Piedad, una oportunidad perdida
El gran drama por el que atraviesa Piedad Córdoba es que lleva años intentando convencernos de que hay que creerle a los computadores de los paramilitares, y ahora lleva semanas haciendo lo mismo para que no le creamos a los computadores de Raúl Reyes. Y eso es físicamente imposible: no hay argumento válido para dudar en ninguno de los dos casos.
El gran drama por el que atraviesa Piedad Córdoba es que lleva años intentando convencernos de que hay que creerle a los computadores de los paramilitares, y ahora lleva semanas haciendo lo mismo para que no le creamos a los computadores de Raúl Reyes. Y eso es físicamente imposible: no hay argumento válido para dudar en ninguno de los dos casos. Por más que ella se esfuerce, cada vez que abre la boca pasan dos cosas: ella termina confesando sus afectos ideológicos y los demás terminamos de uribistas. Piedad dice que admira a las FARC, a las que considera “un ejército del pueblo”. Exalta a Tirofijo, y lo pone como ejemplo de vida. “Colombia necesita muchos hombres que sean capaces de resistir la lucha, como lo hizo Manuel Marulanda, luchando contra el establecimiento” dijo en un evento público. Se abraza y se besa con los jefes guerrilleros, aplaude a Chávez cuando éste ataca a Colombia y se despide en sus correos afirmando “yo soy Patria o Muerte–Venceremos”, el mismo grito de combate que identifica la lucha armada desde los años 60 en Colombia. Y esa es sólo parte de su posición. La otra mitad es su odio visceral contra Uribe y lo que ella llama genéricamente el establecimiento. Al primero lo llama “mafioso”, “paramilitar” y “asesino”, y al segundo se refiere como su enemigo. “Sobre mi ha recaído la macartización del establecimiento. Tratan de aniquilarme, de descalificarme. Tratan de hacer de mi un antivalor y de buscar mi muerte política”. Es en este último punto en el que quisiera detenerme. Si admitimos que los juicios de la Senadora Córdoba son en la inmensa mayoría de los casos antipáticos, desagradables y pasados de la raya, pero no necesariamente delictuosos, es en el terreno político en donde hay que evaluarla. La justicia tendrá que hacer su trabajo en lo penal, estableciendo las afinidades y las complicidades que se desprenden por sus mensajes con jefes de la guerrilla. Pero mientras tanto, sí vale la pena pensar en lo que a Piedad le parece tan descabellado que es el legítimo castigo político, castigo que sería apenas el escenario natural para alguien que decidió jugar duro, apostándole a las FARC a través del elogio permanente. Producto de su estrategia, ella reconoce los dividendos que le entrega la polarización alrededor de su nombre. “Voy a salir elegida más fácilmente que las otras veces. Vamos a tener listas (?)”, admite después de retar al periodista de Semana a que le demuestre en qué se ha beneficiado. Pues se ha beneficiado, digo yo, en lo que se benefician todos los políticos en campaña permanente, y se debe perjudicar de la misma manera que se afectan todos los políticos que mueven mal sus cartas. Se debe perjudicar si no recibe votos, de la misma manera que no deben recibir votos los congresistas que resultaron tocados por la parapolítica. Para decirlo más claro: en el puro terreno político, no hay ninguna diferencia entre Miguel de la Espriella, el congresista que firmó y reveló después el contenido del pacto de Ralito, con Piedad Córdoba, la congresista que llevó su relación con la guerrilla al terreno del amor platónico. Lo cual es una lástima, porque en algún momento Piedad fue vocera de minorías étnicas o de género. Pero ese amor perverso y enfermizo con la guerrilla hay que cobrarlo, mientras los jueces resuelven, con votos. O, mejor dicho, sin votos. Piedad debe entender sus equivocaciones a punta de derrotas electorales. Y mientras llega su nombre a las urnas, no me parece mal utilizar la rechifla, el arma civil que a ella más le molesta.




