Los vivos y los bobos
Columna de opinión de Orlando Oliveros Acosta

(Caracol Radio)

Cartagena de Indias
Hay personas que celebran la llegada de la jornada electoral como si fuera una fiesta, como si en aquella fecha les pagaran una nueva quincena. Ese día despiertan desde muy temprano con un aire jubiloso y desayunan con parsimonia mientras la radio va voceando las más recientes noticias políticas. Tal vez saludan al vecino, tal vez no, pero lo cierto es que salen hacia su puesto de votación con una sonrisa perfecta, pícara, que no desaparece cuando llegan a las urnas ni se transforma en la noche cuando la Registraduría Nacional publica el reporte final de votos contados. Para ellos el resultado no importa, pues lo esencial es que han cumplido con lo que piensan que es el ejercicio más avispado de sus vidas: marcar un tarjetón a cambio de plata.
Sí, vender el voto es un acto de viveza para esta gente. Un método certero para ganar dinero fácil, no apto para los bobos que votan a conciencia, ¡y que votan gratis! ¿Cómo podría un pedazo de papel lleno de rostros extraños competir con el billete? ¿Cómo podría darme de comer esa papeleta que a fin de cuentas nunca ha servido para nada?
De esa forma, convencidos de la inutilidad de la democracia y de la ganga en la que se han metido, estos electores prometen su voto sin pensarlo dos veces. Eso no los avergüenza, ni lo ocultan a nadie. Por el contrario, se pasean por las calles comentando su hazaña a niños y viejos, fundando en el vecindario el paradigma de la chabacanería.
Ellos creen estar cumpliendo el rol de “vivos” en aquella frase que dice que “el vivo vive del bobo”. Nada más alejado de la realidad, ya que cuando un político nos ofrece dinero, tamales o incluso un empleo a cambio de nuestro voto, está llevando a cabo una estafa perfecta: como el delincuente que es, todo lo que invertirá comprando votos lo recuperará con creces cuando quede electo, sacando tajadas en contratos, en impuestos, en premeditados actos de corrupción. Y ni el tamal más rico, ni la ancheta mejor elaborada podrán pagar eso que nos quitarán durante ese gobierno.
Vender el voto es la forma laica de venderle el alma al diablo: lo hacemos por un beneficio trivial y pasajero, para después acabar sufriendo las consecuencias de esa venta durante toda una eternidad. Entonces nos quejamos del diablo pero no del pacto que hicimos con él.
El político sabe muy bien que a través de esta compra denigra el valor del sufragio, produce un efecto letal en el sistema democrático mediante el cual los habitantes terminan subestimando su poder como ciudadanos, olvidando que la soberanía de todo el Estado colombiano reside en el pueblo. Así es más sencillo que lleguen a la Presidencia, al Congreso o a la Alcaldía personajes inescrupulosos, que gobiernen con intereses individuales en detrimento del bienestar común. Cuando la gente no sabe el increíble poder de un tarjetón rayado, cuando prostituir la conciencia se convierte en un evento cotidiano, el surgimiento de gobiernos autoritarios y corruptos se vuelve un asunto inmediato.
Concluyo con un mensaje para aquel que ya ha decidido vender su voto en las próximas elecciones: ¿de verdad crees que serás el “vivo”, el “avispado” en la ecuación? No, mi amigo, usted es una víctima, y un bobo también. Vender el voto es el peor negocio que existe.




