Investigador político, una profesión en pleno auge en EEUU
WASHINGTON - Espulga los archivos, huronea en las declaraciones de la renta, escudriña las planillas de asistencia al Congreso: el "investigador de la oposición" es un 'detective' encargado de hallar los puntos débiles del adversario político.Jeffrey Brown es uno de ellos: trabajó para las campañas presidenciales del presidente Bill Clinton y reconoce, aunque no da más precisiones, que también trabajó para el candidato demócrata y vicepresidente Al Gore."Si se considera una campaña electoral como una guerra, hay que conocer a los rivales a fin de anticipar sus acciones, apreciar sus fuerzas y sus debilidades", explica Brown.Para la mayoría de los estadounidenses, la noción de "investigación sobre la oposición" evoca el robo en la sede del Partido Demócrata en el edificio del Watergate en 1972 (que acabó con la dimisión del presidente republicano Richard Nixon dos años después), o imágenes de películas de delincuentes chantajeando a un político.Pero, pese al discurso sobre la necesidad de realizar "campañas limpias", la profesión de investigador político está en pleno auge. "La demanda aumenta un 25% cada dos años", explica Terry Cooper, un investigador para el Partido Republicano, que trabajó para el ex presidente de la Cámara de Representantes Newt Gingrich.Cooper precisa, sin embargo, que menos del 1% del presupuesto de las campañas está destinado a este tipo de investigaciones."Antes, solamente las campañas para la elección presidencial precisaban investigadores. Ahora se hacen para todo. Hasta hice una para la elección de un 'sherif' de condado", afirma.Pero para Jeffrey Brown y sus colegas, el Watergate o las películas de Hollywood no tienen ni remotamente que ver con el examen, perfectamente legal, de los documentos archivados.Los investigadores se pasan horas revisando los actas de las audiencias del Congreso, de juicios, de votaciones durante debates parlamentarios, con la esperanza de hallar la información que permitirá poner a un candidato en una situación embarazosa.Acusar a un parlamentario de absentismo es muy simple: "Lo único que hay que hacer es leer cada línea" de los informes de audiencias "en busca del nombre del personaje", explica Terry Cooper.El trabajó hace algunos años para un republicano que intentaba desalojar a un demócrata de la Comisión de Agricultura en la Cámara de un distrito rural del Estado de Washington (noroeste del país)."Hemos podido establecer que, durante los 13 primeros meses, (el demócrata) había faltado a más del 70% de las reuniones de la comisión", recuerda con orgullo el investigador.Contrariamente a lo que cree la mayoría, esos investigadores son muy prudentes en la explotación de informaciones comprometedoras, pues el electorado odia los golpes bajos.Hace seis años, mientras trabajaba para un candidato al Congreso en Florida (sureste), Jeffrey Brown recibió informaciones según las cuales su rival republicano vivía con dos monjas brasileñas conocidas en un club de strip-tease. Brown aconsejó no divulgar esas informaciones y prefirió buscar otra cosa.De hecho, unas actas de tribunales mostraron que el candidato republicano había estado dos veces en quiebra, había acumulado 160.000 dólares de deudas de juegos y no pagaba la pensión alimentaria de su hijo, recuerda el investigador.Finalmente, la historia escabrosa de las monjas nunca fue divulgada. "Si hubiéramos elegido el camino más fácil", es decir, divulgar la noticia, "la campaña tal vez no habría hecho la luz sobre otros hechos que finalmente terminaron con él", añade Brown.




