EDITORIAL

Emociones económicas

Este es uno de esos muy escasos momentos de la vida en que debo reconocer que la Economía me emociona.

Tres personas comparten este año el premio Nobel de Economía, lo cual, de entrada, suena ya a una decisión de práctica economía. La inmensa mayoría de los mortales no habíamos oído hablar jamás del indio Abhijit Banerjee, dela francesa Esther Duflot o del estadounidense Michael Kremer, y existe la enorme posibilidad de que en las próximas semanas desaparezcan de nuestras vidas y queden relegados a altos círculos académicos. 

No se es Nobel de economía para ser famoso, pero la verdad es que apenas un puñado lo han sido: Friedman, Stiglitz, Forbes, Krugman, Solow y, claro, Eugene, en 2013, pero por su apellido: Eugene Fama, “por su trabajo en el análisis empírico de precios de posesiones capitales”.

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Menos de 90 personas han recibido el Nobel de Economía desde que se entregó el primero, en 1969, y es la segunda vez que la palabra “pobreza” aparece en el resumen de la justificación de la entrega del premio. La primera vez fue en hace cuatro años, cuando lo ganó Angus Deaton “por el análisis sobre los sistemas de demanda, el consumo, la pobreza y el bienestar”.

Y se repite con los tres ganadores de este año, que ganan un Nobel que no es Nobel. Se le llama así con algo de ligereza, pero el mal llamado premio Nobel de Economía no lo creo Alfred Nobel sino el Banco de Suecia en Ciencias Económicas, en memoria de Alfred Nobel, y lo entrega la Real Academia de las Ciencias de Suecia.

Lo cierto es que este año queda de nuevo sobre la mesa la pobreza en terrenos del premio, y tiene toda la lógica del mundo: existe la pobreza porque hay riqueza, y viceversa. Pero el sueño inalcanzable sería que en un planeta repleto de riquezas, el grueso de la humanidad viviera en unas condiciones decorosas y sin experimentar mayores necesidades

Dice el comunicado oficial que los premiados han conseguido introducir nuevas posibilidades para buscar los más certeros caminos para luchar en contra de la pobreza global, concentrando su trabajo en aspectos concretos como, por ejemplo, la búsqueda de las intervenciones más eficaces para mejorar la salud infantil o la educación.

Todos los premios Nobel son importantes: los que desarrollan las posibilidades de la ciencia, los que contribuyen a crear tratamientos para luchar contra las enfermedades, los que abren las puertas del conocimiento, los que nos hablan al oído desde la literatura, los que nacen de pensar en la paz, los que reconstruyen la historia…

Todos dignos de reconocimiento, pero beneficiarían más a una humanidad que viviera en condiciones dignas. Mientras eso no se logre, ni siquiera podemos hablar en términos estrictos de humanidad, que, sí, es la raza humana, pero es también esa raza que solo entrará al futuro de la manera correcta cuando la solidaridad entre congéneres deje de ser un concepto que funciona mejor en el papel que en la realidad.

Premio Nobel no formalmente Nobel de Economía, que ganan tres seres humanos que piensan, más que en la riqueza de unos pocos, en que la pobreza de tantos millones de seres humanos se supere.

Este es uno de esos muy escasos momentos de la vida en que debo reconocer que la Economía me emociona. Ojalá vengan más momentos de estos, porque la preocupación y los hechos concretos para combatir la pobreza nos enriquecen a todos.

 

 

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