Dónde está la bolita

El gordito que se enamoró de la ex reina

El novelesco desengaño amoroso y el deseo frustrado de reproducirse.

“Evidentemente es un acosador, no más mírenle la panza” sería el razonamiento usado para atacar al defensor del pueblo Jorge Orlando Otálora, si aplicáramos a la inversa el ya habitual matoneo sexista con que los colombianos reciben casos de abuso o acoso, como el denunciado por Astrid Helena Cristancho, la abogada y ex secretaria de un hombre gordito. Aplicando la misma lógica podríamos decir a su favor, que a juzgar por el tamaño del cuadrado con el que cubrieron su órgano sexual en la selfie que él le mandó a ella, su inocencia está comprobada pues se trata de un macho sin problemas de esta índole a la hora de encontrar hembra.

Lamentablemente esta no es la lógica que va a prevalecer, y tal como pasó con el caso del fiscal calvo y bajito que le pagó millones a una contratista llamada Natalia Springer, lo de menos será ahondar en el nivel de corrupción que consume nuestras entidades públicas, y lo principal será establecer si la mujer involucrada valía o no la pena.

Desde el twittero que defiende al defensor (perdón por la redundancia) diciendo “la vieja está tan buena que el pobre se enloqueció”, pasando por el que pide un desnudo de ella en Soho, hasta aterrizar en los medios que para hablar del caso titulan “La ex reina que se cansó de los malos tratos” o ser refieren a ella como “la Barbie” y no como la abogada, todo apesta a discriminación.

La periodista que lo entrevista a él empieza por decirle “de antemano le pido disculpas por tener que interrogarlo sobre su vida privada”, mientras que la que la entrevista a ella la escucharla declarar que su ex jefe la presionaba para que accediera a estar con él, y enseguida le pregunta “¿y usted accedió? ¿usted accedió?”. Solo cuando nota en ella la reacción de una víctima de acoso le dice “perdóneme que le pregunte así pero es que está de por medio una situación muy complicada de un funcionario público”.

¿Qué tiene que ver lo uno con lo otro? ¿Acaso porque él es funcionario público tenemos que estar del lado de él y predisponernos para estar en contra de ella? ¿No tendría que ser al revés? ¿No deberían acaso interrogar con esa fuerza al funcionario público cuestionado cuyo cargo para rematar es el de “defensor del pueblo?

La esquizofrenia de valores con la que se puede mangonear nuestra opinión pública es tal, que en su entrevista el tipo no solo se defendió diciendo que sus mensajes en el chat no eran prueba de acoso sino de amor, sino que además se jugó la conmovedora carta según la cual uno de sus sueños es llegar a ser padre y creyó que podría hacerlo realidad con ella. El novelesco desengaño amoroso y el deseo frustrado de reproducirse, ambos dominios tradicionalmente femeninos, se convierten entonces en herramienta perfecta para la victimización.

Uno no sabe si reír o si llorar. Amanecerá y es casi seguro que no veremos.

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