Salvando al caos
Columna de opinión de Orlando Oliveros Acosta

Cartagena de Indias
Hay un poema de Jean Cocteau en el que el autor confiesa que si su casa estuviera siendo consumida por un incendio, él salvaría al fuego. “No tengo dónde vivir, pero el fuego vive en mí”, escribe. Que se caiga el techo, que se achicharren los álbumes de fotos y las incontables palabras de los libros: ante el asedio de las llamas, la prioridad siempre será el propio fuego.
Creo que es esta la filosofía que necesitamos aplicar en Cartagena. Ahora que hemos tocado la tierra áspera que está al final del abismo, ahora que el desgobierno y la anarquía política consumen nuestras instituciones con un poder destructivo que no se apaga ni disminuye, bien vale la pena salvar al caos. No al Concejo Distrital, ni a la Alcaldía, ni a los organismos de control, sino al caos: un elemento esencial para barrer con inmediatez el régimen de malas costumbres impuesto por nuestros políticos corruptos.
Esto, superficialmente, puede parecer contradictorio. Usar el caos para construir una ciudad más justa y ordenada es algo que no tiene sentido, dirán algunos. Yo creo que no solo tiene sentido, sino que es necesario. Cartagena ya no se rige con las lógicas políticas de la Constitución y la democracia, no hay aquí un proceso honesto donde la soberanía realmente resida en el pueblo. El sistema democrático está escrito en el papel y nada más, pues a la hora de la verdad, cuando llega el momento de elegir a nuestros funcionarios públicos, quienes llegan al poder lo hacen a través de políticas clientelistas, la compra del voto y el ofrecimiento de Órdenes de Prestación de Servicios, mejor conocidas como OPS. Han triunfado la obscenidad y la mentira en los discursos de los candidatos, los grupos políticos dominantes postulan personas a su antojo sin importar las normativas electorales y, al final, en el ejercicio del voto, el alcalde elegido termina ganando las elecciones con menos del 10% del potencial electoral.
Esas son las normas que tenemos hoy en día. No las de la ley, ni siquiera las de la ética cristiana (que muchos pregonan y muy pocos aplican). Hemos asumido como cierta la infame costumbre de rogarle a los servidores públicos que trabajen por nosotros, como pidiéndoles un favor, cuando debería ser una exigencia natural, libre de adulaciones. De modo que resulta imprescindible que los cartageneros nos apoderemos del caos como Concteau hizo con el fuego, y una vez en nuestras manos, este caos sirva para destruir las normativas creadas por la corrupción, el cinismo y la chabacanería.
No se pacta con los corruptos. Que no nos pidan que seamos condescendientes con personajes cuestionados por la ciudadanía e impulsados por políticos condenados por la justicia. El caos que propongo implica resistir como ciudadanos, oponerse a estas estructuras perversas que nos gobiernan, mantenerse firmes en la más atenta de las rebeldías. Que no nos convenzan con aquello de unir fuerzas con el corrupto por el bien de la ciudad, pues creerse esa premisa es confundir el altruismo con la complicidad subalterna propuesta desde politiquería.
No hay transición para el corrupto. Al corrupto y a su grupo de cómplices hay que desterrarlos. Esa ruptura, ese acto de reestructuración, es lo que yo llamo caos. Después de usarlo, ya veremos cómo creamos nuestros propios valores políticos. Pienso en Nietzsche al decir esto, en las tres transformaciones del espíritu humano propuestas en Así hablaba Zaratustra: primero un Camello, que aguantaba la carga de las normas y las costumbres, luego un León, que se rebelaba ante esas normas y las destruía, y por último un Niño, que con su imaginación podía crear un nuevo sistema de valores. Pienso que hemos sido por mucho tiempo camellos, que ahora nos toca volvernos leones para llegar a ser niños que crean y voten y construyan una ciudad que valga la pena.
He hablado mucho de Jean Cocteau y Nietzsche, pero tal vez basta con invocar ese verso ejemplar que canta en su salsa la Sonora Dinamita: “Yo soy getsemanisense, barrio de bravos leones”.




