La agonía de Rainiero pone a Alberto en primer plano
La situación desesperada de Rainiero de Mónaco y las conjeturas sobre un próximo desenlace fatal ponen en primera línea como heredero del Principado a su hijo Alberto, que hasta ahora ofrecía una imagen de cierta timidez, falseada en gran medida por la apabullante sombra de su padre
La situación desesperada de Rainiero de Mónaco y las conjeturas sobre un próximo desenlace fatal ponen en primera línea como heredero del Principado a su hijo Alberto, que hasta ahora ofrecía una imagen de cierta timidez, falseada en gran medida por la apabullante sombra de su padre. Pese a un pronóstico vital que sigue siendo "muy reservado", el Palacio monegasco introdujo hoy una nota si no de cierta esperanza, sí al menos de suspense en el avance de la enfermedad de Rainiero hacia un desenlace fatal, al destacar que "las funciones cardíaca, pulmonar y renal, que no dejaban de degradarse, se han estabilizado". Sin poder en ningún caso hablar de mejoría, los tres médicos que firmaron el parte quisieron corregir a los que decían que Rainiero había entrado en coma al afirmar que "está consciente, pero sedado", aunque admitieron que son esos sedantes los que le permiten "soportar la asistencia respiratoria absolutamente indispensable". El estado de salud del decano de los jefes de Estado de Europa, con más de 55 años en el poder, estuvo presente en las plegarias de los fieles pero no alteraba en apariencia este domingo de Pascua, uno de los de mayor afluencia de visitantes de todo el año a este minúsculo Estado de dos centenares de hectáreas. Pero muchos visitantes pasaban delante del Centro Cardio-Torácico donde el soberano está ingresado desde el pasado día 7, en su trasiego desde el Palacio y el puerto hacia el casino de Montecarlo. Para los hijos y nietos de Rainiero, que se suceden para estar con él junto a la cama del hospital, se celebró una misa en la capilla del Palacio, cuyas riendas ha tenido que asumir ya de hecho el heredero Alberto, pese a que formalmente no se ha activado el mecanismo de traspaso de poderes por incapacidad. Alberto, a sus 47 años, emerge una vez más en la escena política -en esta ocasión parece ser la última y definitiva- bajo la estela de un padre imponente al que no se ha enfrentado en la gestión del país, dicen sus colaboradores, pero no por falta de ideas propias. Del príncipe heredero se sabe sobre todo que es soltero, lo que contrariaba a Rainiero, que en 2002 procedió a una modificación de las reglas sucesorias, de forma que ahora los poderes del Estado se transmiten "a la descendencia directa y legítima por orden de edad, con prioridad -ya no exclusividad- de los descendientes varones". Una reforma que daba garantías de que los Grimaldi no perderían la soberanía sobre 'La Roca' (nombre con el que se conoce a Mónaco por su orografía) en caso de que muriera sin descendencia Alberto, que para responder a los rumores sobre su sexualidad, sostiene que sólo se casará cuando encuentre a una mujer con la que formar una pareja como la que formaron Rainiero y Grace Kelly. De sus ideas para el Principado, que su padre convirtió en imán de fortunas en busca de paraíso fiscal y en una fiebre inmobiliaria que hace que los edificios salgan literalmente de terrenos ganados al mar, se sabe que se derivan de su experiencia deportiva y de su representación en foros internacionales. Alberto, que en los últimos años, al hilo de los problemas de salud de Rainiero, ha desempeñando un papel cada vez más relevante en la gestión del país, fue quien pronunció el discurso oficial en la entrada de Mónaco en la ONU, en 1993, o en el Consejo de Europa, el año pasado. Se habla de su proyecto de hacer de Mónaco una capital de la ecología y de la acción humanitaria, paradójico para una ciudad que no es más que opulencia en forma de coches súper lujo y contaminantes y de edificios que arrinconan a la naturaleza, y donde los pobres brillan por su ausencia. Otro reto no menos complicado es vencer las resistencias para hacer reformas institucionales en un país admitido en octubre pasado en el Consejo de Europa, pero donde -a diferencia de cualquier democracia- la soberanía no reside en el pueblo, sino en el príncipe, que nombra a su jefe de Gobierno (de una terna funcionarios franceses) y que tiene la iniciativa legislativa. Cualquier eventual cambio en este terreno tendrá que enfrentarse a los conservadores en un país del que tienen la nacionalidad y por tanto derecho al voto poco más de 6.000 de sus 32.000 habitantes.




