Un muro, dos mundos
Los 160 kilómetros que medía el muro de la infamia, separaban dos mundos. Desde el occidente quienes éramos turistas podíamos viajar en un tren de rutina que salía desde la estridencia. Porque Berlín Occidental era un bullicio y un colorido; eran unas avenidas de cuatro kilómetros y anchas y arborizadas. Berlín occidental era una juventud de vanguardia que asistía a los ritos de la noche con una libertad incluso alevosa.


Los 160 kilómetros que medía el muro de la infamia, separaban dos mundos. Desde el occidente quienes éramos turistas podíamos viajar en un tren de rutina que salía desde la estridencia. Porque Berlín Occidental era un bullicio y un colorido; eran unas avenidas de cuatro kilómetros y anchas y arborizadas. Berlín occidental era una juventud de vanguardia que asistía a los ritos de la noche con una libertad incluso alevosa. Era eso Berlín Occidental y teatros de ópera y hoteles suntuosos y ese museo dedicado a Rembrandt que me quedó en la memoria para siempre. Se iba desde aquella ciudad que quedaba más allá de la modernidad y se llegaba a Berlín Oriental que era un mundo opaco y mudo. Una soldadesca de hierro y una desolación de espanto. No había entonces ni servilletas para servir las salchichas callejeras que se ofrecían. Y había rostros trágicos y miradas que sospechaban de todo movimiento. Dos mundos separados por un muro infame que fue demolido por la realidad de la historia hace veinte años




