Carta a Tom y Jerry
Esa obsesión por el dinero, tan evidente en algunos muchachos de Antioquia, no es en su caso culto a los placeres materiales. Al contrario, deben entenderla sus críticos como el altruismo que genera producción y riqueza.
Por Néstor Morales Felicitaciones, Tomás y Jerónimo: se han defendido ustedes como leones en ese circo que están intentando armar unos periodistas que todavía creen que el servicio público es incompatible con los negocios. ¡No faltaba más! Se los quieren devorar por el simple hecho de que son los hijos del Presidente, como si aquí no existiera la libertad de empresa. Y además, se los recuerdo porque sé que están muy jóvenes, acá ha habido muchos casos de delfines que han hecho cosas parecidas y hasta peores. A ustedes no les queda tiempo para averiguar por otros escándalos, porque andan ocupados, legítimamente, claro, buscando oportunidades de inversión, pero está el episodio del hijo de López Michelsen. Juan Manuel creo que se llamaba. Con toda la razón a él se le ocurrió impulsar unos planes viales en el Gobierno de su padre, para que su finca, un modesto terreno de 39.000 hectáreas, tuviera vías de comunicación. El doctor Juan Manuel, a quien ahora leo con deleite como gran bastión moral de este país, hizo lo que tenía que hacer, que era valorizar sus predios con dineros públicos. Para eso están las oportunidades, ¿o no? Su padre, Tomás y Jerónimo, es el Presidente de la República, y así unos seudo-investigadores lo quieran sacar a sombrerazos, debemos recordar todos, ustedes y nosotros, que mientras él ejerza como Jefe de Estado –y el día de su partida esté lejano- hay que sacarle provecho a las circunstancias. Es lo que cualquier colombiano con dos dedos de frente haría. Si ustedes admiten, como efectivamente lo hicieron en sus múltiples entrevistas, que se metieron en el lotecito de Mosquera porque sabían que ahí se instalaría una zona franca, es un acto de honestidad supremo. Mienten quienes ven uso de información privilegiada. Eso y lo del abuso de poder y lo del tráfico de influencias es un gran cuento que quieren montar unos izquierdistas radicales. Buscan pescar en el río revuelto de la campaña electoral, qué duda cabe
Estoy seguro de que ellos no saben de negocios. Nadie les inculcó, como el doctor Uribe a ustedes, ese amor por el trabajo limpio y la platica bien habida. Esa obsesión por el dinero, tan evidente en algunos muchachos de Antioquia, no es en su caso culto a los placeres materiales. Al contrario, deben entenderla sus críticos como el altruismo que genera producción y riqueza
Aún recuerdo esa entrevista de hace algunos meses, cuando innecesariamente contaron ustedes su situación personal. Todavía me duele que unos adolescentes dedicados al trabajo no puedan tener apartamento propio ni carro. Solo una vocación de servicio social como la demostrada por ustedes, explica la austeridad a la que tienen que someterse para evitar calumnias e infundios. Se que usted, Tomás, vive en arriendo en 105 metros cuadrados. Sin lujos, sobra decirlo
La multiplicación de su capital, (el metro cuadrado pasó de 27 mil pesos a 650 mil en 30 meses) así haya sido un poquito alta, vamos a reconocerlo, obedece a una gran sagacidad para actuar como inversionistas. Los riesgos, pocos pero probables, no los analizan esos maliciosos periodistas y analistas de la prensa, la radio y la televisión. Qué tal que el Ministro de Comercio o el Director de la DIAN no les hubieran dado las autorizaciones. Eso no lo ven los denunciantes
Se olvidan, además, que en los negocios participa su tío Carlos Enrique, de quien jamás se podría decir, tampoco, que ha aprovechado ni influencias ni privilegios, para ganarse un peso en estos siete años de Gobierno. ¿Qué espera la oposición de ustedes? ¿Qué se queden de brazos cruzados viviendo como hijos de papi y mami? ¿Qué actúen como el hijo de Marroquín? nmorales@caracol.com.co




