Dónde está la bolita

La copa, Larissa, el hincha payaso

A los hombres les entregan imágenes de diosas del Olimpo. A las mujeres les toca conformarse con hinchas payasos.

Cada vez que veo la trasmisión de un partido de fútbol él está ahí. Es un hombre adulto que salta y grita como si quisiera sacarse el alma, que sacude su pancita apretada cual salchichón mal envuelto bajo la camisa de su equipo, y cuyos sudorosos cachetes permanecen enmarcados entre los crespos sintéticos de una peluca multicolor. Su piel puede estar parcial o completamente maquillada con los colores de la bandera de su equipo, puede llevar un gorro tipo arlequín o cualquier otro accesorio medio infantil, medio circense que lo acredite como un buen hincha payaso. Su presencia en cámara siempre es fugaz, apenas el tiempo necesario para que uno alcance a hacer la instantánea que acabo de describir, pues por alguna razón su cuarto de hora nunca supera los cuatro segundos, es decir el tiempo que tarda en notar que ha sido ponchado y empezar a saludar tierna y torpemente a cámara.

Al parecer, existe un pacto entre los encargados de trasmitir los partidos de fútbol según el cual el hincha payaso debe ceder cincuenta y seis segundos por cada minuto de fama a la que aspire a mujeres adultas que griten y salten como si quisieran que su brassier se reventara, que sacudan sus cuerpos empacados al vacío cual pollo de supermercado bajo la camiseta de su equipo, y cuyos pómulos resaltados por el rubor permanezcan enmarcados por extensiones de pelo que jueguen coquetamente con el viento. Mujeres que como Larisa Riquelme o Natalia Betancourt refrescan la trasmisión con su belleza, y reciben a cambio cuartos de hora que se pueden extender por días o meses dando vueltas en redes sociales, catálogos de vestidos de baño y por supuesto revistas para hombres.

Sin importar cuál sea la copa que uno vea (hablo de fútbol, no del brasier) la cosa funciona así. Sea el Mundial, sea la Copa América, incluso si se trata del Mundial Femenino, la trasmisión les entrega a ellos varios minutos de mujeres que parecen sacadas del Olimpo, mientras que a nosotras apenas si nos tira las sobras de imágenes de todo tipo de hichas payaso.

¿Por qué funciona así?

¿Será que todos los operadores de cámara y los encargados de poncharlas son hombres, y que todos están convencidos que las funciones decorativas del circo deben ser cumplidas por mujeres? O quizás creen que los partidos solo son vistos por hombres, que las mujeres que los seguimos consideramos que el hincha payaso es un tipo super atractivo, o simple y llanamente les importa un pepino lo que nosotras queramos ver.

También podría ser, se me acaba de ocurrir, que su virilidad sea tan frágil que teman verse sexualmente cuestionados si se dedican a cazar hombres atractivos en la tribuna para nosotras, o que por la misma razón teman “herir” a sus congéneres que ven el partido tomando cerveza en la sala de su casa, y que sueltan cuanta guarrada se les viene a la mente al ver a Natalia o a Larissa, pero que se escandalizan si la mujer que los acompaña suelta un “cosita rica” al ver a su jugador favorito bien sudado y apretadito bajo su camisa.

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