Santos es una bomba
No se cuánto van a durar las campanas al vuelo saludando esta nueva actitud del gobernante, no se cuánto. Puede que unos días, puede que menos de los cien que siempre se oyen en el fondo como si fuera un taxímetro o, en la dinámica diabólica de esta Colombia vertiginosa, puede que al término de lo que escribo haya terminado la luna de miel y Juan Manuel Santos haya entrado al terreno de los malditos.


No se cuánto van a durar las campanas al vuelo saludando esta nueva actitud del gobernante, no se cuánto. Puede que unos días, puede que menos de los cien que siempre se oyen en el fondo como si fuera un taxímetro o, en la dinámica diabólica de esta Colombia vertiginosa, puede que al término de lo que escribo haya terminado la luna de miel y Juan Manuel Santos haya entrado al terreno de los malditos
Puede pasar. Pero hasta ahora Santos ha sido una bomba en el sentido de la sorpresa que también tiene la expresión cuando la usan los muchachos. Y tal vez lo ha sido porque de él muchos, yo incluido, nada esperaban. No esperaba ni agallas ni tino ni paciencia ni malicia. Esperaba un gobernante fofo y sonso, nada más que eso y poco más de quien por dentro está ocupado solo por ambición. Así pensaba
Pero hasta ahora Juan Manuel Santos ha sido una bomba. Lo primero es que en una semana ha sabido desmarcarse completamente de su antecesor. No hay vestigios de Uribe en lo que ha hecho hasta ahora. Hasta ahora, vuelvo a decirlo, porque todo es susceptible de cambiar de un segundo al otro. Pero hasta ahora es un mérito difícil de haber sido pronosticado porque se pensaba que Santos será un calco de Uribe
Santos ha actuado en contravía de Uribe en su relación con las Cortes de justicia. Y con Ecuador y con Venezuela. Ha sido totalmente distinta su actitud ante la oposición política (reuniones cordiales, respetuosas al menos); no se ha montado en discursos energúmenos contra La Far a raíz del bombazo frente al edificio de Caracol Radio. Y etcéteras. Quizá esto último es lo más sobresaliente. Y es que Santos, con un lenguaje más ponderado, menos ideologizado, más técnico y más diplomático, nos ha sacado a vacaciones después de ocho años de oír en Uribe la cantaleta de que todo era lo que se le oponía era terrorismo. Todo lo que no le gustaba era terrorismo. Todo contradictor era terrorista. Y así su discurso, encendido y descalificador. Santos, que tiene el pulso firme, sin duda, ha hablado más de economía y nos ha hecho huir del monotema en el que nos metió su antecesor en todos los ocho años que ya pasaron
Puntillazo. A la hora de verdadera tragedia el atentado iba dirigido contra la peluquera que se quedó sin trabajo; contra el dueño del café Internet que lo perdió todo; contra el propietario del corrientazo que demorará años en recuperar su negocio; contra la aseadora del edificio que quedará traumatizada por siempre…




