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Tomás González: escribir para entender el mundo

El escritor colombiano Tomás González fue reconocido en 2025 con el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas, otorgado por el Ministerio de Cultura de Chile, que destacó su obra como una de las más significativas de la literatura colombiana.

El escritor colombiano recibió en 2025 el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas por la solidez de sus obras. | Foto: Chelo Camacho, El País

El escritor colombiano recibió en 2025 el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas por la solidez de sus obras. | Foto: Chelo Camacho, El País

Desde su casa en Guatapé, González reconoce que no busca liderar la literatura, sino continuar escribiendo su novela, que ha ido postergando por atender entrevistas tras recibir el premio y publicar su más reciente obra, Vista desde el abismo. Nacido en Envigado en 1950, en una familia numerosa y rodeado de mujeres, es sobrino de Fernando Gómez Ochoa, uno de los pensadores más influyentes de Colombia.

Abandonó la Ingeniería, carrera respetada en su familia, porque “no tenía la precisión para las matemáticas”. Más tarde estudió Filosofía en Bogotá, carrera que tampoco completó, mientras trabajaba como cantinero en el mítico bar de salsa El Goce Pagano.

Su trayectoria vital lo llevó a Nueva York, donde trabajó como corrector y traductor para una revista dirigida por Heriberto Fiorillo, y antes de volver a Colombia hizo un paso obligado por Miami. Estas experiencias, lejos de distraerlo de su vocación literaria, alimentaron su mirada sobre la vida y la naturaleza humana, además de darle herramientas para pulir la precisión y la densidad de su escritura.

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Una obra centrada en lo esencial

A lo largo de su carrera, González ha publicado 12 novelas, media docena de libros de cuentos y un poemario, explorando siempre la vida cotidiana con una mirada profunda y sencilla. Desde su obra, Primero estaba el mar, hasta su más reciente Vista desde el abismo, su literatura se centra en lo fundamental, en lo que define la existencia humana y la naturaleza que nos rodea.

El agua, la vegetación y la vida en paisajes exuberantes son constantes en sus relatos: viajes al Pacífico, la selva de Cachipay, ríos y bosques que conviven con escenarios urbanos como Nueva York y Miami. La naturaleza no solo es telón de fondo, sino un testigo de las emociones humanas y de la complejidad de la existencia.

Sus historias combinan lo íntimo con lo universal. González construye relatos que van desde la gestación de un ternero, hasta conflictos familiares o decisiones éticas extremas, como la eutanasia de un hijo. Las relaciones humanas se despliegan con gran sutileza: la distancia en una pareja marcada por una tiza, el resentimiento hacia un padre autoritario, o un viaje familiar para ver ballenas con la matrona de la casa.

A veces la ficción se acerca más a la verdad de las cosas que los hechos mismos”, asegura González. Su escritura evita los modismos y lo superficial, centrándose en la introspección y en lo que permanece: la esencia de la vida humana y su relación con la naturaleza.

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Un escritor que no busca protagonismo

Lejos de aspirar a liderazgos literarios o al reconocimiento mediático, González concibe su obra como un refugio y una conexión con el mundo. No le interesa aparecer en redes ni seguir tendencias editoriales; su atención está en las historias que construye, en la precisión de cada palabra y en la arquitectura de sus relatos.

Como lo describió su tío, y podría aplicarse perfectamente a él mismo: “Ni el mejor ni el peor, pero sí el más personal e independiente de cualquier largarteo, pose o filiación”. En un panorama literario saturado de estridencias, la obra de González funciona como un faro silencioso para quienes buscan una literatura que ilumine lo esencial y lo bello de la vida, desde lo cotidiano hasta los grandes dilemas humanos.

Con una escritura que combina sencillez, fuerza y profundidad, el escritor colombiano nos recuerda que la literatura puede ser un espacio para contemplar lo que muchas veces pasa desapercibido, y que la belleza no siempre necesita grandes escenarios ni estridencias para conmover al lector. Su obra, además de premiada, es un ejemplo de cómo la narrativa puede abrir los ojos a lo que realmente importa en la vida.

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