. Deja una taza de café a medias, un abrazo corto, una promesa repetida: “Cuídense”. Afuera, el uniforme pesa más que la tela. Pesa la responsabilidad. Pesa el deber. Pesa saber que, mientras otros buscan refugio, él camina hacia donde el riesgo vive.

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Durante más de un siglo, la violencia ha irrumpido sin tocar la puerta. Y siempre, casi siempre, hay un policía llegando primero. No como héroe de película, sino como ser humano entrenado para no huir cuando el miedo aprieta. Ahí comienza la seguridad: en la decisión silenciosa de avanzar cuando todo invita a retroceder.

Pero nadie se acostumbra del todo.

El ruido de una llamada urgente.

La mirada de una víctima que tiembla.

El segundo exacto antes de actuar.

El policía aprende a controlar el pulso, pero no a apagar el corazón. Porque debajo del casco hay pensamientos que no se reportan por radio: el hijo enfermo, la madre que envejece lejos, la Navidad que se pasa en servicio. Aun así, permanece. Porque proteger la vida ajena se vuelve una forma de honrar la propia.

Ahí aparece la dignidad. No como palabra solemne, sino como necesidad vital. El policía es el rostro más cercano del Estado Social de Derecho; es la autoridad que escucha, que explica, que acompaña. Cuidar a quienes cuidan no es un gesto simbólico: es reconocer que un policía respetado sirve mejor, no por miedo a la sanción, sino por lealtad a su vocación. Cuando se protege al uniformado, se protege el tejido invisible que sostiene a un país.

Y llega el día en que Colombia decide hablar en voz baja.

Una fila.

Un documento.

Un voto.

La democracia ocurre sin aplausos. El policía observa, custodia, garantiza. No opina. No interviene. Su tarea es asegurar que cada decisión sea libre, que cada elección sea respetada. Con honor y absoluta imparcialidad protege la expresión más sagrada de la patria: la voluntad del pueblo colombiano. Ese día también hay cansancio, pero hay orgullo. Porque servir a la democracia es servir sin protagonismo.

Cuando el turno termina, el policía vuelve a casa. A veces en silencio. A veces con historias que no se cuentan. El uniforme se cuelga, pero la misión no se quita. Porque ser policía no es un horario: es una forma de estar en el mundo.

Seguridad, dignidad y democracia no caminan solas.

Caminan con nombres propios.

Con rostros cansados.

Con manos firmes.

Y mientras el país duerme, alguien sigue de pie.

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